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Las relaciones entre hombres y mujeres han pasado por el tamiz de la educación y la socialización. Y el resultado no es siempre satisfactorio. De una educación excesivamente contenida nace la verg?enza, los prejuicios y la represión sexual.
Y con este panorama... ¿quién puede disfrutar del sexo?
A pesar de la abundante información, a pesar de los esfuerzos por normalizar la sexualidad y convertirla en una fuente de placer, a pesar de la ardua tarea de erradicar la asociación entre sexo y pecado... los sentimientos de rechazo hacia ciertas actitudes y comportamientos sexuales perduran.
Y... ¿qué sucede si la única opción válida para una pareja es el sexo más clásico? Si creéis en la virginidad antes del matrimonio, si apostáis continuamente por la postura del misionero, si rechazáis cualquier opción sexual que no tenga como finalidad la procreación... ¿qué sucede? Si ésta es vuestra opción meditada y a ambos os convence y os satisface, no existe ningún problema. El remordimiento no debe acompañar jamás al sexo. Evidentemente, las cosas cambian si la decisión de ahuyentar la imaginación y la innovación de vuestra vida sexual es consecuencia de una educación que os ha cortado las alas.
Tienes varias opciones
Existen muchas personas a las que todavía averg?enza el sexo. Si eres de las que están limitadas por una educación represiva, tienes varias opciones:
Intentar derrumbar tus prejuicios... pero no lo hagas para satisfacer a los demás, sino para sentirte a gusto contigo misma. Analiza los tabúes con los que has vivido hasta hoy y atrévete a fulminarlos.
Elimina tus sentimientos de culpabilidad. Nada de lo que hagas voluntaria y conscientemente debe suponerte un problema. Hay libertad total, siempre que exista consentimiento y aceptación libre por ambas partes.
Tómate tu tiempo. No quieras erradicar en un instante lo que tu mente ha almacenado durante años. La educación es un proceso largo y los cambios que se quieren introducir en las conductas sedimentadas son lentos. Ten paciencia y, sobre todo, ?exige paciencia!
Pide ayuda. Si los temores y los prejuicios que te asaltan y te hacen infeliz están tan arraigados que crees imposible deshacerte de ellos, recurre a un profesional. No debes avergonzarte si necesitas recurrir a un psicólogo o a un sexólogo para solventar tus dudas.
Necesitas la cooperación de tu pareja. Él o ella deben comprenderte y respetar tus miedos. Pídeles que te ayuden a superarlos, pero no dejes que los demás impongan su ritmo.
Fecha: 02-12-2008
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