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Categoría Testimonios - Grandes historias de amor

Los amores desgraciados de un gorrión




Menuda, metro y medio de voz desgarradora, Edith Piaf, a la que el marketing de la época bautizó como el gorrión de París, fue la viva expresión de la infelicidad. Una infancia marginal y una madurez llena de desencantos llevaron a la intérprete de ?La vie en rose? a lanzarse en brazos del amor. La devoradora de hombres fue a la vez consumida por pasiones inalcanzables. Por sus brazos pasaron desde el actor Yves Montand hasta cantantes como Charles Aznavour o George Moustaki.

Manuel Leguineche. Derechos exclusivos de El País

Ya viene?. Un fotógrafo de guardia dio la voz de alerta en Orly, el aeropuerto de París. Los chicos de la prensa se movilizaron al instante para recoger la llegada y la despedida de Marcel Cerdán, el boxeador español de Casablanca, de 33 años, bajito, sonriente y puntual. 119 combates, 74 ganados por nocáut, 45 por puntos, desde el título europeo hasta la corona mundial de los pesos medios.

En cuestión de pocos minutos Marcel volaría hacia Nueva York, donde le esperaba su amante Edith Piaf y el Madison Square Garden, donde se enfrentará a Jack la Motta, 2 de diciembre de 1949, para reconquistar el título de los medios. La Motta, apodado El Toro, se lo había arrebatado seis meses antes en Detroit tras un percance que obligó a Cerdán al abandono.

La carrera del boxeador francés, gloriosa entre 1945 y 1948, alcanzó su cénit en el combate ante Tony Zale: en el Roosevelt Stadium de Jersey el David francés, así lo interpretaban los diarios locales, derrotó por nocáut al Goliat norteamericano. Al día siguiente, los periódicos estadounidenses mostraban a Zale contra las cuerdas, devastado, con los brazos colgando y la mirada perdida sobre los focos, batido al filo del duodécimo asalto.

Al regreso triunfal, miles de parisienses, con el general De Gaulle al frente, esperaban al campeón en Orly. Luego recorrieron los bulevares de París y pasaron bajo el Arco del Triunfo. En marzo de 1949 Cerdán batió a Dick Turpin en Londres.

Los flashes crepitaban aquella noche, camino de la revancha, en el aeropuerto de París, las 20.00 horas del 27 de octubre. ?Sonríe, Marcel?; ?ponte aquí, Marcel?; ?haz como que boxeas, Marcel?; ?una más, Marcel?. Y Marcel, siempre cordial, ingenuote y sencillo, un provinciano en París, sonreía, se movía de acá para allá, hacía como que boxeaba lanzando sus puños al aire. Un radiocronista retransmitía la despedida en directo: ?Como siempre, Marcel va vestido con un traje azul oscuro. Es el color de los exorcismos, el de la suerte, de su suerte, el color fetiche que siempre lleva cuando viaja en avión. El que salva al dios del ring, al pied noir de todos los peligros?.

La última foto es con la violinista Ginette Neveu, quien viaja en el mismo vuelo. Cerdán: ?El título que tan estúpidamente perdí lo voy a recuperar con todas mis fuerzas. Adiós y hasta la vuelta?.

Edith Piaf, la ?Mome?, la pequeña, el gorrión, la voz que emociona a París, a Nueva York, le llama a Marcel a su lado. El amor fou, prohibido, abrasador y trágico. La fuerza del destino. Edith y Marcel se conocieron una noche de 1946 en el Club des Cinc, el cabaret de moda en Montmartre. Ella estaba ya en los altares del culto popular. ?No sabemos si canta bien o mal?, escribía un crítico. ?Edith Piaf está por encima de todo eso?. Nacida en la calle con la ayuda de dos gendarmes, abandonada a los dos meses, crecida en la acera y en el burdel de su abuela en Normandía; madre del arroyo de un bebé, Marcelle, que falleció a los dos años de meningitis.

Los amores de Piaf son tan desgraciados como su vida. De esas experiencias se nutre. ?Es algo más que la intérprete de un universo doloroso y romántico. Es el testimonio, la voz de la infelicidad. Es la primera cantante popular de nuestro tiempo?, señala Grimault, su biógrafo.

Aquella noche en el club, Edith y Marcel se dieron la mano, intercambiaron las típicas frases rituales. Después, la explosión del romance. Los dos, la main dans la main, se lanzarían juntos a la conquista de América. Una relación imposible, porque el boxeador tenía mujer, la paciente Marinette, y tres hijos. Durante dos años hubieron de fingir, disimular, y mentir.

