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Categoría Testimonios - Grandes historias de amor

La princesa y el rebelde




Alain Delon y Romy Schneider, la pareja de novios más guapa de los años ?60, vivieron una historia de amor larga y tormentosa, que no llegó a buen puerto. Cuando la pasión se acabó, Romy, la actriz adorada, la mujer enamorada que se lo jugaba todo en cada relación, quedó marcada trágicamente para siempre.

Javier Riojo. Derechos exclusivos de El País

Romy Schneider y Alain Delon fueron la pareja ideal del final de los años ?50, de las primeras modernidades de los ?60. Un noviazgo que duró cinco años y una amistad que nunca se consumió. Demasiado guapos para los de la nouvelle vague, demasiado atrevidos para los fans de las ternuras de Sissi, demasiado jóvenes para el matrimonio y demasiado famosos para pasear su amor bajo los puentes del Sena. Eran demasiado. Creían que lo importante era amar. Aún no sabían que la canción de su historia la acababa de escribir Brassens: no hay amores felices.

Alain Delon había nacido en un pueblo, Sceaux, en noviembre de 1935, todavía en una Francia orgullosa y democrática. Hijo de una familia rota, el pequeño Alain pronto conoció expulsiones colegiales y tormentas familiares. Casi adolescente fue paracaidista en Indochina, después trabajó descargando en el mercado de Les Halles, de París. Conoció las peleas, amó el boxeo y los amores mercenarios. Era guapo, desordenado, seductor, amante de las motos y de vivir al final de la escapada. Llegó al cine por casualidad y no tardó demasiado en convertirse en una estrella. Su vida amorosa está llena de conquistas. De amores públicos, de amantes secretas; de mujeres famosas, hijos, separaciones, encuentros y desencuentros. Cuando Romy murió, Alain confesó que ella representaba 24 años de su vida y su corazón. Ahora se acerca a los 70 años y sigue siendo un maduro seductor.

Romy Schneider nació en la Viena ocupada por los nazis, en septiembre de 1938, en una familia de famosos artistas de cine y teatro. Creció con la guerra en las calles y con la guerra de casa entre sus padres. Estudió en buenos internados; era una hermosa niña, aplicada y fotogénica. La pequeña Romy había heredado la capacidad de estar con naturalidad en un plató, en un teatro. A los 15 años se convirtió en una de las caras más conocidas del cine europeo. A los 17 ya era la imagen de una emperatriz que la hizo famosa en el mundo entero. Parecía condenada a ser Sissi, una dulce y romántica princesa. A los 18 años recién cumplidos se tropezó en el cine y en la vida con un joven actor, un principiante francés llamado Alain Delon. El azar se encarga de unir a los contrarios. Su amor transformó sus vidas.

El primer encuentro fue un desastre. Romy ?con su madre, Magda, como carabina? llegó al aeropuerto de Orly. Allí les esperaba el joven casi desconocido que sería su compañero en la película Christine, una versión de la obra de Arthur Schnitzler Liebelei. El joven Delon estaba a pie de la escalera. Romy miró con interés a aquel joven perfectamente vestido, con corbata incluida; bien peinado, guapo, muy serio y con un ramo de rosas rojas. Ella no hablaba francés, él no hablaba inglés. A ella le pareció un raro inquietante; a él, una adolescente guapa, cursi y con madre. No se entendieron. La carabina-madre de Romy tampoco quiso hacer nada para que aquellos dos hermosos jóvenes se comunicaran.

Los días siguientes fueron a peor. Él ya no era el joven formal y elegante del aeropuerto. Ahora era un joven salvaje. Voluble, desconfiado, despeinado, descamisado, impuntual y con algo de impenetrable. Un golfo guapo, algo tenebroso, tirando a mal educado y pensando siempre en sus escapadas en moto. Delon se movía en las antípodas del mundo que hasta entonces había rodeado a la joven vienesa. Las primeras semanas del rodaje no mejoraron las relaciones, los desencuentros eran casi insoportables. Estaba pasando algo, los dos jóvenes se odiaban demasiado.

