|
La Nobel sin miedo
Es la primera musulmana de la historia que consigue un Premio Nobel. Pero, más allá, es la voz más firme y serena en la lucha por los derechos de la mujer en el Islam. Jueza de profesión, represaliada tras la revolución de Jomeini, siempre supo que su trabajo sería reconocido algún día.
Semanario, El País
La primera mujer musulmana que obtiene el Premio Nobel de la Paz se ha curtido en la lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer frente a la sociedad patriarcal y al clero iraníes. Es bajita, da la impresión de insignificancia bajo la hosca vestimenta negra que, en estricto cumplimiento de las leyes iraníes, la cubre de la cabeza a los pies; pero es dura como el ónix, roca firme que defiende a los niños de ser propiedad de los padres y a los presos políticos de un Estado que les prohíbe la libertad de expresión. Creyente fervorosa, sostiene que la religión no puede ser impuesta y que tanto el despotismo como la represión de la mujer proceden únicamente "de la interpretación y el uso" que los dirigentes religiosos o políticos quieran hacer del Islam.
Shirín Ebadí (56) se ha erigido en faro para cientos de millones de mujeres del mundo islámico y en foco de las iras y las amenazas de los mulás (clérigos) más conservadores, tanto dentro como fuera de Irán.
Desde el anuncio de la concesión del Premio Nobel, en octubre pasado, su despacho se ha convertido en un continuo desfile de gente, de teléfonos y faxes, de invitaciones y de peticiones. No hay lujos. De las paredes blancas cuelgan versos enmarcados de los principales poetas persas (siglos XIII y XIV) y un versículo del Corán.
En 1974, el Sha Reza Pahlevi gobernaba Irán con puño de hierro, y la "pasión por la justicia" conducía a Shirín Ebadí a convertirse en la primera mujer jueza del país. Al año siguiente, vestida de blanco, con un traje de corte occidental, la joven jurista se casaba con un ingeniero, cuando sobre el escenario iraní comenzaban a ceñirse las nubes que presagiaban la tormenta que se avecinaba. Cuatro años más tarde, la frustración, la desesperación y la incomprensión encerraban a Ebadí en su casa tras la decisión de las nuevas autoridades de la República Islámica de prohibir a las escasas juezas iraníes ejercer su profesión con el argumento de que las mujeres son demasiado sensibles, "irracionales" y fáciles de influenciar. Fueron días, meses, años muy duros para la abogada, que encontró en la maternidad, y sobre todo en la defensa de los derechos de los niños, un nuevo afán de lucha.
En 1988 aparecía el primer manual de Shirín Ebadí en defensa del derecho de los niños a ser considerados como individuos. Fundadora de la Asociación de Defensa de los Niños Iraníes, Ebadí ha hecho una incuestionable contribución a la mejora de la situación legal de los menores, que se ha traducido, en la práctica, en elevar la edad penal de las niñas desde los nueve hasta los 13 años.
La tercera persona musulmana y la undécima mujer que recibe el Nobel de la Paz defiende el diálogo entre religiones y culturas y se opone rotundamente a la teoría de Samuel Huntington sobre el "choque de las civilizaciones", al igual que a la inclusión de su país en lo que George W. Bush denominó "el eje del mal". La abogada y profesora de la Universidad de Teherán no menciona a Estados Unidos por su nombre, pero sostiene que ?ningún país extranjero tiene derecho a imponer sus leyes en otro?. Como activista de los derechos humanos, se siente cerca de los movimientos internacionales que rechazan la guerra y el recurso de la fuerza para solucionar un conflicto, así como las armas, tanto nucleares como convencionales.
Ella, que sufrió en carne propia durante 22 días de 2000 el horror de las cárceles de su país, lo primero que pidió al conocer su galardón fue que pusieran inmediatamente en libertad a todos los presos políticos iraníes. El País la entrevistó en su oficina de Teherán, donde se declaró convencida de que ?el futuro de Irán es de las mujeres? y, con una naturalidad pasmosa, confesó que siempre supo que antes o después, el mundo reconocería su trabajo.
Usted está casada y tiene dos hijas. ¿Qué supone ser mujer en Irán?
Que si quieres demostrar que eres eficiente tienes que ser dos veces más activa que un hombre; que debes realizar las labores de la casa igual que una mujer tradicional del siglo XIX, pero tienes que trabajar fuera como una mujer del siglo XXI para ganar dinero. Es duro ser mujer en el Irán de hoy.
