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Sharon Tate era una belleza clásica, joven, rubia y dulce, con una reputación de mujer buena y fiel. Todo lo contrario de Roman Polanski, el director de ?Repulsión?, un vividor que cambiaba de pareja como de camisa. Contra todo pronóstico, se casaron, y cuando estaba a punto de nacer su primer hijo, el demoníaco Charles Manson segó la vida del ángel rubio.
Carlos Ruiz Zafón.
Hacía días que perseguía su fantasma. Sobre mi escritorio descansaba uno de los retratos que Walter Chapell tomó en 1964 de una starlette por entonces desconocida, Sharon Tate. Esas fotos, 32 años después del asesinato más espeluznante en la historia de la capital mundial de los asesinatos espeluznantes, iban a ser expuestas este otoño en una sala de Los Angeles. Más que un documento, esas imágenes fueron una profecía. Al terminar la sesión, el fotógrafo le confesó a la joven actriz que había tenido la premonición de que ésta iba a tener una muerte violenta. Contemplando la fotografía me pregunté qué es lo que vio Chapell en aquella mirada.
Pasaba la medianoche cuando decidí coger el coche para emprender mi propio peregrinaje fantasmagórico. A esas horas, el tráfico en Sunset Boulevard era ya escaso y no quedaba rastro de los vendedores ambulantes que durante el día ofrecen a los turistas mapas con indicaciones para llegar al escenario del horror. Al llegar a Benedict Canyon torcí a la derecha. La angosta carretera se elevaba rumbo a las colinas de Bel-Air. La luna sangraba sobre las palmeras. No circulaba ni un alma. Quizá debería haber venido a la luz del día, pensé. Rondando la hora bruja, este cañón serrado entre Bel-Air y Beverly Hills empezaba a parecerme una Disneylandia del infierno. Pero no me hubiera servido de nada. Los Angeles es una criatura nocturna. De día se oculta en un espejismo de autopistas y ruinas de cartón piedra. La verdadera ciudad sólo sale de noche, hambrienta. Si quieres verle los colmillos hay que esperar a que se ponga el sol.
Al llegar al desvío de Cielo Drive giré a la izquierda y me adentré en el túnel de sombras que serpenteaba hasta la cima. Al poco, la silueta de un caserón de opereta se recortó en la espesura. Apagué el motor y salí a la penumbra plateada. La alfombra infinita de luces de Los Angeles se extendía al pie de la colina. Me acerqué lentamente al escenario de la tragedia, o a lo que quedaba de él. La casa maldita fue derribada en 1994. En su lugar se alza ahora un palacete de 12 millones de dólares que nunca ha sido habitado y que probablemente nunca lo será. Nadie quiere vivir en este lugar. Los agentes de la propiedad inmobiliaria lo evitan como a la peste. Incluso 32 años después, basta un simple paseo junto al jardín en la tiniebla nocturna de Los Angeles para comprender por qué.
Fue en aquella oscuridad reveladora donde me pareció que las piezas de informes policiales y forenses, crónicas sociales y alucinaciones mass media que tejen el romance gótico del idilio de Roman Polanski y Sharon Tate empezaban a encajar. Su macabro cuento de hadas no era más que la historia más vieja del lugar. Una historia que, al igual que las fábulas de celuloide con que envenena los sueños del resto del mundo, se repite una y otra vez en sesión continua. Cambian los nombres y los decorados, pero la esencia es
Roman Polanski nació en París el año que Adolf Hitler ascendía al poder. Su padre era un judío polaco aspirante a pintor que había emigrado a la Ciudad de la Luz en busca de fortuna y gloria. Lo que encontró fue una esposa, otra emigrada de origen ruso que dio a luz a Raymond (más tarde apodado Roman, porque no había equivalente polaco para su nombre afrancesado) y con la que regresó a una Cracovia que ya empezaba a ser la boca del lobo de un holocausto nazi en ciernes. La infancia de Roman pronto se torció en una pesadilla enmarcada por los túneles del gueto de Cracovia y el exterminio sistemático de la mayoría de sus familiares, amigos y conocidos. Roman consiguió sobrevivir al genocidio de milagro, pero arrastraría de por vida un alma cicatrizada por la tragedia y la pérdida. De aquellos años conservó una suerte de anestesia emocional que con el tiempo muchos tomarían por perversidad.
