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La rubia y el bruto
Marilyn Monroe y Joe DiMaggio se separaron tras una pelea brutal. El jugador de béisbol no pudo soportar que las piernas desnudas de su mujer enloquecieran a todos los hombres de la época. Diez meses duró un matrimonio marcado por los celos, la posesión y la competencia. El nunca la olvidó. Durante 20 años envió tres rosas rojas por semana a su tumba.
Santiago Segurola.
A Joe DiMaggio le pareció que aquel tipo tenía más suerte de la que merecía. Gus Zernial, se llamaba. Guapo, joven, un bateador que comenzaba a ganarse el pan en el béisbol. No era un zoquete, pero de ninguna manera daba la talla para aparecer en las fotos con ella, con la nueva chica de América: Marilyn Monroe. En asuntos de competencia con el bate y con las rubias, Joe DiMaggio no admitía comparaciones. Hacía seis meses que se había retirado de las canchas, pero a los ojos de la gente era un inmortal del béisbol. En sus 15 temporadas con los Yankees de Nueva York había ganado 10 campeonatos, y no resultaba descabellado pensar que esa maravillosa racha se debía a aquel bateador de San Francisco, el mesías que llegó desde la otra costa para ocupar el trono que había dejado vacante Babe Ruth. Durante todos aquellos años se había convertido en un icono popular, una celebridad que sólo encontraba adulación por donde iba. Si luego DiMaggio era un hombre seco, huraño, desconfiado, con un punto misógino, poco importaba a la gente. La gente veía lo que quería ver: al héroe americano. Y este héroe se preguntaba en la primavera del año 1952 qué demonios hacía Marilyn con el tal Zernial.
DiMaggio movió sus hilos, contactó con un agente que tenía acceso a Marilyn y propuso una cita en Los Ángeles. ¿Qué tal en el Villa Nova de Sunset Strip? Siempre se sentía como en casa en los restaurantes italianos. El as del béisbol nunca esperaba a nadie, pero aquella tarde se quedó dos horas por Marilyn, que carecía por completo del sentido de la puntualidad. Quizá se retrasó aquel día porque no le apetecía citarse con el típico deportista famoso, ?ya sabes, uno de esos que van por ahí con ropas chillonas, grandes músculos y corbatas rosas?. DiMaggio no pertenecía a esa especie, desde luego. Se vestía con caros y discretos trajes oscuros, camisas blancas y corbatas impecables: el más elegante entre los jugadores. Él cuidaba su imagen tanto como su porcentaje de bateo. De joven pasaba horas ante el espejo, peinándose y repeinándose en el vestuario de los Yankees, ante el desánimo de los periodistas, por los cuales sentía un profundo desprecio.
?Cuando llegué, me encontré con un caballero retraído, vestido con un traje gris, corbata gris y una pizca de gris en su cabello?, dijo más tarde Marilyn. Aunque no tenía idea alguna de béisbol, nunca le faltó ojo para hacerse publicidad. No lo sabía, pero aquella era publicidad de la buena: nada menos que Joe DiMaggio. Lo entendió al instante. Por primera vez en mucho tiempo había alguien en aquella mesa a quien prestaban más atención que a ella. Mickey Rooney se acercó exaltado para saludar al hombre de gris y preguntarle por su hazañas, y Marilyn pensó que Rooney no era una groupie para correr entusiasmado detrás de un tipo cualquiera.
