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Según un antiguo mito griego, en tiempos remotos los seres humanos eran seres dobles, hombre-mujer, tan hermosos y poderosos que se atrevieron a desafiar a Zeus. El Dios del Olimpo les dividió en dos con su rayo y desde entonces los seres humanos divididos en hombre y mujer, buscan a su otra parte. El despecho se produce cuando perdemos esa otra mitad, una vez que creemos que la hemos encontrado.
El enamoramiento es un estado de ánimo, es la vivencia del éxtasis, la magia. No parece haber barreras para los amantes. La persona enamorada puede sentir sensaciones de frío, calor, tener taquicardia, ponerse a temblar y enrojecer ante la presencia de la persona amada. Se vive con gran intensidad, pero también con gran inseguridad, llegando a sentir desde la alegría más absoluta hasta la tristeza más profunda, por el miedo al abandono del ser amado. El pensamiento se convierte en obsesivo, "no puedo dejar de pensar en él/ella". Se está pendiente de una palabra suya de afecto, de una sonrisa, una mirada, una llamada por teléfono... para asegurarnos de que existe una correspondencia. El comportamiento es compulsivo. Se sienten impulsos de frecuentar los lugares por donde pasa, hablar continuamente de el/ella, de sus características físicas, de su personalidad. Nos sentimos totalmente seducidos por esa persona, todo cuanto hace o dice es maravilloso. Tiene gracia, es inteligente, valor, honradez, coherencia.
Cuando estamos enamorados, se desea estar el máximo posible de tiempo con la persona amada. Se busca contacto a través de la piel, la mirada, se busca su proximidad, sentir su energía y aparece la creencia de que la otra persona ha de corresponder. Pero, en ocasiones no se es correspondido. En este caso es cuando, unido al placer del enamoramiento, aparece la tristeza, la melancolía amorosa. Cuando, no existe una correspondencia, el deseo y la frustración generan un estado de tristeza profunda. Toda esa energía que genera el enamoramiento, al no encontrar respuesta, se vuelve contra uno mismo generando dolor.
El sufrimiento
Existen diferentes niveles de sufrimiento frente a la ruptura. Estas manifestaciones son variables en distintas personas y en diferentes formas de vínculo. Cuanto más unido, simbiótico y poco diferenciado haya sido el vínculo y exista menor autoafirmación de la persona, de su individualidad, de su libertad, de sus propios proyectos, mayor será el sentimiento de desplome de la misma, hasta que a través de todo un proceso, que podrá ser realizado solo o con ayuda terapéutica, va organizando nuevamente su vida. Muchas veces las personas se preguntan: ¿Y ahora qué? ¿qué hago con mi vida? Aparecen sentimientos de desamparo.
Cuando una pareja rompe su relación, es inevitable sentir cierta sensación de fracaso y hasta de desolación. Creer que una ruptura amorosa se concreta fácilmente es una ilusión. Siempre hay un desgarramiento, aunque esto no se dé por igual en ambos miembros de la pareja.
Si una separación es inevitable, habrá que estar preparado para sobrellevar y superar el dolor que acarrea un rompimiento. Es saludable tener alguna idea de lo que nos puede ocurrir luego de una separación.
No siempre el rompimiento es previsible. A veces una pareja se deshace, casi de un día para el otro, sin que uno de los miembros ni siquiera hubiera sospechado tal desenlace. En otros casos no, la separación se planifica con tiempo, de común acuerdo y armoniosamente. Son circunstancias diferentes, pero que sin embargo tienen un punto de contacto como es que el rompimiento acarrea sensación de vacío. Todo el pasado de una vida en común aflora en la mente y los recuerdos nos abruman. Desearíamos volver atrás, desandar los acontecimientos y hasta soñamos con modificarlos. En esta etapa puede surgir la idea casi obsesiva de pretender reparar, de volver a empezar la relación, de mejorarla y retomarla. Esos deseos podrían hacer que negáramos la realidad, y en lugar de fortalecernos, nos debilitaríamos. Hay cosas que jamás vuelven atrás, y cuando finalmente nos damos cuenta de ello puede sobrevenirnos una depresión aún mayor que la que sentimos al tener que separarnos.
El final del enamoramiento puede desembocar en una vivencia de desamor o shock sentimental. Por muy doloroso que sea lo que se sufre cuando uno pierde a la persona que ama, es un fenómeno normal con una evolución y unas fases. Es un período denominado de "duelo", en el cual uno tiene que adaptarse a vivir y a ser feliz de nuevo sin la persona que quería.
Generalmente la primera crisis que se pasa es la más grave, porque la persona todavía no ha desarrollado las técnicas adecuadas para hacer frente a la situación. Aunque puede haber diferencias personales, este período está constituido por tres fases. La primera, que es la más cercana a la ruptura, se vive con gran tristeza, llegándose a culpabilizarse con pensamientos del tipo: "si hubiera hecho tal cosa, esto no habría pasado", "si me hubiera comportando distinto, quizá aún seguiríamos juntos". Es la etapa denominada Masoquista. En la segunda fase, empiezan a salir los rencores y entonces es "el otro" al que vemos como el culpable único de la ruptura.
En ninguna de estas dos fases, que a veces se alternan, se ve la realidad tal y como es. Hay personas que comienzan a "enamorarse" continuamente y cuando lo han conseguido, el interés por la conquista desaparece. Hay una búsqueda constante de ser querido o de reconocimiento social, aunque también puede ser producto de una pseudopatología como seducir para abandonar, es una manera de castigar en otros a quien fuera nuestra pareja.
Otras personas buscan inmediatamente alguien a quien volver a idealizar. No pueden soportar la idea de estar solo/a, necesitan a alguien para que continuamente les apoye, tienen miedo a no saber que hacer por ellos/as mismos/as.
Con el paso del tiempo las emociones se tranquilizan y vemos las cosas de una manera más objetiva, llegando a entender los motivos de la ruptura. Uno se va sintiendo cada vez más independiente, menos triste, menos resentido y va encontrando nuevas formas de disfrutar. Es el momento de recuperar a los amigos/as, quizás algo abandonados, de volver a las aficiones o de crearse otras nuevas. Poco a poco la herida se va cerrando y uno vuelve a recuperar la confianza en sí mismo/a, abriéndose a nuevas relaciones y dejando a un lado los boleros que nos acompañaron cuando estábamos... Despechados
Fecha: 07-09-2008
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