La salvación al horror de la memoria le sorprendió en las quimeras de celuloide que languidecían en los viejos cines de Cracovia. El poder de aquellas historias hechas de luz y poco más se apoderó de su imaginación. Poco después, en las cenizas de la posguerra y calzando el uniforme de boy-scout, Roman se inicia como actor ?y luego factótum? en las seriales que daban las emisoras de radio del nuevo orden comunista. Armado de esa determinación indestructible que sólo poseen los que se han criado en la desesperación, el joven Roman consiguió ingresar en la escuela de cine de Lodz, donde, por primera vez, tuvo acceso a lo que Orson Welles había bautizado como el mayor juguete del universo y donde sedujo a una belleza de porcelana llamada Barbara Lass, que habría de convertirse en su primera esposa. Pronto quedó claro que la burocracia comunista no era el mejor caldo de cultivo para sus ambiciones, y Roman regresó a su ciudad natal. Fue en París, y más tarde en Londres, donde realmente se forjó el cineasta y el personaje llamado Roman Polanski.
En París, su frágil matrimonio con Barbara se hizo trizas, dejando a Roman a la deriva de romances estrictamente terrenales y cambiando de pareja como de camisa. Ya por entonces demostraba una libido, o una desesperación por vivir, inversamente proporcional a su estatura. Amén de iniciarse como aprendiz de playboy y enfant terrible a orillas del Sena, Polanski entró en contacto con la industria del cine europeo y conoció a Gérard Brach, guionista francés dotado de un talento y una talla paralelos a los suyos. Su relación estaba destinada a convertirse en la más estable de su vida, un romance intelectual del que nacerían algunas de sus mejores películas. Cada vez más afianzado en la madeja cinematográfica, Polanski firmó con William Morris Agency y se catapultó al panorama internacional con títulos como Cuchillo en el agua y Repulsión, donde consiguió hacer en 90 minutos con una etérea Catherine Deneuve lo que Hitchcock no pudo consumar en dos décadas de heroínas rubias y glaciales. De París pasó al Londres sicodélico de los ?60. Para muchos, aquélla era una Babilonia tramada de LSD, terciopelo púrpura y guateques apocalípticos; para Polanski era un paraíso hecho a medida.
Los horrores claustrofóbicos de ?Repulsión?, y especialmente su éxito de taquilla, ha-bían colocado a Polanski en la esfera de visibilidad de Hollywood. Polanski y Brach empezaban a planear su proyecto más ambicioso hasta la fecha: una lujosa (y potencialmente costosa) parodia del género de vampiros que titulaban The fearless vampire killers (El baile de los vampiros). Los nosferatu no tardaron en saltar a la pista de baile. En 1966, un productor hollywoodiense llamado Martin Ransohoff viajó a Londres, donde, en el transcurso de una de las múltiples fiestas en los night-clubs a-la-mode con las que Polanski puntuaba sus noches, le acorraló para preguntarle si estaría interesado en hacer una película para su compañía, Filmways. Polanski aspiró el fragante perfume a dólares (de los que necesitaba unos siete millones de la época para levantar su sátira vampírica) y decidió hincar el colmillo hasta la médula. Ransohoff accedió a cofinanciar el proyecto con una condición: que Polanski utilizara como protagonista a una joven modelo que el productor llevaba un par de años preparando para el estrellato y que le había acompañado en su viaje. Esa misma noche, Ransohoff le presentó a la joven promesa. La muchacha, una belleza clásica, tenía un deje angelical y puro, de anuncio de jabón. Se llamaba Sharon Tate.
Fue un caso clásico de antipatía a primera vista. Sharon, 10 años más joven que Polanski, contempló a aquel hombrecillo de maneras abrasivas y arrogantes y sospechó que no iban a hacer buenas migas. No podían ser más diferentes. Sharon Tate era la hija mayor de un coronel del Ejército americano. Había crecido saltando de base en base, soñando con un futuro estrellato y conquistando títulos de belleza en concursos locales. Martin Ransohoff la había descubierto por casualidad en un casting para una serie televisiva, y, en honor a las leyendas de cenicientas hollywoodienses, prometió hacer de ella una estrella. En una industria donde la honestidad y la integridad son taras mortales de necesidad, Sharon Tate tenía reputación de persona decente, fiel y bondadosa. Las malas lenguas tenían poco o nada que decir de ella. De Polanski, sin embargo, componían polifonías a cuatro voces. Ella era considerada mujer de un solo hombre. En comparación con los hábitos de apareamiento de Polanski, por otro lado, la vida amorosa de los conejos rivalizaba con la de los monjes cartujos. Cupido tenía una misión imposible.