No resultó casual que la noticia de la cena fuera revelada inmediatamente por Syd Skolski, el periodista de confianza de Marilyn. Skolski firmaba con éxito una columna de cotilleos en el New York Post, pero su papel no se limitaba a oficiar de ventilador de los secretos de los famosos. Influyente y astuto, comprendía perfectamente la naturaleza del negocio del cine y sabía muy bien el rédito que reportaría a Marilyn su incipiente romance con DiMaggio, mucho más cuando la estrella atravesaba por problemas que comprometían su fulgurante carrera. Uno estaba relacionado con ciertas fotografías que habían hecho furor entre camioneros y soldados. Tres años antes, Marilyn había cobrado US$50 por posar desnuda para el fotógrafo Tom Kelley, que retrató a la joven pin up sobre un fieltro rojo, sin ninguna esperanza de pasar a la historia. Pero las cosas se habían disparado, y Marilyn ya no era la desconocida debutante que había sido despedida de dos estudios de Hollywood, ni la rubia que despertaba más interés entre los productores por su fama de desinhibida que por sus dotes de actriz. Ahora, en la primavera del ?52, Marilyn se disponía a ocupar el puesto de Jean Harlow, la rubia platino que había hecho época en los años ?30, y, bueno, esas fotografías no la ayudaban mucho en unos tiempos marcados por el código Hays de censura y el movimiento ultraconservador propiciado por el senador McCarthy. ¿Qué vieron Skolski y Marilyn Monroe en Joe DiMaggio? Vieron al hombre que procuraba respeto y protección instantánea por su rango de as del deporte. No podía ser tan malo aparecer desnuda en unas fotografías si un católico redomado como DiMaggio pasaba por alto ese detalle.
Competir con DiMaggio era difícil en todos los aspectos, hasta para Darryl Zanuck, el capitoste del estudio Twenty Century Fox. Zanuck siempre había mostrado sus reservas hacia Marilyn, a la que consideraba poco más que un fogonazo de rubia, material combustible que tendría sus 15 minutos de fama y luego se evaporaría. No sabía que, debajo de su frívolo barniz, Marilyn escondía un carácter extremadamente tenaz y un feeling animal frente a las cámaras. Definitivamente era una bomba. Antes de que los realizadores y los grandes patrones de Hollywood observaran esa cualidad, los espectadores ya lo habían proclamado abiertamente. La gente quería a Marilyn y exigía su presencia en los repartos. Ninguna estrella de la Fox recibía tantas cartas de admiradores como ella, a pesar de que todavía no lograba ascender en los títulos de crédito. Zanuck tuvo que capitular ante la evidencia y la colocó como protagonista en Niágara y en Los caballeros las prefieren rubias, pero Marilyn quería más. No sólo exigía un nuevo contrato, sino que reclamaba un control estricto sobre numerosos asuntos cruciales de las películas. Y había una, Pink thights, que Zanuck quería rodar ante la decidida oposición de su nueva estrella. Y allí estaba DiMaggio para ofrecerle consejo. En asuntos de dinero Joe era un fenómeno. Desde muy joven las había tenido difíciles con los Yankees por los dichosos contratos: él no jugaba por la fama, ni por el reconocimiento de la gente, ni por el placer de usar un don singular para el béisbol. No, jugaba por dinero. Por eso solía enfadarse con la profusión de portadas de Marilyn. ?¿Dónde está el dinero??, la increpaba DiMaggio. ?Es publicidad, Joe?, contestaba ella. ?El dinero es mucho mejor?, zanjaba él.
Zanuck suspendió de empleo y sueldo a Marilyn durante dos meses, en medio de una batalla que se resolvió aproximadamente cuando se conoció el matrimonio de la Monroe con DiMaggio. El 14 de enero de 1954, el juez Charlie Peery les casó en una de las salas del Ayuntamiento de San Francisco. Él tenía 39 años; ella, 27, pero en el registro declaró dos menos, el famoso margen de error que Zsa Zsa Gabor considera honorable en una mujer. DiMaggio había preparado una ceremonia íntima que fue reventada por la presencia de numerosos fotógrafos y reporteros a la puerta del Ayuntamiento. Una hora antes de la boda, Marilyn llamó a Harry Brand, jefe del departamento de publicidad de la Fox, y le anticipó la noticia. Joe entendía de dinero, pero ella sabía lo que significaba un golpe publicitario. Aquella misma tarde, la Twenty Century Fox felicitó públicamente a la pareja y revocó la sanción de Marilyn Monroe, que se enteró de la noticia en un motel de Paso Robles, donde DiMaggio pagó seis dólares y medio por una habitación con cama doble y televisión. Era el segundo matrimonio de ambos. En 1939, Joe DiMaggio se casó con Dorothy Arnold ??la tercera por la izquierda en la fila de coristas del Caesars Palace de Nueva York?, les dijo a sus amigos cuando la conoció? y comenzó un período turbulento que desembocó seis años después en un divorcio requerido por ella. ?Prefiere estar con sus amigotes que conmigo?. Los amigotes se reunían invariablemente en el restaurante de Toots Shor, un hombre que hizo profesión de su amistad con el campeón del béisbol. ?A veces creo que mi marido está más casado con DiMaggio que conmigo?, dijo un día su mujer. Shor era uno de los cabecillas de un reducido grupo de personas que tenían como misión en este mundo cuidar, proteger y adular a Joe DiMaggio.