Cerdán ?los franceses olvidan el acento en la a? domina en los cuadriláteros de Estados Unidos. Piaf cuelga durante 21 semanas el cartel de ?No hay entradas? en el mejor cabaret de Nueva York, el Versalles. Con su negro vestido ajustado al cuerpo, su escaso metro y medio de estatura, sus 45 kilogramos de peso, frágil, estilizada y enjuta, interpretaba su canción favorita, La vie en rose.

Edith Giovanna Gassion, hija de una cantante italoargelina de cafetines y tabernas y de un acróbata ambulante, desprendía una fuerza magnética tanto cuando cantaba sus amores muertos o vivía sus amores locos. ?Su vida?, titulaban los tabloides de Nueva York, ?nunca ha sido del color de rosa?. Su vie en rose fue antes y después una novela negra.

Edith, flor de adoquín, era maternal y posesiva, generosa, tiránica, tierna, demoníaca. De pequeña cantaba en los figones vestida de harapos: ?Nació como un gorrión, / vivió como un gorrión, / murió como un gorrión, ooooooh?. Si sigues así quebrarás tu voz en las calles, le había advertido Louis Leplée, el dueño del cabaret Gerny?s que la contrata. ?Serás la mome (la pequeña) Piaf. Es un nombre que se te parece?, decidió el patrón, que fue asesinado en circunstancias misteriosas. Edith, tan próxima a los bajos fondos, fue interrogada por la policía.

Se movía por Dios, por el amor y el dinero que luego le robaban a manos llenas los canallas que la rodearon. Se lamía las heridas de la infancia, cantaba para olvidar que era fea.

Sabía que los hombres caían rendidos a su pies cuando se elevaba sobre el escenario y rompía a cantar. Pasaba de un hombre a otro hasta que los devoraba. Raymond Asso, su primer compositor que se fue a la guerra; Paul Meurisse, declarado inútil para el servicio militar, mezcla de Rodolfo Valentino y Buster Keaton; Henri Contet, un pianista polaco; docenas y docenas de jóvenes chaperos con los que creía huir de la soledad; una interminable lista de amores, incluidos Yves Montand, el toscano marsellés que la admiró sin límites, o Théo Sarapo. ?Para mí, el amor?, dirá Piaf sin disimulo, ?era la bronca, mentiras gordas y muchas palmadas?.

Los alemanes estaban aún en París cuando Montand llegó desde Marsella, donde ha trabajado como estibador en el puerto, exultante de admiración por Fred Astaire. ?Americanadas?, le insulta Edith Piaf en el Moulin Rouge. ?Así, copiando, no vas a ninguna parte?.

El gorrión examina las manos del cantante y actor: ?Son manos de obrero. Son unas manos que vienen del pueblo y es necesario que el pueblo lo sepa?. Son dos almas gemelas, marcadas por la ambición, el coraje, la obstinación. Yves Montand trabaja con Marcel Carné y comparte el escenario con la Mome. Edith no lo soporta, su joven amante le arrebata el éxito, los aplausos. ?Me vi obligada a cargar con mi cruz todas las noches?. Hasta que Montand recibió el portazo en las narices. Piaf era así, desmesurada, despótica e inesperada. El futuro marido de Simone Signoret y amante de Marilyn Monroe rompió a llorar como un niño abandonado.

Su sucesor fue uno de los Compagnons de la Chanson, Jean-Claude Jaubert. ?Su público?, escribe la novelista Monique Lange, ?se sentirá feliz al saber que ama a nueve hombres al mismo tiempo?. Después de la Liberación de París, tiempo en el que acogió a sus padres, se llevó a los Compañeros de la Canción a América. Triunfan con Las tres campanas. En Los Ángeles los actores y actrices de Hollywood que tanto admiraba, Henry Fonda, Orson Welles, Charles Boyer, Judy Garland, Bette Davis, Marlene Dietrich, Dorothy Lamour, corrieron a aplaudir al grupo. Piaf y Dietrich se cayeron bien desde el primer momento, hasta el punto que su amistad duraría toda la vida, hasta la muerte de la cantante francesa.