Cuando el 10 de diciembre se presentó en Oslo a recoger el Premio Nobel de la Paz con la cabeza descubierta corrió la tinta en los periódicos conservadores iraníes, y el que menos la llamó "indigna". ¿Qué significa la palabra libertad?
Que vivas donde quieras, que escribas lo que pienses, que te vistas como desees, que puedas amar a quien ames y que te dejen elegir la religión que te ilumina. La libertad sólo tiene una frontera, la del respeto a los otros.
Usted ha dicho que el machismo es una enfermedad, como la hemofilia.
Efectivamente, la hemofilia es una enfermedad que se transmite por las madres. Algunas madres tienen en su cuerpo los elementos ocultos de la enfermedad, y aunque ellas no la padecen, se la transmiten a sus hijos y los enferman. Considero este mal similar a la cultura patriarcal en el mundo. En el sistema patriarcal, las mujeres son las víctimas, pero, al mismo tiempo, son las que transmiten esa cultura a sus hijos varones. No se puede olvidar que cada hombre represor ha sido criado por una madre.
Usted siempre dice que el concepto de igualdad entre los sexos lo aprendió en su casa. ¿Qué papel desempeñó su padre en su formación?
Éramos tres hermanas y un hermano. Mi padre nos dio a los cuatro la misma libertad y la misma cantidad de dinero para nuestros gastos. Aprendí la igualdad entre el hombre y la mujer de mi padre. Mi padre me dio paz.
¿Qué valor concede a la religión?
El Islam lo es todo para mí; pero el Islam en el que yo creo, no el que es impuesto por la opresión y la tiranía. El Islam es lo que siempre me ha acompañado en cualquier momento de mi existencia. Islam es un camino hacia Dios, pero no es el único.
Según su propia confesión, en su casa no manda ni usted ni su marido, sino sus dos hijas, la menor de la cuales, Nargis, dice que quiere ser presidenta.
Cuando tenía ocho años leyó en un libro que, según la Constitución iraní, sólo el hombre podía llegar a ser presidente. Me miró enfadada y me dijo: ?¿Qué puedo hacer? Yo quería ser presidenta?. Ahora acaba de empezar a estudiar Derecho, y no es imposible que algún día tenga los méritos suficientes para convertirse en jefa de Estado.
¿Debe la mujer ser ambiciosa?
No, lo que la mujer iraní necesita es prepararse para volver a tomar y estabilizar su estatus en la sociedad. El futuro de Irán es de las mujeres.
¿Qué la llevó a interesarse por los derechos de los niños?
La situación de los niños iraníes, si la comparamos con la Convención de los Derechos de los Niños, no es la adecuada. Por ejemplo, la edad penal para las niñas era hasta hace unos meses de nueve años, y de 15 para los niños. Eso significaba que si una niña de nueve años cometía un delito, podía ser castigada exactamente con el mismo rigor que yo si cometiera el mismo delito. Esa era también la edad a partir de la cual podían casarse, pero ya se ha conseguido elevarla a los 13 años.
¿Qué representó para usted el Premio Nobel de la Paz?
Tiene para mí el significado de que el mundo ha aceptado que el Islam no es una religión de terror, que ha llegado a la conclusión de que las mujeres musulmanas no están en una buena situación y que valora la campaña de las mujeres por la libertad.
El mundo entero se sorprendió cuando el Comité del Nobel anunció su nombre. No hay que olvidar que uno de sus competidores era el Papa, lo que irritó al ex presidente polaco Lech Walesa, que afirmó que usted no se lo merecía. Sin embargo, parece que usted ya lo esperaba desde hacía tiempo.
Siempre pensé que un día ganaría ese premio, pero creí que lo obtendría cuando tuviera 80 años, después de escribir muchos más libros, y dar muchas más conferencias, y hacer muchos más viajes, pero gané el premio 25 años antes de lo pensado.
¿Qué opinión le merece el que, ante un juez, el testimonio de un hombre valga el doble que el de una mujer y que el llamado precio de la sangre (la indemnización que el homicida paga a la familia de la víctima) por un hombre sea también dos veces el de una mujer?
Desgraciadamente, esa es la realidad de la ley iraní actual, y estoy en contra de que se mantenga. Muchos de nuestros mulás sostienen que ese precio de la sangre no emana de la ley islámica. Las penas por asesinato deben ser iguales.
¿Cuál ha sido su momento más feliz?
Muchos. Cuando veo que la gente es feliz, yo también lo soy. La felicidad es contagiosa, al igual que la tristeza.
Fecha: 01-12-2008
Hits: 60
|
|