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Categoría Testimonios - Grandes historias de amor

El matrimonio




La gran decisión sin amor

Casarse sin el ingrediente principal pareciera ser más que una mera excepción a la regla. Hoy, del total de parejas que contraen matrimonio, un alto 38,8% lo hizo sin estar enamorado, lo que según los sicólogos, les pasa a personas cuyo desamor es consciente y a aquéllas que no sospechan no estar enamoradas. ¿Inmadurez, miedo, racionalización o presión? Las razones son tantas como fracasos matrimoniales existen.

Por Loreto Aravena

La noticia caló profundo en cada uno de los chilenos. El abrupto corte que sufrió el noviazgo entre Iván Zamorano y María Eugenia Larraín a sólo horas de entrar a la iglesia, tocó la fibra de todos y, en especial, de todas. ¿Qué pasó con los novios de Chile? ¿Es que acaso no estaban enamorados? Pregunta complicada, pero interesante de plantear no sólo a la ex pareja del año, sino también a quienes están pensando en ponerse un anillo de por vida, o bien, para los que miran hacia atrás y quieren ver qué pasó con su matrimonio antes de que fracasara. Porque tal como lo plantea El libro abierto del amor y el sexo en Chile, de Pía Rajevic (2000), sólo el 61,2% de los chilenos se casa enamorado, lo que quiere decir que un 38,8% lo hace sin estarlo. Consciente o inconsciente de ello. El libro suma y sigue: de ese total de personas que no considera el factor amor, un 36,1% se casa por causa de un embarazo no planificado y un 19,7%, toma la decisión por ?querer escapar de la casa de los padres?, ya sea por problemas de relación con ellos o por la precariedad en que estos viven.

Es difícil imaginar que una institución tan sagrada como el matrimonio parta sin amor, pero el caso de María Paz (33) explica, en parte, las razones. Ella esperó una señal divina hasta el último minuto. ?Cuando estaba en el altar le pedía a Dios que me hiciera saber de alguna forma si no me tenía que casar. Estuve esperando todo el rato que se cayera un florero, que alguien tosiera o, por último, que me llegara una brisa milagrosa... Pero nunca pasó nada. Por eso tuve que asumir lo que estaba haciendo. Me casé después de pololear cuatro años y creo que lo hice porque quería establecerme. Quería tener una familia?, confiesa.

A esta arquitecto la convenció la idea de que Matías, su actual marido, se viera como un padre ideal, como un hombre inteligente, culto, profesional estable y con un lado artístico muy desarrollado. ?Tomamos la decisión de casarnos después de que él volvió de Estados Unidos, donde hizo un doctorado. No fue algo que me haya cuestionado mucho. Sólo dije que sí?, cuenta.

Sin embargo, María Paz reconoce que siempre hubo algo que no le calzaba del todo: ser poco romántica, cariñosa y demostrativa con su marido. Algo que ella solucionaba con un ??ah, estoy puro leseando!?.

El día de su matrimonio hubo dos hechos que recuerda vagamente y que la hacen pensar en la falta de convicción que proyectaba. ?Hubo un par de amigas que se me acercaron antes de la ceremonia y me dijeron que si había algo que me impedía pronunciar el ?sí? ante el sacerdote, ellas iban a estar afuera con el auto listo para salir rápido de ahí. Y lo otro fue que mi mamá llegó hasta mi pieza, se sentó en mi cama y me dijo: ?si tienes dudas hija, no te cases. No hay nadie que te presione?... Pero ya era como bastante tarde para mandarse el numerito. Mi papá había pagado ocho millones de pesos por la fiesta y yo no le podía hacer eso?.

A pesar de que hoy ella piensa que los problemas con la familia de Matías han confabulado en contra de la relación, reconoce también haber puesto poco de su parte para que todo mejorara. ?¿Por qué? No sé. Lo único que sé es que yo pensé que el matrimonio era algo más gratificante?, dice esta arquitecto que está ad portas de separarse.

La sicóloga experta en temas de pareja, Perla Sanhueza, dice que hay que distinguir entre dos tipos de mujeres frente al matrimonio: las que se casan creyendo que están enamoradas y no lo están y las que no sienten amor, pero se lanzan de igual forma. Es precisamente este segundo grupo de féminas el que llama la atención, sobre todo, cuando se trata de mujeres profesionales, inteligentes, bonitas y que provienen de familias bien constituidas. ?Existe una colección de éstas, principalmente de 30 años y más, que hacen un matrimonio racional, es decir, que se fijan únicamente en las simetrías que les pueden ser útiles?, dice Sanhueza.

Los motivos de casarse sin amor son variados: no querer estar sola en la vejez, ansiar la formación de una familia con estabilidad económica, la sensación de responsabilidad ante un embarazo no planeado, la urgencia de librarse de los padres, terminar con esa soltería mal mirada por amigos, familiares o colegas, o bien, una madre soltera o separada que busca un padre para sus hijos.

Perla Sanhueza afirma que todos los seres humanos hacen un ejercicio llamado ?ping-pong autorreferente?, es decir, que todos ?usan? a otros para ?dibujarse? a sí mismos. ?Si un tipo que es inteligente, guapo, simpático, culto, exitoso, respetuoso y cariñoso, me invita a salir, yo inevitablemente voy a pensar que lo hace porque tengo esas mismas características. Así se va construyendo mi autoimagen y, por ende, mis niveles de autoestima. Verme reflejada en otro en este caso es agradable?, dice. Consciente o no, la sicóloga aclara que todos los seres humanos son narcisistas, pues todos se enamoran de sí mismos cuando hacen este ejercicio de ?ping pong autoreferencial. Ahora bien, si las parejas logran traspasar esa etapa, si logran ver más allá de sus cualidades reflejadas en el otro, entonces podemos hablar de amor verdadero?.