El primer matrimonio de Marilyn también fracasó de entrada. Apenas cumplidos los 16 años se casó con Jim Dougherty, pero la relación se fue muy pronto a pique. Desde entonces, casi todas sus relaciones estuvieron protagonizadas por hombres mayores, de carácter fuerte, con éxito en sus oficios, hombres capaces de protegerla en el sentido profesional y también en el afectivo. Durante toda su vida buscó la figura paterna que le faltó en la infancia. Hija de padre desconocido, Marilyn Monroe asumió mal esa carencia, determinante en su carácter inestable. DiMaggio pertenecía de alguna manera al arquetipo que buscó hasta su muerte: un hombre de prestigio, bastante mayor que ella, con una autoridad que emanaba de su excelencia profesional. DiMaggio en el deporte; Arthur Miller en las letras; John Kennedy en la política.
También encontró en su nuevo marido el sesgo de su origen: el octavo de los nueve hijos de Giusseppe Zio Pepe DiMaggio y Rosalía Mercurio, dos emigrantes que habían llegado a principios de siglo a California, primero al pueblo costero de Martínez, luego al barrio de pescadores de San Francisco, procedentes de Isola della Femmine, un islote situado a 15 kilómetros de Palermo. Joe jamás abandonó los códigos propios de la Sicilia profunda. Era profundamente conservador, desconfiado, sectario y pragmático. Su visión del matrimonio pasaba por una esposa obediente, hogareña, ajena a las tribulaciones de los hombres. Dichas expectativas chocaron frontalmente con la realidad en su primer matrimonio, y de manera más categórica en el segundo, que comenzó con un glorioso momento en la carrera de Marilyn.
Joe y Marilyn viajaron a Japón en luna de miel, debido a los compromisos de DiMaggio como una especie de embajador volante del béisbol. Los japoneses adoraban el béisbol, pero un millón de soldados destinados en Corea prefería a Marilyn. DiMaggio aceptó de mala gana ?por primera vez vio que Marilyn era más famosa que él? que su esposa partiera a una breve gira por las bases militares en Corea. Miles de soldados esperaban al helicóptero de la rubia más famosa de Hollywood, que llegó vestida con ropas militares. Diez minutos después, en un escenario azotado por un frío boreal, Marilyn apareció con unos tacones de aguja y un etéreo y muy sugerente vestido de seda púrpura que levantó rápidamente la moral de la tropa. Nunca había cantado en directo, pero jamás se sintió tan confortable como ese día glacial frente a 100.000 soldados. Ella, tan sensible a los ataques de pánico, al miedo a la cámara, sintió allí el poder que ejercía sobre los hombres. Con el leve acompañamiento de un piano, ofreció una memorable interpretación de Los diamantes son el mejor amigo de una chica, preludio de lo que estuvo a punto de convertirse en un motín. Cuando Marilyn comenzó a desgranar sensualmente el Do it again (Hazlo otra vez), de Gershwin, el alboroto estuvo a punto de desbordar las medidas de seguridad. ¿Y cómo no?
?Oooohhh, hazlo otra vez.
?Puedo decir: no, no, no, no.
?Pero hazlo otra vez.
?Oooohhh, nadie está cerca.
?Puedo gritar: oh, oh, ohhh.
?Pero nadie lo oirá.
