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Nilda Quartucci se dice hija de Eva Perón y reclama una prueba de ADN. La historiadora Marta Cichero asegura que cuando el padre Benítez, confesor de la ex primera dama, mencionaba en sus cartas el "secreto de Evita" se refería a su maternidad oculta.
Una historia interroga a la Historia: ¿Cuál fue el secreto que Evita se llevó a la tumba y del que habló su confesor, el padre Hernán Benítez? El jesuita que fue su confidente y amigo, fue uno de los testigos más requeridos por los biógrafos e investigadores extranjeros de Eva Perón.
Todos comenzaban indagándole sobre la vida de Evita y terminaban, con curiosidad de teleteatro, preguntando sobre la relación afectiva entre Perón y Evita.
Discreto mientras vivió, la relación del sacerdote con Evita surge especialmente de la lectura de su correspondencia. Al final de su vida, como una travesura histórica, el padre Benítez instaló un misterio en la vida de Eva Perón al escribir sobre el secreto dolor que llevó a la tumba y conocen muy pocas personas. Entre ellas, las hermanas de Evita.
En marzo del año pasado, Nilda Argentina Quartucci, nacida en 1940, inició un juicio de filiación para que la prueba genética del ácido desoxirribonucleico (ADN) determine si ella es la hija de Evita, como le confesó su padre, el actor Pedro Quartucci.
Una demanda que inició munida de varios indicios: esa confesión, que en la década del sesenta estalló dentro de la familia cuando el actor reunió a sus hijos y reveló que Nilda no era hija del matrimonio con Felisa Bonorino, sino de Eva Duarte. Más tarde, la prueba del ADN confirmó esa declaración. O sea: descartó que la esposa de Quartucci fuera la madre de Nilda.
"Esta es una exigencia moral", explica Nilda ahora, a sus sesenta años y un parecido físico con Evita enorme, desde sus manos a las piernas de tobillos gruesos que, según recuerdan los íntimos, acomplejaban a Evita.
Las demandas por la identidad son, en general, de mujeres abandonadas que reclaman padres para sus hijos. Y en términos biográficos y literarios de los que novelaron su vida, a la Evita política, la del balcón con su histórico "Renunciamiento", se agregaría ahora un nuevo renunciamiento. ¿Qué habría pasado con Evita?
Según Nilda y su hija Roxana Panzeri, Pedro Quartucci terminó contando que alnacer Nilda, en octubre de 1940, se le dijo a Evita que su hija había nacido muerta. Así, el bebé fue registrado como hija de Pedro Quartucci y su mujer, Felisa Bonorino. Sólo alrededor de 1946 Evita habría sabido que tenía una hija.
El actor, popularizado por la televisión con La Familia Falcón, fue boxeador y protagonizó en el cine, entre otras películas, "Segundos afuera", en la que Evita tuvo un pequeño papel. Corría 1937, Evita tenía tan sólo 18 años y apenas se insinuaba como figura dentro de la farándula de Buenos Aires. Y es en este período de su vida habría tenido una relación amorosa con el actor que ya era popular y consagrado.
Si la juez Mirta Ilundain, del Juzgado 38, determina finalmente que Evita tuvo una hija con el actor Pedro Quartucci, el "secreto" del que habló su confesor adquiere un sentido.
Hernán Benítez, fue el sacerdote que sufrió represalias dentro de la Compañía de Jesús por su acercamiento a Evita, el joven impetuoso que la acompañó en su viaje a Europa y quien conoció como nadie la intimidad de la pareja de Eva Duarte y Juan Perón. Pero sobre todo, el padre Benítez fue quien acompañó su agonía, el que la vio morir.
La reconstrucción de la historia
"Díganos la verdad"
Nilda Quartucci necesita de la prueba del ADN para demostrar que es hija de Evita. No basta que su hija Roxana Panzeri sorprenda por el parecido con la que sería su abuela. Ella, la nieta más cercana de Pedro Quartucci fue quien más lo persiguió para que dijera la verdad.
