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Las pesadillas son sueños intensos y atemorizantes, capaces de despertar al niño, y dejarle una sensación profunda de miedo y ansiedad.
Forman parte del proceso de crecimiento y están presentes en el ciclo onírico del ser humano a partir del segundo año de vida.
A diferencia de los terrores nocturnos, suelen aparecer al final de la noche y el pequeño las recuerda al día siguiente. Las pesadillas acostumbran a ser reflejo de conflictos emocionales. Su contenido depende de factores diversos, entre otros, del estado físico y emocional del niño, de su nivel de madurez y las vivencias diurnas, especialmente inquietantes.
En los más pequeños, otra causa posible es la angustia de separarse de sus padres. A medida que crecen, los motivos evolucionan.
Cuando un niño tiene pesadillas, hay que recurrir inmediatamente a su lado.
Antes de los 24 meses, no puede comprender qué es un sueño. Nuestro papel se limita sólo a consolarlo y calmar su ansiedad.
A los 2 años, empezará a necesitar apoyo y contención, además del calor humano.
A partir de los 3 años, convendrá hablarle cálidamente y asegurarle que lo que acaba de vivir no es más que un sueño.
Cuando un niño se despierta de un mal sueño, necesita el sostén y la segundad de sus padres, el calor físico. No es el momento de mostrarse duros e inflexibles.
La recurrencia excesiva de las pesadillas debe alertarnos y motivarnos a descubrir la causa. Debemos observar el comportamiento diurno del niño y seleccionar sus lecturas, películas, etc. Al mismo tiempo hay que permitirles expresar sus sentimientos.
Si las pesadillas se prolongan más allá de los seis años o a los dos meses de su aparición no hemos averiguado el motivo, es importante recurrir a la ayuda de un profesional. Esto es más urgente, si los miedos pasan a formar parte de la vida diaria.
Fecha: 02-12-2008
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