La frialdad del primer roce se desvaneció una vez que empezaron a trabajar juntos. Ya por entonces, los detractores del cineasta habían amasado una verdadera enciclopedia de bajezas con las que glosar su persona, pero lo cierto es que, una vez Polanski se ponía manos a la obra, una vez escapaba de la realidad y se transmutaba a su universo de ficción, el diminuto y odioso villano se transformaba en un gigante. En el plató, Polanski renacía y se encarnaba en un hombre cuya inteligencia, tacto, imaginación y control hacían olvidar a su alter ego. Este Roman, el Roman que tejía los sueños de luz en la pantalla, es el que Sharon Tate descubrió en los meses que duró el rodaje de El baile de los vampiros. Polanski, que también intervenía como actor en la película, interpretando el papel del amante del personaje de su heroína, pronto vio su estatus argumental convalidado en la realidad. Durante la producción, Sharon se mudó a la casa de Eaton Place que Roman tenía en el deseable barrio londinense de Belgravia. Polanski se declaraba enamorado como un colegial y afirmaba sin sonrojo que Sharon era la primera mujer que le había hecho feliz. El ángel había salvado el alma del pequeño diablillo. O eso parecía. Polanski, se decía, había conseguido ser fiel a su nueva pareja durante las seis primeras semanas de su vida en común. A decir de los expertos, todo un récord.
El baile de los vampiros? resultó un desastre de taquilla y de crítica en Estados Unidos, pero para entonces Polanski ya tenía tendido su puente a la conquista de Hollywood. En aquellos días se acababa de publicar la novela de Ira Levin titulada Rosemary?s baby (La semilla del diablo), de la que Paramount había adquirido los derechos de adaptación al cine. Robert Evans, jefe de producción del estudio, ofreció a Polanski la dirección de la película. Polanski estaba refinando sus dones sociales y consiguió que Paramount le dejase, además, escribir el guión de la película y que le garantizase el control total sobre el montaje final. Al término del rodaje, durante las navidades de 1967, Roman y Sharon decidieron que iban a contraer matrimonio. Los malpensantes, que cuando se trataba de Polanski siempre eran mayoría, opinaban que Roman accedía a la unión por la culpabilidad que sentía fruto de sus continuas escapadas a espaldas de Sharon. Ella, a su entender, se lanzaba al altar convencida de que aquél era el único modo de meter a Roman en cintura. Un mes más tarde se celebraba la boda en Londres, un affaire cuyas estampas parecerían escapadas de la portada del Sargent Pepper?s de los Beatles. La ceremonia fue un circo sicodélico con cientos de invitados y un diseño de vestuario prestado del Carnaby Street más carnavalesco. Un buen aperitivo para la California que les esperaba a su retorno a Hollywood.
Contemplando el Hollywood de hoy día, una distopía yuppy-corporativa que tiene más en común con Wall Street que con el espejismo de su llamada era dorada, es difícil situarse en el contexto de lo que esta tierra de Nunca Jamás era a finales de los ?60. Una buena muestra del percal que corría nos la brinda un personaje que muy pronto desempeñaría un papel secundario en nuestra historia. Antes de conocer a Polanski, Sharon Tate contaba en su currículo con un novio emblemático de los tiempos. Jay Sebring era un personaje que pululaba en los círculos del Hollywood sicodélico y desplegaba múltiples talentos: peluquero de estrellas rutilantes, académico de la erótica sado y proveedor de alucinógenos y sustancias controladas para ídolos de la pantalla con problemas de sincronía con la realidad. Sebring pasó el relevo sentimental a Roman sin acritud ni recelo. Es más, se convirtió en uno de los mejores amigos de la pareja a su regreso a Los Angeles y en un guía experto en los entresijos de la corte. El viejo adagio de sexo, drogas y rock and roll hoy día nos suena a chiste, pero en el Hollywood de 1968 era el catecismo. La sicodelia hippie, el sexo coral y la química intravenoso-recreativa experimentaban su máximo apogeo.
El tremendo éxito comercial de ?La semilla del diablo? había catapultado a Roman y Sharon a las más altas esferas del laberinto social de este país de las maravillas. Centurias de nuevos amigos, aduladores y proveedores de cuanto los sentidos puedan apetecer brotaban por doquier. Su nueva posición les había convertido en los anfitriones de moda. Roman y Sharon decidieron mudarse a una suntuosa casa situada en lo alto de una colina entre Beverly Hills y Bel-Air, al borde de Benedict Canyon. Con sus vistas espectaculares sobre Los Angeles, la residencia del 10050 de Cielo Drive sería el escenario perfecto para la interminable sucesión de fiestas que Polanski y su esposa organizaban, y en las que personajes como Kirk Douglas, Warren Beatty, Steve McQueen, James Coburn, Yul Brynner, Peter Sellers, Mia Farrow, Jane Fonda, Lee Marvin y muchos otros eran habituales.