Todo cambió en un tren camino a Bruselas. Los dos actores viajaron solos, debían acudir a una importante cita anual del mundo del espectáculo, el Baile del Cine en Bruselas. Por primera vez hablaron sin peleas. Ella había aprendido un poco de francés, él estaba seducido por la sonrisa de aquella niña bien. Tenía que rescatarla de la familia. Había que inocular un poco de rebeldía, un punto de fuga en aquel mundo de violetas imperiales y valses de salón. Bailaron una, dos, tres, muchas veces. Cada vez más juntos; cada baile más divertidos, más cómplices. La familia de la actriz se inquietaba desde la seria mesa de los alemanes en la fiesta. La niña se estaba pasando la noche al lado de los franceses. Sobre todo, al lado del guapo e informal Alain. Ella sintió que la rebelión le sentaba bien, que Delon era un peligro muy apetecible. Adiós, Sissi. Buenos días, Romy.

El rodaje se convirtió en otra cosa. El amor podía ser una cosa loca, pero era divertido. Al terminar la película, ella tenía que regresar a Colonia. Allí le esperaba su vida burguesa, tranquila, familiar, con sus paseos, sus cartas de admiradores de Sissi, sus autógrafos, sus estudios de nuevos papeles para la saga de la romántica emperatriz? Fue valiente, se imaginó su futuro y se dio cuenta de que quería decir adiós a todo eso. Ella prefería sus escapadas con Alain, sus fugas por las noches de París y su recién descubierto desorden amoroso. Le gustaba aquel ?joven inconveniente?, aquel ?ordinario?, en palabras de su familia. Esa misma noche reservó vuelo a París, llamó a Delon y le dijo: ?Alain, soy Romy. Estoy en París, en el aeropuerto, si quieres puedes venir a buscarme?. Nada pudo parar ya a los dos hermosos y libres enamorados. París era divertido, libre y nocturno. París era su fiesta. Nada pudieron hacer las llamadas de su madre, de su padrastro, de sus agentes. Romy había matado a la sumisa Sissi.

Eran la pareja de moda, la prensa los seguía, ellos no disimulaban sus amores libres. Eran los tiempos de la canción francesa, de no arrepentirse de nada, de no creer en el matrimonio. Después de l?amour l?aprés midi, de las noches y los amigos, estaban los trabajos y sus días. Las cosas iban mejor para Alain. Estaba en su terreno; era el conquistador, el chico de moda, el gran deseado. Ella era la traidora para los alemanes, la frívola que decidió ser francesa, la rebelde sin causa. Era lo contrario de una niña bien. Se había convertido en lo contrario de todo lo que había representado. No domina el francés y nadie la llama para trabajar. Y, evidentemente, no puede volver a Alemania. Delon trabaja, ella espera. Delon triunfa, ella espera. Se siente enamorada e insegura, feliz e inestable, acompañada, pero celosa. Es la vida elegida, el hombre deseado y la ciudad querida. No se puede quejar, no lo hace. Han pasado unos meses viviendo al margen, el arrebato amoroso se va domesticando, llegan los hábitos y los ritos.

Nunca se hubiera imaginado la nueva Romy que Alain dijera sí a la fiesta que su familia propuso para la prensa. Un encuentro para la galería; una reunión, con paparazzi incluidos, para hacer oficial su noviazgo. La convocatoria es en la villa Morcote, al lado de Lugano y por invitación de la familia Schneider. Es el 22 de marzo de 1959, y esa misma mañana la propia Romy desconfiaba de que su amante ?el rebelde, el antiburgués, el contrario a las tradiciones? quisiera prestarse a una fiesta pública de compromiso. Pero Alain se presentó. Encantador, bien vestido; amigable con su madre, con la prensa, con los fotógrafos. Ella, que dijo adiós a las convenciones, se ve una vez más en medio de convencionalismos. En las fotos de aquella fiesta se les ve felices, enamorados, pulidos y relajados. Sin embargo, algo se está transformando en ellos. Los dos han dejado esa tarde alguna parcela de su libertad.