Fue Marcel Cerdán el que telefoneó a Edith para invitarla a cenar en uno de los mejores restaurantes de Nueva York. ?Por qué no? se dijo Piaf, un boxeador, un hombre que nada tenía, por fin, que ver con su profesión. Los dos eran ídolos de América. Los aplaudían a la entrada y a la salida del Versalles, en pie de igualdad, los dos, surgidos de la nada, del trottoir de París o Casablanca, tocando el cielo con los dedos. Por una vez, la Pigmalion no tenía por qué ayudar a un cantante en sus comienzos, como Ives, como Gilbert Becaud y tantos otros.

¿Qué vio Edith Piaf en Marcel Cerdán? La fuerza tranquila, la sencillez, la naturalidad, la bondad, la espontaneidad. Hablaba con las manos y sonreía mucho, tan inculto, tan gentil.

En su hotel de Nueva York, mientras Cerdán leía cómics de Tarzán y Búfalo Bill, ella hacía punto. ?El mejor momento del día es cuando le baño, como un niño?, reconocía la cantante; ?cuando le enjabono, cuando le lavo la cabeza, le acaricio el pelo?. ?Con Marcel?, confesó a Jean Noli, ?encontré mi equilibrio?. Era un tipo bueno, honrado, siempre de buen humor que estallaba en frecuentes carcajadas. Nunca fanfarroneaba en la calle. Tenía una paciencia china con todos los que le abordaban para pedirle un autógrafo. El boxeador le enseñó algo a su tonadillera, a respetar a la gente: ?Son ellos?, dice, ?los que nos han hecho famosos?. El gorrión de París temía a las masas.

Marcel se deja llevar, querer. A cambio, una vez más en su tarea de redención, obliga al pobre Marcel a leer algo más que cómics; por ejemplo, La ciudadela, de Cronin, que le gustó, o L?immoraliste, de André Gide.

?Este Gide ?preguntó a Michel Elmer, que escribió más de 30 canciones para Edith? ¿no será un poco pédé?

Por primera vez el preparador del campeón, Lucien Roupp, sintió que se le escapaba de las manos y no le gustaba nada. ¿Qué hacer en pleno idilio, en un amor de adolescentes, cuando caminaban por Nueva York abrazados, cuando subían a los carruseles de Coney Island, cuando no se alejaban un segundo el uno del otro? Nada de accesos de cólera, de escenas, de disputas, de reproches o rupturas. La fierecilla domada y el púgil feliz.

Luego, la separación pasajera. Marcel vuelve a Casablanca, todavía Marruecos francés, con Marinette y sus hijos, a los que quería con locura. Edith responde con ira y celos. ?Es un amor que nunca he tomado en serio?, declara. Pero le escribe unas cartas detrás de otras. Como no se fía del servicio de Correos hace que una amiga íntima viaje como el correo del zar hasta Casablanca para hacer entrega de las cartas que Cerdán responde por el mismo conducto. France Dimanche aparece con un titular explosivo: ?Piaf hace desgraciado a Cerdán?. Es el melodrama completo.

Marcel consulta su reloj-brazalete de oro macizo con las manecillas adelantadas 10 minutos. Es la hora. El avión de Air France, un Constellation, despegaría puntualmente. ?Será mi ultimo combate, cariño?, dice a Marinette. ?Quiero retirarme del boxeo con el título mundial bajo el brazo. Tenemos dinero suficiente para vivir con holgura. No es necesario que pongas la radio: ganaré seguro?. Edith le telefoneó desde Nueva York: ?Coge el primer avión. Te necesito?.

El Constellation con 48 pasajeros a bordo se perdió en la noche. A partir de las 2 horas 50, cinco minutos antes del aterrizaje en las Azores, en Santa María, se perdió la pista del avión de Air France. A primera hora de la mañana el lapidario comunicado: ?El avión en el que viajaba Marcel Cerdán se he estrellado contra el pico Algaratia, al noreste de la isla portuguesa de San Miguel. No hay supervivientes?.

En Casablanca, en París, en todos lados la gente, incrédula y llorosa, arrebata los periódicos de los quioscos. Desde la ?isla maldita? de las Azores telegrafía el periodista Georges Peters: ?Me he echado a llorar ante el pasaporte de Cerdán. Nunca olvidaré las fotografías manchadas de barro del campeón y las partituras que la violinista Ginette Neveu no interpretaría jamás. Y después el reloj de Marcel, el único objeto de valor que hemos encontrado y que permitió identificar a Cerdán?.

