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La vida de pronto puede ser peor. Siempre hay algo peor que lo anterior y no lo sabemos. El mal está ahí, como un respiro de serpiente en la inesperada oscuridad. A mí la vida no deja de sorprenderme con noticias peores. Son cosas como ésta. El otro día murió el hermanito de uno de los mejores amigos de mi hijo. Tenía 15 meses. Apenas eso. No hay mayor misterio que la muerte de un niño.
Dolor y misterio pueden ser lo mismo, qué más da. La criatura murió mientras dormía. Le falló el corazón, justo a él que regalaba sentimientos. Nunca lo conocí, pero sabiendo cómo es su hermano, vital, alegre, lleno de inocencia, puedo imaginar que compartía todo, con él y con la vida.
Es difícil estar ajeno al dolor de los demás, sobre todo en circunstancias cuando la vida se llena del color más oscuro de todos, mejor dicho, cuando se decolora. No puede haber cosa peor que ésta. Tener que enterrar a un hijo es algo que va contra la naturaleza, contra todo. Deberían ser ellos quienes entierren a sus padres luego de que la vida les otorgue la oportunidad de crecer y envejecer juntos.
Tener que vivir ese momento, cuando la vida de los vivos entra a un laberinto de fin infinito, debe ser lo más cercano a entrar a la muerte vivo y luego tener que regresar. Pero sin palabras.
Cuando Adriana, mi mujer, también madre, me contó lo sucedido, sentí una especie de horror empequeñeciendo todos los intentos del lenguaje. Fue como esto: en la madrugada, cuando nadie dice nada, la madre despertó de una pesadilla para encontrar que su hijo había dejado de respirar sin decir adiós, sin llevarse un beso, sin quedarse un día más. Dejando al mundo sin él. De ahora en más sólo seguirá saliendo vivo de las imágenes desparramadas por la casa, pues para eso existen las fotografías, para que la memoria no tenga que inventar todo. El encuentro de la madre con la muerte del hijo adorado es algo que escapa a todo relato racional. Ahí no se puede entrar. Va esta plegaria por los padres y el hermanito que quedarán huérfanos de la ternura más pequeña. Y la necesidad de esperanza: "La tristeza vuela en alas de la mañana; la luz llega del corazón de las tinieblas" (Giraudox).
Los niños no entienden el comercio cruel de la muerte.
La madre le dijo que su hermanito se había ido al cielo, pero él seguía sin entenderlo: "¿Cómo se puede haber ido al cielo si su cuerpo y su piel siguen acá?". Y luego, con la candidez de la tristeza que sólo tienen los que todavía viven en la inocencia, dijo derrotado: "No vamos a poder crecer juntos". Eso es lo más terrible de la muerte, el espacio interrumpido que origina, las promesas que rompe, las esperanzas que descuartiza, la enorme soledad deshabitada que deja a los vivos, quienes en estos días se sienten más muertos que aquel que se fue.
Siempre que pasan cosas así se cuestiona el sentido de la vida, la integridad de ésta, las razones para creer en algo más allá de lo ocurrido. Y son justamente los vivos los que deben responder, los vivos que son quienes mueren sin poder olvidarse que siguen estando aquí y teniendo responsabilidades. Para la madre y el padre sólo hay un camino: vivir para el hijo que quedó, quien será el único en atenuar la tristeza furiosa de la peor semana de sus vidas. Tenía razón Séneca, hay épocas en las que "seguir viviendo es en sí mismo un acto de coraje".
Infinita cantidad de seres humanos pasan por el planeta, arrasados por la muerte antes de tiempo, cayendo en el olvido incluso antes de empezar a tener memoria. En todo eso hay una gran injusticia que sin embargo no se resuelve al ser denunciada. Sólo resta seguir, como se pueda, ya que los vivos tienen la responsabilidad de preservar la memoria de los que se fueron, pues nadie viene al mundo por nada ni para ser olvidado más rápido que una frase corta. Para los padres, su hermanito, sus familiares, sus amigos, para mí que nunca lo conocí, los 15 meses que tenía el muerto representan siglos en sentimientos, en ganas de que las cosas hubieran sido diferentes. Alguien dijo que los vivos deben mantener los ojos abiertos para que los muertos puedan seguir mirando. Sí, es verdad.
Cuando alguien recuerde a Lucas o lea estas palabras, él seguirá mirándonos.
Fecha: 21-11-2008
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