La vida sigue; el amor se adapta, se acostumbra, y los celos no paran. Ahora es un hombre el centro de los celos de Romy, Luchino Visconti. El director italiano está encantado con Delon. Alain está fascinado por la cultura, la inteligencia y las formas del aristócrata de izquierdas, del director que le ha dado uno de sus grandes papeles en Rocco y sus hermanos. Es el actor de moda: el mismo año ha rodado A pleno sol, de Clément, y el bello Delon ha demostrado que, además de una estrella, se puede ser un buen actor. Romy ha pasado de ser una estrella a ser la joven novia de Delon. La pareja no vive sus mejores momentos.

Estamos en el año 1961. Delon sigue en la cumbre. Visconti no le quiere perder de vista y le ofrece ser protagonista de una obra de teatro de John Ford, Lástima que sea una puta. Hace falta una actriz. Delon quiere que se conozcan mejor él y Romy; sabe que su novia tiene que trabajar, tiene que terminar con sus fantasmas y su aislamiento. Romy nunca ha trabajado en el teatro, no le parece que su francés sea el adecuado para la actuación en directo. Pero entre los deseos de no defraudar a Alain y los razonamientos de ese otro seductor que era Visconti, la convencen para volver al trabajo. Acepta el reto. Se prepara minuciosamente, lucha contra su acento alemán, se sumerge en su personaje, y además consigue estar al lado de su enamorado. El morbo de la pareja protagonista, la dirección de Visconti, la obra de Ford, hacen que sea el estreno más esperado de la primavera parisiense de 1961. Todos querían ver al guapo Delon y a la hermosa Schneider, que estaba deseando dejar en el olvido definitivo su imagen de aristócrata bailando el vals. Entre el público se encontraban Ingrid Bergman, Anna Magnani, Jean Marais, Jean Cocteau, Curd J?ngers, Shirley MacLaine, Michelle Morgan, los críticos, los directores teatrales, actores, amigos, familia. Romy se jugaba mucho aquella noche. Ante sí misma, ante su enamorado, ante el tierno y duro Visconti ?al que tanto amaba ahora, después de haber sufrido su dureza como director? y ante los que no daban un duro por ella. Triunfó. Sedujo, la adoraron, por encima de Delon, de Visconti y de la propia obra. Aquella noche cambió su rumbo. Ya no era solamente la novia de Delon. La prensa se puso a sus pies, la crítica la elogió, todos alabaron su trabajo de actriz. Su tesón y su esfuerzo habían ganado la batalla.

La dulce vienesa había demostrado ser una actriz dramática. Cocteau le mandaba rosas y deseaba frecuentarla en las noches del París intelectual y divertido. Coco Chanel se hizo su amiga. Visconti se convirtió en su protector y confidente. Alain estaba orgulloso de su novia. Todo demasiado primaveral. No había drama. Trabajó con Visconti en el episodio de Boccaccio 70. Alain seguía triunfando. En aquellas fechas rodó El gatopardo, con Visconti, y El eclipse, con Antonioni. A ella empezaron a llamarla para el cine, para el teatro ?en el que, una vez más, demostró su capacidad con La Gaviota, de Chéjov?. Orson Welles la convenció para un pequeño gran papel en El Proceso. Las cosas habían cambiado.

Profesionalmente estaban en su mejor momento, pero en su vida privada algo había cambiado. Ya no eran la inocente y el insumiso, la liberada y el tentador. La pasión de aquella pareja que enamoró al mundo ya no era la que fue. Algo comenzó a romperse entre ellos, sobre todo en Alain. Aparentemente todo seguía igual, pero el amor ya no era aquella fuga divertida de casi todo, de casi todos. Después de que Otto Preminger se quedara encantado con la actuación y la belleza de Romy en El Cardenal, Hollywood empezó a tentar a la actriz: querían hacer de ella una estrella. Ahora se sentía más segura. Podía crecer en el cine internacional, ser estrella sin dejar de ser actriz. Aunque lo que más deseaba era mantener su pareja, a pesar de los viajes, las distancias, los rumores. A pesar de las bajadas de la pasión. Sí, ella, la mujer enamorada, la novia, la mujer de uno de los hombres más atractivos del cine, todavía creía en los cuentos románticos, todavía pensaba que los finales felices son posibles.