Mariela (31) recuerda con pena el día en que salió del Registro Civil y abrazó fuerte a su papá: ?El me apretaba orgulloso, con una sonrisa enorme en su cara. Y lo único que yo hacía era llorar a mares. Yo lo miraba como diciéndole ?sálvame?, pero nunca se percató?, cuenta esta ingeniero civil que al momento de casarse tenía 24 años, cuatro meses de embarazo, cero química con el que se estaba convirtiendo en su marido y nulas ganas de comprometerse para toda la vida con él. ?A pesar de que crecí con la idea de que después de un largo pololeo venía el matrimonio, siempre me preocupó no sentir ningún cosquilleo con él. Ni cuando lo veía ni cuando lo besaba. Aunque me convencí de que esto era normal después de tanto tiempo de pololeo, terminé varias veces con él. La última vez que lo hice descubrí que estaba embarazada?.

A pesar de su formalidad, Mariela nunca pensó en casarse. No, hasta que le contó a su mamá y ésta puso el grito en el cielo. ?En vez de decirme que no me preocupara y que me podía quedar en la casa, estaba horrorizada por lo que dirían los demás. Empezó a presionarme desde el mismísimo día en que le conté y no cesó hasta que a los cuatro meses de embarazo me vio en el Registro Civil. Yo me sentía demasiado sola y entendí que si no me casaba, mis papás no me iban a hablar más?. Mariela cuenta que su ex marido siempre estuvo encantado con la idea, tanto, que el día de la fiesta de matrimonio, no hay foto en la que él no salga feliz y ella con cara de cansancio y pena.

El sociólogo de la Universidad de Chile, Rodrigo Larraín, cuenta que los estratos medios cuidan mucho su imagen, porque cualquier error en su ?ascendente carrera? les puede costar el puesto. En los sectores altos, la cosa es aún peor, pues ?los integrantes de estas castas tienen una ideología tradicional vicaria potente, a tal punto, que sus convicciones ideológicas y religiosas son intransables. Las congelan en su merecido sitial, porque dejar que se derritan implica un vacío y, por ende, una horrorosa incertidumbre?, señala Larraín como una manera de explicar cómo reaccionan los abuelos y los padres de una hija embarazada o de otra que a los 30 sigue soltera y no da muestras de éxito en sus conquistas masculinas.

Las palabras del sociólogo Larraín sorprenden cuando dice que la mayoría de las parejas siguen casándose sin estar enamoradas. ?Si miramos hacia atrás, vemos que muchos asumían este compromiso porque sentían que estaban ?en edad de?, es decir, como si fuera una especie de fuerza del destino lo que los llevaba al altar. Eso ya no se da hoy, porque antes está la necesidad de adquirir expertise profesional para asegurarse un buen pasar. Pero sin embargo, hay muchos jóvenes que asumen su adultez con una mirada muy instrumental: ?Yo apuesto por alguien, en la medida que signifique una buena inversión?. Pero eso lamentablemente no es el amor, porque éste debe trascender a eso, debe buscar el libreto común más que los bienes en común?, dice.

Es lo que le sucedió a Catalina (40), quien siempre estuvo apostando a dejar atrás a ?esa niña que era? al emparejarse con un hombre de mayor experiencia, pero teniendo claro que no lo amaba. ?Mi ex marido era un tipo brillante, con un pasado político dentro de la U. de Chile súper importante, 13 años mayor que yo y con un hijo a cuestas. O sea, era un hombre apasionante del que yo podía aprender en el plano intelectual, sexual, social y familiar. Por eso, cuando él me propuso convivir, no lo pensé ni dos segundos. Eso sí, tenía que ser bajo el régimen matrimonial, porque a mi mamá le podría haber dado un ataque si no lo hacía de la manera más moralmente correcta?, cuenta.

Sin iglesia y sin fiesta, Catalina compró el primer vestido que encontró y se vistió de novia. ?Recuerdo que el día de mi boda mi mamá entró a mi pieza para ayudarme. Mientras me abrochaba el cierre de la blusa, sentí que sollozaba. Pero yo fingí no haberla escuchado. Sospechaba que le dolía mucho que yo me estuviera casando sin estar convencida, pero nunca me encaró, a diferencia de mi papá, quien minutos antes de la ceremonia me abrazó y me dijo con una cicatrizante calidez: ?si no resulta, puedes volver??.

Sólo alcanzaron a pasar tres semanas en su nueva vida de casada cuando se vio en medio del living preguntándose qué hacía ahí con un tipo al que apenas conocía y al que cada vez soportaba menos. ?Era desordenado, destartalado, poco cariñoso. Apenas nos casamos, terminaron los regalos de cumpleaños y los de Navidad. Además, la vida sexual se volvió una lata. La imagen de este caballero andante que me había construido se había esfumado?, recuerda entre risas.

Esta cientista político confiesa haber tenido plena certeza de no haberse sentido enamorada. El día que lo reconoció, entendió que era ella la que tenía que partir. Eso sí, se tardó más de tres años en hacerlo. Tres años en actuar como adulta?, dice.

Fecha: 01-12-2008
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