?Hasta los copos de nieve estaban calientes?, escribió el escritor y guionista Ben Hecht en sus memorias. Ella se despidió entre rugidos con un ?nunca olvidaré mi luna de miel con la 45? División?. DiMaggio tampoco lo olvidó. Cuando abandonaron Tokio, Marilyn llevaba su mano vendada. Dicen que aquel día sufrió las consecuencias del ataque de ira y celos de su marido. Aunque fascinado por la belleza y el efecto que producía Marilyn Monroe en los hombres, a Joe le sacaba de quicio el ambiente de Hollywood y la obsesión de su mujer por establecerse en la cima del cine. No estaba dispuesta a renunciar a su imparable carrera por cuidar de un hombre que dedicaba más tiempo a ver la televisión que a cortejarla. ?Señoría, mi marido pasa por momentos en los que no me dirige la palabra en cinco o seis días, y a veces hasta más tiempo. Yo esperaba un matrimonio de amor, cálido y afectuoso. Pero la relación fue casi siempre de indiferencia y frío?, declaró al juez en su demanda de divorcio. Eso ocurrió en octubre, apenas 10 meses después de la boda, y sólo unos días después del incidente que consagró la ruptura.
Amediados de septiembre de 1954, Marilyn Monroe viajó a Nueva York para rodar una escena publicitaria de La tentación vive arriba, dirigida por Billy Wilder. Su llegada a Nueva York provocó tal terremoto que un encargado de publicidad de los estudios Fox no dudó en afirmar ?que los rusos podrían haber invadido Manhattan y nadie se hubiera dado cuenta?. La idea era filmar una escena de Marilyn encima de una las rejillas de ventilación del metro de Nueva York. Poco importaba que las tomas reales se efectuaran en un estudio de Hollywood, el caso era atraer a los chicos de la prensa y a cualquiera que se pasara por Lexington Avenue, a la altura de la 52, frente al teatro Trans Lux. Uno de los que acudió fue Joe DiMaggio. Lo hizo de mala gana, por complacer al famoso periodista Walter Winchell, que se imaginaba el escándalo. Con un vestido blanco ceñido por la cintura y de amplio vuelo, Marilyn se colocó encima de la rejilla del metro con la intención de aliviarse el calor. Debajo, un ventilador comenzó a disparar chorros de aire que generosamente levantaban las faldas de la actriz. La conmoción se apoderó de todos los presentes. Escupieron los flashes de los fotógrafos, entre el jaleo de los espectadores, uno de los cuales gritó bien alto: ??Eh, yo pensaba que era rubia natural!?. Billy Wilder miró hacia DiMaggio. ?Vi el rostro de la muerte?. Esa noche se escuchó una pelea de campeonato en la undécima planta del hotel Regis de Nueva York. Marilyn salió al día siguiente del hotel con cardenales por todo el cuerpo y con la decisión irrevocable de divorciarse.
En octubre de 1954, Joe DiMaggio abandonó Los Angeles y regresó a San Francisco. Nunca más volvería a casarse. Nunca más reprimiría su odio por Hollywood. Y nunca conseguiría olvidar a Marilyn Monroe. No le faltaron mujeres hermosas, especialmente un buen número de ganadoras del concurso Miss América, todas las cuales afirmaban que ?Joe dispone de un armamento de gran calibre?, pero ella era irreemplazable. Ahora que no la tenía, la deseaba más que en cualquier otro tiempo. Dejó de beber, calmó su carácter y retomó la amistad con la actriz más famosa del mundo. Tenía que aceptarlo: él era una leyenda americana; ella era una leyenda universal.
Marilyn siempre supo que Joe acudiría a su lado cuando lo necesitara, en los cada vez más frecuentes momentos de depresión, tras la ruptura de su matrimonio con el dramaturgo Arthur Miller, en los misteriosos días de su relación con el rat pack de Sinatra y los hermanos Kennedy. Poco a poco, DiMaggio regresó a la vida de Marilyn Monroe, lleno de odio contra aquellos que la llevaban al desastre. Nunca perdonó a su viejo amigo Sinatra, y mucho menos a John y Bobby Kennedy, para los cuales reservó un desprecio muy especial.
Fecha: 05-10-2008
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