|
Quiero contarte una historia: la mía, la de mi vida. Pero antes que nada, quiero también afirmar que, para mí, el matrimonio es una institución admirable que ha existido y siempre existirá, y que el hombre íntegro es de una sola mujer y para toda la vida. Tenía 14 años cuando, por primera vez, vi a quien iba a ser mi marido, los dos estudiantes, y me dije: "éste es mío". Él, durante varios años ni me miraba, pero yo permanecía firme en que lo conquistaría. Salíamos con otros chicos, siempre en el mismo grupo, hasta que fue notando que yo existía. Nos ennoviamos un día maravilloso de otoño. Fueron cinco años fantásticos de noviazgo que nos unieron y nos prepararon para nuestra futura vida en común. Él estudiaba abogacía y daba clases de literatura y yo había terminado los estudios secundarios y, como se acostumbraba en esa época, tenía mis clases de francés, corte y bordado. Nos veíamos tres días a la semana. Lo acompañé mucho en su carrera ya que viví muy intensamente todos los exámenes que iba dando. Nos casamos por Iglesia, muy seguros de aquello "hasta que la muerte nos separe". Nos tocó luchar mucho. Los primeros años vivimos con mis suegros que eran buenísimos, pero la convivencia siempre es difícil. El abogado recién recibido no tenía pleitos pero con las clases que daba, buen humor y mucho cariño nos arreglábamos. Tuvimos seis hijos varones, siempre con la esperanza de que llegase la niña, pero como decía una tía anciana y fascinante: "Ustedes deben ser buenos educadores de varones". A nuestros hijos les tratamos de transmitir los valores que nosotros sentíamos y vivíamos realmente: la fe, la fortaleza, la alegría. Fue una época apasionante entre peleas de niños, deberes, discusiones, deportes, paseos, calificaciones - algunas buenas, otras no tanto - y así pasaron los años, algunos más duros y difíciles que otros. No siempre todo era color de rosa, pero luchamos ayudándonos, perdonándonos y acompañándonos y, sobre todo, tratando de hacer poesía con los materiales más cotidianos, conseguimos no sólo que nuestro matrimonio fuera una institución valiosa sino también admirable y entusiasmante. Como es natural, los hijos se fueron casando y en pocos años nos quedamos solos: bueno, es un decir, pues tenemos treinta nietos y es raro el día en que no aparece alguno. Ha sido un verdadero desafío, es cierto, pero después de 46 años de matrimonio, mi marido y yo somos viejos amigos, viejos amantes y, más que todo, viejos cómplices que, aún ahora, cuando vemos un espectáculo, lo hacemos tomados de la mano.
Fecha: 22-11-2008
Hits: 60
|
|