El boxeador murió, según su reloj, 10 minutos antes. Edith, con la máscara sobre los ojos, preguntó a su ama de llaves: ?¿Por qué Marcel no ha venido a despertarme? ¿Qué hora es??. Era la una menos cuarto de la tarde. Empujó la puerta de su habitación: ?¿por qué te escondes, Marcel??. De pronto se echó a aullar más que a llorar.

Para Edith Piaf la desaparición de Cerdán, de la que se siente culpable porque le ha pedido que adelante el viaje, es un golpe devastador. Las desdichas que canta se transforman en realidad. Tras la muerte de Marcel es la locura. Le quedaban 14 años de vida. ?Catorce años?, señala Monique Lange en Histoire de Piaf, ?que devoraría como había devorado su infancia, 14 años que iba a descuartizar como había descuartizado su infancia, que iba a destruir como la vida la había destruido?. Los delirios que la conducían hacia la vida, la conducían ahora a la muerte.

Al día siguiente, Piaf subió a escena en llanto y lágrimas. Se desmayó en la cuarta canción del recital Himno al amor dedicado a Cerdán. Después acudió a una iglesia para encender velas ante la efigie de santa Teresa de Lisieux, su ángel guardián, que, como en un cuento de Maupassant, la había salvado de la ceguera cuando era una niña. Marcel era más escéptico en estas materias de fe, pero ella, siempre mandona, le obligaba a poner cirios a los pies de santa Teresita para que lo tomara también bajo su protección.

Cuando el France Dimanche le pidió a una diva en la ruina que escribiera su biografía a un millón de francos antiguos por artículo en una serie de ?confesiones? que aumentarían la tirada del semanario en 300.000 ejemplares, pidió a Jean Noli, que era su negro: ?Dígale a su patrón que no quiero cobrar un solo céntimo del artículo dedicado a Marcel Cerdán?. Tampoco quiso recibir un solo franco de la canción dedicada a su héroe muerto, de la que escribió la letra:

?Cuando un hombre viene hacia mí
Yo voy siempre hacia él
Voy hacia no sé qué,
Marcho hacia la noche?.

Le llega a Edith Piaf la hora ?de los amores diabólicos y casi siempre penosos?. Le esperan los accidentes, los sobresaltos, la droga, la enfermedad, los tranquilizantes, la autodestrucción. Se arrastra, perdido el centro de gravedad. Se encapricha de Charles Aznavour, al que maltrata al principio. Con todo, el cantante armenio será de los pocos que la ayudarán hasta el final. Entre ellos sólo hubo amistad. ?Me gustas?, le susurraba al oído la Mome, ?porque muerdes en las palabras?. Y Charles le hacía reír.

Luego le tocará el turno a un norteamericano un tanto desgalichado, Eddie Constantine, al que paga la mitad del contrato en la opereta La petite Lili. Al cabo de sus tormentosos amores, Eddie volverá al lado de su mujer y su hija.

En el catálogo de las pasiones, a Edith le falta un ciclista. Se llama André Pousse. La cantante vende su casa de campo y le compra un coche. Su amor dura lo que el primer depósito de gasolina. Se cansa de él y lo tira a la basura como si fuera un kleenex. El estilo Piaf. Es el período de los corredores ciclistas porque a André le sucede Toto Gerardin, otro as de la serpiente multicolor. La esposa de Toto contrata un detective privado que recupera en el nido de amor de la pareja varios trofeos de metales preciosos, un abrigo de visón y 18 lingotes de oro.

Es el descenso a la alucinación del alcohol mezclado con la droga. Va a sufrir dos accidentes de tráfico cuando viaja en coche con Charles Aznavour. Necesita morfina, se engancha a ella. La Pequeña Caperucita Roja sufre, pero ensaya, canta con alguna costilla rota y el brazo en cabestrillo. Devora la vida a dentelladas.

En medio de la desesperación, en el horizonte mental de la ?viuda de Cerdán? aparece el tul ilusión, el espejismo, la fantasía virginal, la sublimación: algo que no ha conocido, una boda por todo lo alto. Se casará con Jacques Pills, cantante y compositor, en septiembre de 1952 en Nueva York, con Marlene Dietrich como testigo en una iglesia a la que Piaf acudía todos los días para rezar durante media hora por el alma de Marcel Cerdán. En la fotografía de la ceremonia vemos a una Piaf drogada con un vestido azul pálido con un ramo de rosas a la altura del corazón; el novio, alto, moreno y sonriente que toma su brazo; Marlene al otro lado, de negro y con un valioso collar de perlas en torno al cuello.