Habían vivido el amor como una huida. Escapados de casi todos, atrapados por su propia juventud, había algo inestable en ellos, en esa pareja que ya era conocida como los eternos novios. Ella seguía fiel, enamorada, atrapada al hombre que cambió su destino; él había comenzado en secreto sus escapadas. Ella estaba en Hollywood, él paseaba por París con una joven llamada Nathalie. Ella, en Beverly Hills; él, en la Costa Azul. Ella, trabajando con el casto Jack Lemmon y con el duro Edward G. Robinson en Préstame tu marido, en Los Angeles; él, en Madrid, sin disimular ya su historia con Nathalie Barthelemy. Estaban en la capital española para rodar El tulipán negro. Me recuerda el ayudante de dirección, Roberto Bodegas, que cuando fue a buscar a la pareja Delon y Nathalie a Barajas le parecieron hermanos. Vestidos informalmente, sin prejuicios, simpáticos, guapos y felices. Como una pareja en viaje de novios, como unos amantes en vacaciones. Bodegas les preguntó si querían discreción, huir de fotógrafos, ocultarse? No tenían problemas. Lo suyo ya era público. Estaba claro para todo el mundo, menos para la enamorada Romy, que seguía haciendo películas y dinero en Hollywood. Hasta allí llegaron las fotos madrileñas de Delon con su nueva acompañante. Ella no quería ver la realidad. No se imaginaba su vida sin Alain. Hablaron por teléfono. El valiente Delon se comportó como un cobarde, como un burlador de las evidencias. Negó todo, aseguró que eran montajes, exageraciones. Ella quería creer y creyó. Tenía fe, estaba ciega; entre los celos y el amor no le dejaban ver la realidad. Además, Delon se presentó de visita en Hollywood. Seguramente pensaba contarle la verdad de su historia de amor con Nathalie. No pudo. La muchacha sonriente, la celosa Romy, había recobrado la alegría, la ilusión del amor, cuando su novio se presentó en Beverly Hills.

Pasaron el fin de año de 1963 en Roma. Delon disimuló, negó una vez más su nuevo enamoramiento. No era fácil contar la verdad, enfrentarse con aquella mujer enamorada, tan fuerte y tan débil, tan segura de su futuro juntos. El invierno romano sería el último viaje de aquella pareja que había seducido al mundo. El último viaje de los eternos novios. Ella volvió a Hollywood, él volvió a Nathalie.

El amor empezó a golpes y terminó de un puñetazo. Al volver ella a California, él hizo públicas y oficiales sus relaciones con Nathalie. Cuando ella leyó aquello volvió a dar la espalda a la realidad, pensó que otra vez eran los mismos renacidos rumores. Alain se lo había desmentido. Aquello que decían las revistas no podía ser cierto. Alain no contestaba a sus llamadas ??estaría fuera!?, no respondía las cartas ??estaría muy ocupado!?. Todo menos aceptar esa sensación de abandono, de desamor. Recordaba la soledad que había sentido cuando su padre se separó de su madre, cuando desapareció de su vida. Pero el de ahora era un dolor diferente. Un dolor del corazón y de todo el cuerpo. No, su cabeza rechazaba lo evidente. La duda, los celos llenaban sus días de estrellato americano. Llamó su agente, y también el agente de Alain, Georges Baumes; le pide explicaciones. No se las quiso o no se las pudo dar. Pretende hablar con Alain y se niega a pasar la llamada. Romy no puede disimular más. Se siente frágil, engañada, sola. El dolor no es nuevo. Pero el abandono del desamor, sí. No puede soportarlo.

Vuelve a París, a la casa donde la pareja ha sido feliz, a su hogar de la avenida Messine. Todavía tiene alguna débil esperanza. Al entrar siente un vacío, pero se anima cuando sus ojos tropiezan con un ramo de flores. Otra vez rosas rojas, como el día que se conocieron; es posible que todo haya sido una aventura, una pequeña escapada por la lejanía. Las rosas tienen que ser un mensaje de Alain. Hay un pequeño sobre. Dentro, una carta, apenas unas letras. Unas palabras estúpidas, frívolas, vacías. Unas cuantas palabras para explicar lo inexplicable: ?Estoy en México con Nathalie. Mil cosas. Alain?. Todo se había terminado. No era posible. No entendía nada. No había mayor violencia que ese adiós sin mirarse. Sin palabras. Unas letras que no quería entender, que no quería aceptar. Estaba perdida, enajenada, acobardada y sola. Era verdad, aquella canción tenía razón. No hay amores felices.