Amén del abanico de obligadas celebridades, la congregación contaba también con el peluquero estelar Jay Sebring y con un turbio personaje llamado Wojtek Frykowski. Antiguo compañero de Polanski en la escuela de cine de Lodz, Frykowski había vivido a la sombra de Roman en París y Londres, y ahora en Los Angeles, a la espera de abrirse camino en el mundo del cine. Mientras la gloria esperaba, Frykowski se había convertido en proveedor exclusivo de drogas para el hogar de los Polanski (junto con Sebring) y había conquistado el corazón de la heredera del imperio cafetero Folgers, Abigail.
Antes de que Roman y Sharon se mudasen (con un alquiler de 3.000 dólares mensuales), la casa había sido el hogar de Terry Melcher ?un empresario discográfico hijo de Doris Day? y su novia, la actriz Candice Bergen. Fue la bella Candice la que había engalanado la verja de la casa con luces de Navidad para guiar por la noche a sus amigos hasta lo alto de la empinada colina. Cuando Roman y Sharon se instalaron en la casa decidieron dejar las luces como reclamo.
La nueva vida en el estrellato había disparado los ya de por sí volátiles instintos de Roman. Las posibilidades que Los Angeles le ofrecía hacían que Londres o París pareciesen escuelas parroquiales. Sus noches se perdían en los muchos recovecos de Sunset Boulevard mientras Sharon esperaba en casa. Una vez más, creyendo que el compromiso era lo único que podía salvar su unión, Sharon había decidido que tener un hijo era el pasaporte a una estabilidad resbaladiza. Una vez más, envenenado de culpabilidad e incapaz de ver que, cuanto más atrapado se sentía, con más ferocidad trataba de huir, Roman accedió. El año 1969 se estrenó con la noticia del embarazo de Sharon y de aquella nueva mansión entre Hollywood y el cielo. Pero mientras el frágil cuento de hadas seguía su rumbo a través del oscuro océano de la ciudad de los ángeles caídos, otro buque había iniciado ya una trayectoria de colisión a la sombra de sus esplendores. No era tanto una cuestión de qué, sino de cuándo.
En el país occidental con el mayor porcentaje de población entre rejas (la industria carcelaria norteamericana es un negocio boyante que cotiza con éxito en el índice Dow Jones), el preso que recibe más correo ?cerca de 1.500 cartas de fans por año? es un hombre de 67 años que en su juventud aspiró a ídolo rockero y al que hoy algunas páginas en internet identifican como la reencarnación de Jesucristo. Su nombre es Charles Manson.
Manson era lo que los siquiatras llaman un sociópata congénito y, no menos relevante para esta historia, lo que los hollywooditas llaman un wannabe, un miembro de esa masa ingente e invisible de frustrados, soñadores y fracasados que malvive en el purgatorio de Los Angeles sin esperanza razonable de penetrar ese telón de acero de la industria del espectáculo por falta de contactos, talento, suerte o malicia. La ciudad, y la industria, viene nutriéndose de ellos y escupiendo sus huesos y sus vidas sin miramientos desde que Los Ángeles empezó a crecer encima de lo que en otra era geológica fuera el mayor lago de alquitrán del planeta Tierra, y al que animales de todas las especies acudían tomándolo por un oasis para luego quedar atrapados y fosilizados para siempre en los pozos de brea. Han pasado miles de años, pero el truco sigue siendo más o menos el mismo. Los tigres de diente de sable, los primeros wannabes, tienen hoy un museo erigido en su honor. Sus herederos humanos sencillamente se pudren en el anonimato, en el olvido y, sobre todo, en el resentimiento.
El año en que Roman y Sharon se casaron, Manson acababa de salir de cumplir una condena de casi siete años por el último de sus crímenes trapaceros. En la cárcel, ese Harvard inagotable del criminal, Manson descubrió el rock sicodélico y drogata que era el himno de los tiempos. Armado de una barba rasputinesca y una guitarra de ídolo juvenil, Charles Manson irrumpió en el barrio de Haight-Ashbury en San Francisco, por entonces la meca de la cultura alucinógena. Merced a su generosidad con el ácido y a una mística a medio camino entre Lucy in the sky with diamonds y la cienciología, Manson empezó a reclutar un ejército de quinceañeras escapadas de casa, futuras beatas de este mesías de la era pop.