El viaje de luna de miel lo harán en taxis que les llevan de cabaret en cabaret. El cantante Jacques Pills es un débil de carácter. Un hombre bueno, alcohólico y algo despistado al que no tardará en devorar. ?Lo que le divierte a Piaf, rival de todas las mujeres, es que Pills (Ducos era su verdadero nombre)?, apunta Lange, ?ha estado casado con Lucienne Boyer, que cantaba Parle-moi d?amour cuando Edith empezaba su carrera?. Piaf se encierra en sesiones de cine continuas para hacer creer a Pills que está con otro. Le encanta que la pegue al regreso al hogar.

Entra en escena Georges Moustaki, que escribió para ella una de sus mejores canciones, Milord. Moustaki, bueno y generoso, es un macho griego que no se deja dominar. Por añadidura, Piaf no le gusta ni como mujer ni como cantante. Le da pena. Tampoco soporta sus comedias y su entorno de falsos amigos que le suministran alcohol y toda clase de drogas, de modo que la abandona tras un nuevo accidente de coche en un hospital norteamericano. Edith llora de rabia. Su orgullo no soporta el desaire. Para consolarse se unirá a un pintor norteamericano, con el que, en plena gira, dará espectáculos desgarradores. Se pelean, se quieren, se odian, se distancian, se acercan. ?Es una mujer infernal?, dirá el joven pintor Doug Davies, que al cabo de unos meses la dejará a su suerte sin despedirse. La última pelea fue a golpes de caballete.

En octubre de 1959 la operan de pancreatitis. El diagnóstico del doctor deja lugar a pocas dudas: ?Esta mujer está psicológicamente muerta desde hace años?.

Las inyecciones de morfina la ayudaban a seguir de pie, a cantar. Y de pronto, ya moribunda, el pequeño clown dislocado recibe la oferta de una canción de un joven compositor Charles Dumont. Es Je ne regrette rien. De nuevo el sonido, la caracola del éxito. El teatro Olympia, 29 de diciembre de 1960. Media hora de ovaciones. Más tarde Edith se viene abajo, se desmaya en público, se atiborra de píldoras, olvida la letra de sus canciones. Es tan desesperada la situación que Charles Dumont la invita a reposar en una estación de esquí, lejos de los focos, de los truhanes que la rodean. Charles, no sabes lo que has hecho. Demasiado para la Mome que nació el 19 de diciembre de 1915 junto al número 72 de la calle de Belleville. ¿Quién es Charles para interrumpir su carrera, para humillarla de esa forma, en pleno triunfo? Dumont sale de escena. Adiós para siempre, adiós.

Ha llegado la hora del griego Théo Sarapo. Claude Figus, su secretario, que la ama desde los 13 años, que suspira por ella, que cocinaba para ella huevos fritos sobre la misma llama del arco del Triunfo, se lo pone en bandeja. Théo Lambukas, de 27 años, el tímido, el inocente, es el encargado de resucitarla. Piaf le cambia el nombre; en adelante se llamará Sarapo, que en griego significa ?te quiero?. Le compra un tren eléctrico al guapo muchacho de ojos oscuros, con sus últimas energías le enseña a cantar.

Hasta el último momento ella le pidió que renunciara al matrimonio: ?Ya lo ves, Théo, soy una mujer acabada?.

Se casaron en París, en la iglesia griega de la calle Bizet, el 9 de octubre de 1962. La gente se apiñaba junto a las verjas del Ayuntamiento para gritar: ?Viva la pequeña novia de Francia?, o también: ?Gigolo?, ?sinverg?enza?, ?aprovechado?.

?Aunque mi padre (peluquero de un barrio parisién) se oponga, me casaré con ella. Edith es 20 años mayor que yo, pero la quiero, es como una niña?, manifestó el joven griego. Y ya en el colmo del delirio: ?Si Edith quiere, tendremos hijos?. Hasta en las tragedias de Shakespeare asoma un punto de bufonería.