Pasó meses sufriendo. Silenciosa, como muerta. De repente, nada tenía sentido. Se sentía fracasada, sin salida. Había roto las amarras con su familia, con su país; ahora era una mujer sola, una mujer joven que no sabía qué hacer. No hacer nada. No pensar. Sentir el fracaso, el dolor de vivir. Tampoco podía odiar. Y menos, odiar a su gran amor. Estaba sola y en una casa vacía. Ese fue el primero de otros muchos días de sufrimiento en una de las mujeres más hermosas del cine. Muchas veces pensó que lo importante era amar. Amó más veces, perdonó siempre.

Unos años después, también en Madrid, volvió el amor para Romy. Estaba rodando con Jules Dassin Diez y media de la noche, en verano. Al lado de Melina Mercury, que era la coprotagonista y mujer del director. Madrid no le traía buenos recuerdos, pero ya tenía la voluntad de olvidar, de renacer, de divertirse. Poco antes había tenido una aventura con Serge Reggiani. Un poco después del gran dolor, del renacido dolor que sintió cuando Alain y Nathalie tuvieron a su primer hijo, Anthony. Ahora se encontraba en España, con amigos, con trabajo, con ganas de olvidar y con el corazón un poco más abierto. Esperaba la visita de un director de escena alemán, de un hombre interesante, intelectual, casado y enamorado a primera vista de Romy, Harry Meyen. Se vieron en Madrid. Comenzó la ilusión de otro amor. Romy ayudó económicamente a Harry para su divorcio, se casaron, tuvieron un hijo, David. Otra vez el sueño de la felicidad era posible. Su hijo se convirtió en el gran amor de su vida. El amor que todo lo sustituye. El que la justificaba de otros abandonos, de otros desamores.

Un día, años después, recibe una llamada de Alain. Le propone rodar juntos una película. Un filme que sería importante en sus carreras, La piscina. Una película que seguimos asociando a una pareja que ya no lo era. Una película que tiene, más allá de escasos méritos cinematográficos, la carga erótica que tuvieron esos dos grandes mitos europeos. Entonces, la película era, sobre todo, los amantes reencontrados y todo el morbo de esa carnalidad de los todavía jóvenes que habían vivido una gran historia de amor y desamor. Es posible que volvieran a ser amantes en los tiempos del rodaje, pero lo que es seguro es que a partir de La piscina fueron grandes amigos hasta la muerte de la actriz.

El matrimonio de Romy fracasa, pero el cariño de David todo lo tapa? Casi todo. Romy se volvió a casar con su secretario, Daniel Biasani, y tuvo a su hija Sarah. Fue razonablemente feliz y dramáticamente desgraciada. En su madurez hizo algunas de sus mejores películas, La muerte en directo y la inolvidable Lo importante es amar. Otra vez se separó, tuvo amores, Jacques Dutronc entre otros. Nada de lo que pasaba era capaz de tapar algo trágico que crecía alrededor de esta mujer hermosa y desdichada. Se suicidó el padre de David, Harry, su primer marido. David, su hijo, su amor, tuvo una de las muertes más trágicas que se puedan imaginar. Aquel día comenzó la primera y fatal muerte de Romy Schneider. Apenas 10 meses después, el 29 de mayo de 1982, después de una temporada en el infierno acompañada de drogas y alcohol, después de haber intentado olvidar lo inolvidable, de rodar su última película, La passante du Sans-Souci, Romy, fatigada de la vida, incapaz de seguir sufriendo, dice adiós para siempre. Antes ha dado un beso a su hija, que dormía. Después, en la soledad de su habitación, en su cama, en compañía de una botella de vino y una caja de barbitúricos, descansa de sus amores y sus desgracias.

El primero que acudió a su casa fue su eterno novio, Alain Delon. No quiso estar en el entierro. Todavía hoy dice que Romy fue el amor de su vida. Su mejor sonrisa.

Fecha: 20-11-2008
Hits: 145


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