Tarde o temprano, el meteorito Manson tenía que aterrizar en Los Angeles, su hábitat natural. Llegó aquí con sueños de convertirse en estrella del rock and roll y se instaló con su convento de seguidoras en un antiguo decorado para rodajes de serie B en las colinas del extremo norte de la ciudad, del que haría su santuario. Las actividades del día incluían alucinaciones religiosas, brujería, acrobacia sexual, tráfico de drogas, rituales sangrientos y el arte de la paranoia. Su carisma infernal le granjeó contactos con figuras como Frank Zappa, el beach boy Dennis Wilson y un empresario discográfico llamado Terry Melcher. Melcher, un personaje del ámbito social hollywoodiense, era hijo de Doris Day y vivía con su novia, Candice Bergen, en el 10050 de Cielo Drive. Melcher llegó a conseguir a Manson una audición con una compañía discográfica. El resultado fue tan desastroso que Melcher perdió su interés y se lo quitó de encima más o menos diplomáticamente.
Meses más tarde, Manson se presentó en la casa de Cielo Drive para implorar a Melcher que le concediese otra oportunidad. Esta vez, el niño bien de Hollywood lo echó de allí con cajas destempladas y le mostró su desprecio sin ambages. Manson, por si alguna vez había tenido dudas al respecto, comprobó que no era uno del club y que nunca lo sería. Melcher y sus amigos lo olvidaron rápidamente, convencidos de que los 15 minutos de falsas esperanzas de Manson habían llegado a su fin. Por supuesto, apenas habían empezado.
Aquélla no fue la última visita de Manson a la mansión de Cielo Drive. Durante el verano de 1969, Charles Manson se personó por tercera vez en la casa de la colina. Para entonces, Terry Melcher ya estaba separado de la bella Candice, y la casa de Cielo Drive había sido alquilada por Roman y Sharon. Aquel día, Polanski no estaba allí, pero sí estaba Sharon, con su antiguo novio Jay Sebring y algunos amigos. El mesías Manson fue rechazado por tercera vez. Las cartas estaban echadas.
El hijo de Roman y Sharon debía nacer a finales de agosto de 1969. Durante aquel verano, ardiente e infernal como sólo los estíos malditos de Los Angeles saben serlo, Roman Polanski estaba en Londres ocupado con los preparativos de varios proyectos. Pese a la distancia, insistía en que Sharon estuviese en Los Angeles porque quería que su hijo naciese en Estados Unidos. Quienes mejor le conocían sospechaban que en realidad se ocultaba de Sharon, de las responsabilidades del matrimonio, de la paternidad, del peor de su terrores: el compromiso. Sharon no cesaba de presionarle para que regresara a su lado. Roman decía siempre que sí, que era cuestión de unos días más. Pasaron días y semanas. Roman seguía en Londres. En Los Angeles, las temperaturas seguían escalando. El 8 de agosto de 1969, Sharon le puso un ultimátum: Roman debía regresar antes de su cumpleaños, para el que faltaban 10 días. Roman le prometió que allí estaría. Aquella fue su última conversación.
Veinticuatro horas más tarde, el coche que traía la muerte se detenía a las puertas del 10050 de Cielo Drive. Pasaba la medianoche y el aire aún ardía, después de uno de los días más calurosos que recordaba la ciudad. Cuatro figuras cruzaron el jardín y rodearon la casa. Una de ellas, el único hombre, portaba una bayoneta en la mano. Su nombre era Charlie Watson, pero en la secta de Manson se le conocía como Tex. Las instrucciones que había recibido del mesías eran claras: visitar la casa de Melcher y sus amigos y asegurarse de que todos iniciasen el viaje al otro mundo del modo más cruento y expeditivo posible. Tex fue el primero en penetrar en la mansión. Su tropa de apoyo, tres esclavas de Manson con el cerebro y la conciencia lavados en el narcisismo del fanatismo pop-religioso, le siguieron.