"Yo sufro de pensar que mi abuelo me pudo defraudar. Le pedí que me dejara escrita toda la verdad, y confío que cuando aparezca el resultado del ADN, la persona que conserva esa carta nos la dará", explica Roxana.
Cuando habla de "la abuela", Roxana tartamudea, no parece la respetada doctora patóloga que estudia para tener una vida independiente de la historia de la que quiere huir. A pesar de su insistencia, el abuelo Quartucci exigió que no le preguntara nada más allá de su confesión.
El padre de Roxana, Camilo Panzeri, recuerda el drama familiar: "Tomé a mi suegro y le supliqué: "díganos la verdad. No ve que está destruyendo a mi familia". Y Quartucci respondió: "Estamos todos sentados sobre un volcán. No puedo decir nada porque corremos peligro de muerte".
Años atras, Roxana llegó a la casa del padre Hernán Benítez. Ahora recuerda que, apenas la vio, el sacerdote exclamó: "?Configuración craneana idéntica!", y la desafió: "¿Qué clase de nieta eres que no abrazas el busto de tu abuela?" Luego, conversaron durante seis horas.
La prueba clave
Un recuerdo que evocó en una larga y conmovedora carta a Blanca Duarte, una de las hermanas de Evita, con las que el padre mantuvo amistad: "Lo que más me conmovía aquella noche, ante los despojos de Evita, en medio del impresionante silencio de la residencia, era que veía alzarse su corazón ya sin latidos, como una patena, ante el rostro de Dios, brindándole el holocausto de un inmenso dolor. De un dolor que jamás se sabrá en este mundo. De un dolor más meritorio a los ojos de Dios que su lucha en favor de los necesitados, con ser ésta heroica, como no cabe negarlo. Usted sabe a qué dolor me refiero. Sabe quién lo provocaba y de qué manera. Dolor que, como ningún otro, desgarró su corazón, más mucho más que la enfermedad. Lo hemos comentado en nuestras conversaciones, con usted (Blanca) y Chicha, sangrándonos todavía el corazón".
La carta, escrita en 1985, al cumplirse los 33 años de la muerte de Eva, fue casi impuesta para su publicación a la historiadora Marta Cichero, quien había llegado a la casa donde vivía el padre Benítez, con menos curiosidad sobre Evita y más inquietud sobre la responsabilidad de Juan Perón en la violencia política. Sin embargo, hoy la historiadora reconoce que por entonces no estaba interesada en Evita y no prestó atención a la insistencia del padre para que incluyera en el libro la carta destinada a Blanca Duarte, en la que mencionó "el secreto".
Marta Cichero no cree que se trate de un secreto de confesión, sino de una especie de "pacto entre el sacerdote y las hermanas de Evita", como sugieren algunas señales en la carta. En algunos tramos, es como si el sacerdote jugara con los historiadores, convencido de la repercusión futura de esa correspondencia: "Sorprendente: lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorarán las gentes. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas. La de usted, la de Chicha, la mía, y no sé si de alguien más. Las veces que ella, anegada en lágrimas, me confesaba no aguantar más y estar dispuesta a tomar medidas extremas -bien sabe usted cuáles- yo le machacaba: "Evita, nada grande se hace sin dolor. Sin su secreto dolor, toda su obra pública ¿qué sería a los ojos de Dios?".
Frente a la duda, la imaginación vuela. Cichero cree que podría tratarse de una maternidad frustrada de Evita y recuerda una anécdota que le contó el padre Benítez: "Evita, a quien el padre describía como una mujer que nunca lloraba, quiso adoptar una niña brasileña, la cieguita Geraldine. Sus padres, brasileños, acudieron a la Fundación Eva Perón, la niña fue operada y Evita le pidió al cura que mediara ante Perón para que aceptara adoptar a Geraldine y toda su familia. Perón se negó y Evita lloró como nunca antes la había visto el sacerdote".
Fecha: 12-10-2008
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