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En las pacientes que experimentan amenorrea inducida por el ejercicio disminuye la frecuencia de pulsos de GnRH. Estas mujeres suelen ser hipoestrogénicas, pero las alteraciones menos graves producen disfunción menstrual mínima (anovulación o defecto de la fase lútea). La disminución de la pulsatilidad de la LH se debe a trastornos hormonales como elevaciones de los opioides endógenos y de ACTH, prolactina, andrógenos suprarrenales, cortisol y melatonina. Se ha recurrido a las diferencias en el contenido de grasa del cuerpo para explicar las tasas diferentes de amenorrea producida por los ejercicios deportivos. Frisch y McArthur sugieren que se requiere como mínimo una proporción de 17% de grasa corporal para que se inicie la menstruación, mientras que 22 % de ella para conservarla. Sin embargo, estudios recientes sugieren que la ingestión calórica inapropiadamente baja durante el ejercicio agotador tiene mayor importancia que el contenido de grasa del cuerpo. Entrenamiento de mayor intensidad, nutrición deficiente, tensión de las competencias y trastornos de la alimentación acompañantes incrementan el riesgo de las deportistas para experimentar disfunción menstrual.
Obesidad.
La mayoría de las pacientes obesas tienen ciclos menstruales normales, pero el porcentaje de mujeres con trastornos se incrementa desde 2.6% en las que tienen peso normal, hasta más de 8.4% en las que tienen más de 75% del peso corporal ideal. El trastorno menstrual es, por lo regular, hemorragia uterina irregular con anovulación más que amenorrea. Las obesas tienen un número excesivo de células grasas en las cuales se produce la aromatización extraglandular de los andrógenos hasta estrógenos.
Tienen, además, concentraciones circulantes más bajas de globulina fijadora de hormonas sexuales, lo que permite que se convierta en estrona una proporción más grande de los andrógenos libres. El exceso de estrógenos crea un riesgo más elevado de cáncer endometrial.
Fecha: 05-10-2008
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