Sharon Tate estaba en su dormitorio en compañía de su antiguo novio y amigo de la familia, Jay Sebring. En un dormitorio de invitados, Abigail Folger, la heredera del imperio cafetero, leía tranquilamente. En el comedor se encontraba dormitando su pareja, el antiguo colega de los viejos tiempos de Roman, Wojtek Frykowski, con el que se acababa de pelear por asuntos de dinero y drogas. Cuando Frykowski abrió los ojos se encontró un revólver apuntándole a la cara. Tex procedió a anunciarle que había venido a cumplir las órdenes del diablo. Mientras Tex mantenía a Frykowski a punta de pistola, las tres mansonettes, blandiendo cuchillos, fueron a buscar a los demás a sus dormitorios y los congregaron en el comedor. Tex les ordenó que se tendiesen boca abajo en el suelo. Cuando Jay Sebring protestó y le dijo que estaba loco, que Sharon Tate estaba embarazada de nueve meses y no podía tenderse boca abajo, el discípulo favorito de Manson le pegó un tiro en la espalda. La sangre apenas había empezado a correr.
En su declaración ante el gran jurado tras su detención, Susan Atkins, una de las tres discípulas de Manson participantes en la matanza, ofrece un documento escalofriante que recoge con todo lujo de detalles las atrocidades que siguieron a aquel primer disparo. El siguiente turno correspondió a Frykowski, que tras forcejear con los atacantes fue acuchillado y acribillado a balazos mientras se arrastraba desesperadamente hacia el jardín vomitando sangre. Su novia, Abigail Folger, no tardó en seguirle. La bayoneta de Tex y los cuchillos de sus condiscípulas acabaron con su vida cuando trataba de ganar el patio posterior de la casa. A Sharon la dejaron para el final. De poco sirvieron sus súplicas para con la vida del hijo que llevaba en el vientre. Las fotografías policiales de su cuerpo tras el paso de los cuchillos, para quien sienta la tentación de la ciencia forense u otras tentaciones más inconfesables, están a disposición del astuto navegante en internet.
Antes de abandonar el escenario del crimen, los cuatro matarifes despachados por Manson para ejecutar sus ansias de venganza recordaron las instrucciones del líder. Había que dejar un mensaje. Cuando la policía llegó al día siguiente encontró la palabra pigs (cerdos) sobre la puerta principal de la mansión escrita con la sangre de la única mujer que había hecho feliz a Roman Polanski. Sharon Tate tenía 26 años.
La tumba de Sharon y del hijo que jamás llegó a sostener en sus brazos, Paul Richard Polanski, languidece en el cementerio de Holy Cross, en el distrito de Culver City. Hace ya más de 20 años que Roman no puede, por ley, visitarla. En 1978 se escapó a París una vez más, en esta ocasión huyendo de la justicia californiana y de una extravagante intriga en torno a unos cargos de abuso de menores. Quizá huía de algo más, ese algo indefinible que aún puede olfatearse si uno se aventura a ascender la colina de Cielo Drive pasada la medianoche.
Cinco años después de la tragedia, Roman realizaba la que sería su última fábula americana, Chinatown, quizá la película que mejor ha sabido plasmar ese perfume a maldición, a fin del mundo, que transpira Los Angeles. Según contaba Jack Nicholson, el cineasta le pidió al autor del guión, Robert Towne, que incorporase algunos cambios. Todos ellos añadían pinceladas sangrientas y trágicas a la historia, porque, según Roman, ?Los Angeles es el lugar donde siempre corre la sangre?.
En la primera versión de Towne, el personaje de Faye Dunaway no moría, y la película finalizaba, siguiendo los clásicos imperativos de Hollywood, con cierto final feliz e impostado, un final para vender palomitas. Roman insistió una y otra vez para que lo cambiase. La heroína debía morir. Debía morir víctima de aquella red de hombres corruptos, codiciosos y crueles. No había lugar para la inocencia ni la redención en aquella ciudad. ?Tenía razón?, diría años más tarde Towne. La matanza de Cielo Drive no fue la primera ni la última en su género. Cada varios años, Los Angeles alumbra una nueva tragedia al uso. Desde el caso de la Dalia Negra en los años ?40 hasta el reciente circo de los (O.J.) Simpson. La víctima, siempre una mujer joven, riega con su sangre esa turbia red de monstruos poderosos, de rencores y codicias, que forma la piel de la metrópoli.
Aquella noche, al dejar atrás para siempre las sombras de Cielo Drive y perderme colina abajo de regreso a la ciudad de los ángeles caídos, se me ocurrió pensar que la historia que había unido a Roman y Sharon 30 años atrás, aquel grotesco baile de vampiros, seguía viva y que tarde o temprano volvería a enseñar los colmillos.
Fecha: 13-10-2008
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