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Categoría Testimonios - Grandes historias de amor

Un gran amor


VIVE PARA QUE CONSIGAS APRENDER A AMAR. AMA PARA QUE CONSIGAS APRENDER A VIVIR. Estoy sola, nostálgica y pienso en aquellos lejanos años de mi juventud? Tendría 16 años y ya sabía cómo debería ser mi marido. Sabía que los morochos me gustaban más que los rubios y después sabía y lo había aprendido muy bien, que ese marido con el que soñaba debía ser un hombre honrado, bueno, recio? También tenía que saber querer, capaz de dar un verdadero amor en hechos y no en palabras, que respetara mis ideales. Yo tenía que saber responder a ese amor y para ello me preparaba. Soñaba y soñaba y al pasar unos años, los sueños se hicieron realidad. No, aún mejor que mis sueños porque mi marido era bondadoso por naturaleza, recio y fuerte cuando la ocasión lo requería. Con gran sentido de humor, pocas veces me molestó, con depresiones. Nunca vulgar, nunca insultante. Luego yo fui muy feliz a su lado. Durante el noviazgo vivimos, por convicción, un amor casto que intercambiábamos, al que le fijamos los límites necesarios para acumular todo aquello que nos entregaríamos uno al otro el día en que el Sacerdote que nos casaba acabara diciendo "? hasta que la muerte los separe". Lo oí, pero con mi optimismo pensé "nunca llegará ese día". Transcurrieron los años y vinieron los hijos, uno y otro y otro hasta 9. Parecerán muchos pero para nosotros que vivíamos para ellos eran pocos. Les dedicamos todo el tiempo que podíamos sin dejar de vivir nosotros. Fuimos exigentes en cosas como el amor. Insistimos en la castidad en el noviazgo y luego fidelidad hasta el final. Sé que pasamos por todos los tiempos: de reír, de llorar, de mimarse, de pelear? Y esos tiempos terminaban y había que volver a empezar, porque la familia se construye con un amor que sepa renacer cada día. Y el renacer cuesta mucho algunas veces porque nuestro viaje en la vida a veces es largo y no lo hacemos en un transatlántico sino en bote a remo y partimos de una orilla y vemos la otra orilla muy lejos. Porque hay que saber remar en la misma dirección y si uno rema en dirección opuesta el bote no avanza, se detiene o los vientos lo llevan por doquier hasta correr el peligro de naufragar. Lo conseguimos a veces con facilidad, otras veces requería grandes esfuerzos. Pero nos movía el ideal de formar una buena familia: en esos días había que cargar las baterías y empeñarse cada uno en encontrar la felicidad del otro. Y fuimos felices a todo lo largo del viaje, aún atravesando tormentas, cosa que luego nos llenaba de satisfacción. Me preguntan si valió la pena. Y les contesto que es el gran consuelo que nos queda, que conforta el alma y que deseamos poder pasarlo a todas las generaciones. ¿Lo aceptan? Pareciera imposible pero uno oye ahora a los hijos repetir "papá decía", "papá quería", "papá hacía" y los ve con dificultad salir adelante porque servía aquello que papá hizo o papá dijo. Familias grandes, mesas colmadas, chistes, risas, bromas, discusiones y peleas también. Pero al rato todo como si no hubiera pasado nada. El ambiente familiar los había llevado a quererse por encima de las diferencias. ¿Dolores? Si que los vivimos y muy muy grandes pero con paz. La vida del mundo futuro la vivíamos paralela a la realidad, estando todos juntos. La esperanza del más allá calma la realidad a veces devastadora. No acabó aún mi vida pero el no vivir con el compañero de todas las horas parecería no vivir ya, pero siempre supe que éste era el camino aunque a veces cueste, si a pesar de ello lo seguimos nos lleva inexorablemente a la VIDA. Allí disfrutaremos sin penas, sin esfuerzos, malos ratos o lamentos. Allí se reunirá LA FAMILIA. Estuve 54 años casada y hoy estoy viuda.

Fecha: 22-11-2008
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