El ?horizonte azaroso? de Borges. Esta vez el viaje de bodas fue a una clínica de desintoxicación. Le quedan un millón y medio de glóbulos rojos. Con un pie en la tumba se lleva a Théo a una suntuosa residencia en Cap Ferrat. Piaf, siempre autoritaria, caprichosa, no le deja bañarse en la piscina. Teme que se ahogue ante sus ojos. También se cansará de él. Cruel destino el de Sarapo: a la muerte de Edith Piaf deberá pagar sus deudas y morirá, otra vez el destino, siete años después en un accidente de automóvil.

Edith Piaf, ?esa ama de casa que brillaba sobre las tinieblas del pueblo? en frase de Audiberti, no ceja en sus excesos. Tan sólo cuando canta dejaba de sufrir. Es el viaje al fondo de la noche. Se niega a dormir (?el sueño?, dirá, ?esa pequeña muerte?). Es la Señora del Amor, la Señora de los Masoquistas, la Señora de los Homosexuales. Nunca cantó los placeres vulgares sin drama, la maternidad o los amores apacibles. Con su cohorte de aduladores y parásitos recorrerá las calles, los bares, los clubes nocturnos hasta que asoma el día. A los que, agotados, no pueden seguirla, los tacha de cobardes, de desagradecidos. ?Sólo moriré cuando deje de cantar?, afirma sostenida por el alcohol y los estupefacientes.

Le quedaba la experiencia del misticismo, del espiritismo, condenada hasta por las videntes a las que acude con la esperanza de recibir un soplo de esperanza. Creía en la reencarnación y se hizo de los Rosacruces, la orden de origen alemán que aúna ciertas concepciones religiosas orientales con otras derivadas del cristianismo.

Vivió dos vidas, dijo un amigo suyo. No murió a los 47 años, sino a los 94. Su vida se extinguió el 11 de octubre de 1963 a las 13 horas 10 en una aldea cercana a Cannes. ¿Fue el cáncer, una úlcera, una hemorragia, un fracaso renal, una oclusión intestinal, un coma hepático o un compromiso clínico entre esos y otros males? Cuando el médico le recetaba 40 unidades de una medicina, Piaf tragaba 400 unidades. En plena operación de estómago se le antojaba una chuleta a la pimienta. Se las arreglaba con sobornos, como fuera, para tener lo que pedía. Fue una gran derrochadora que dejaba a su paso por calles, iglesias, figones, estudios de grabación, teatros, un reguero de propinas. ?Si Dios ha permitido que gane tanto dinero?, aseguraba, ?es porque sabe que lo regalo?.

Se sabe que, cubierta de deudas ?el regreso a la miseria original?, ella, que despilfarró una fortuna, escuchaba sus discos y que no dejaba de llorar. Théo, vestido de negro como siempre, solitario y taciturno, acarició sus manos deformadas por los reumatismos en el último viaje en ambulancia hasta el cementerio de P?re-Lachaise. ?Habrá mucha gente en mi entierro?, había vaticinado. Así fue. Los diarios, siempre hiperbólicos, compararon el funeral, más de 50.000 personas siguieron el duelo, con el del egipcio Nasser. La gente, miles de pañuelos sobre las mejillas y ojos, cantaba a coro Mon légionnaire. Aquel legionario de ojos muy claros, sobre el que pasaban de vez en cuando los relámpagos, como sobre el cielo pasa la tormenta. Delgada como un pajarillo, el espectro, la sombra en las sombras, un bulto escuchimizado, murió a los 47 años, el mismo día que su amigo el poeta Jean Cocteau, que había escrito para ella Le bel indifférent, el monólogo de una mujer abandonada. ?Es un genio inimitable?, escribió Cocteau de ella, ?una estrella que se apaga en la soledad del cielo nocturno de Francia. La estrella que contemplan las parejas abrazadas que todavía saben amar, sufrir y morir?.

Edith Piaf robó unas cuantas columnas necrológicas a Cocteau. Todo les separó en vida: la edad, la cuna, el ambiente en el que vivieron, la naturaleza de sus sufrimientos. Les unió la muerte. Jean Cocteau, como Orfeo, amaba los espejos, ?porque se ve en ellos a la muerte en el trabajo?. Un Cocteau agonizante dirigió un mensaje a Piaf: ?Te envío un abrazo, porque tú eres una de esas siete u ocho personas en las que pienso con ternura cada día?.

?Descansa en paz?, se leía en la corona de Maurice Chevalier, ?grande, valiente y pequeña Piaf?. ?Rien de rien, je ne regrette rien??. En efecto, nunca se arrepintió de nada.

Fecha: 23-07-2008
Hits: 189


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