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Categoría Testimonios - Grandes historias de amor

Randolph Hearst y Marion Davies


Los amantesde la montaña mágica

El millonario y la corista. Randolph Hearst y Marion Davies encarnaron el papel a la perfección. Cuando ella quiso ser actriz, él hizo de su rubia bailarina un clon de Mary Pickford, la estrella del cine mudo, y le construyó un palacio encantado. A cambio, ella lo cuidó cuando el imperio se derrumbó. Una historia de amor sin final feliz.

Carlos Ruiz Zafón.

La primera vez que oí hablar de la historia de Hearst y Marion Davies fue hace años, cuando, conduciendo por la costa central de California, avisté en lo alto de una colina lo que me pareció un castillo embrujado y decidí desviarme para echarle un vistazo. La Cuesta Encantada, como se la conoce, es probablemente la residencia particular más extravagante y costosa erigida durante el siglo XX. Explorando sus salones góticos, sus piscinas romanas, las ruinas de su zoológico y sus torreones absurdos empezó a intrigarme la idea de qué clase de personaje construiría un lugar así y qué sucesos habían transpirado entre sus muros. Lo último que esperaba encontrarme era una historia de amor.

EL EMPERADOR Y LA CORISTA. William Randolph Hearst, apodado El Jefe, fue el último espécimen de una raza de titanes y semidioses forjados en la explosión capitalista del siglo XIX, un compañero rezagado de Carnagie, Morgan y Rockefeller. Creador del concepto de los conglomerados mediáticos, profeta de la era de alucinaciones colectivas, Hearst fue editor, periodista, magnate hollywoodense, político, agitador de masas, promotor de guerras, coleccionista y, sobre todo, fabricante de mitos.

Hearst tenía ya la vida hecha, con esposa, hijos, imperios y fortunas indescriptibles a sus espaldas, cuando en las navidades de 1915 el destino quiso que posara los ojos sobre una corista que actuaba en un teatro de la calle 46. La chica ?que tenía apenas 18 años, pero parecía más joven? era alta y espigada, de belleza modesta; una de tantas. No lo sabía todavía, pero, a sus 52 años, Hearst acababa de descubrir a la que sería el amor de su vida: Marion Davies.

Marion era la hija de un abogado de medio pelo de Brooklyn apellidado Douras. Cuando advirtió que uno de los hombres más poderosos del país, y quizá del mundo, se había encaprichado con ella y la cubría de flores y regalos, lejos de abrumarse afirmó que el temido titán de la prensa le parecía un hombretón dulce y solitario. Por 1916, ya se les veía a menudo en fiestas y cenas que Hearst organizaba en el escondite que mantenía en el edificio Beaux Arts, cerca de los teatros de Broadway y lejos de su residencia familiar en Riverside Drive. Hearst, Pigmalión billonario, había decidido reinventar a Marion en una nueva Mary Pickford, prototipo de la chica modesta y adorable que el público de entonces idolatraba sin reservas. De la noche a la mañana, Marion empezó a aparecer en los periódicos del imperio Hearst y su carrera de corista sin perspectivas se disparó al firmamento.

Hearst, el amante puritano, mantenía la ficción de su matrimonio, fingiendo que Marion no existía, al tiempo que no reparaba en medios o gastos para hacer de ella la mujer más famosa del universo. La primera gran producción que Hearst financió para Marion se estrenó con el improbable título de Cecilia of the pink roses (Cecilia de las rosas rosa). Hearst dilapidó millones en su promoción. De acuerdo con su plan de crear una nueva Mary Pickford, Hearst había concluido que Marion, con su aura más de angelito dócil que de femme fatale, debía encarnar papeles de niña buena, huerfanita con corazón de oro o pastorcilla virginal. Para crear esas bucólicas ficciones, Hearst ofreció un sueldo de 2.000 dólares semanales de entonces a una de las guionistas más prestigiosas de Hollywood, Frances Marion (autora de El campeón, entre otras muchas películas).

En la primavera de 1919, Hearst decidió emprender el segundo gran romance de su vida: la creación de un Xanadú sin precedentes, una mansión enloquecida en lo alto de una colina en San Simeón, una aldea costera a medio camino entre Los Angeles y San Francisco. Para ello contrató a otra dama de cerebro privilegiado, la arquitecta Julia Morgan. La construcción de esta montaña mágica, catedral gótica del sueño americano, continuaría durante toda la vida de Hearst.

Pero no todo eran sueños. En 1921, Millicent, la esposa de Hearst, descubrió la existencia de Marion. Lejos de armar un escándalo, Millicent y Hearst decidieron fingir que no pasaba nada, al menos por el momento. Hearst se volcó en la batalla por hacer de Marion el centro del universo. Consiguió arrebatar a Mary Pickford y su amante Douglas Fairbanks los derechos de un romance medieval titulado nada menos que Cuando la caballería estaba en flor, y se lanzó a la más desbordante producción del cine mudo a mayor gloria de su diva y amante juvenil. Para el rodaje se creó el más colosal decorado de la historia: 32 edificios de un París medieval, una catedral gótica y un distrito entero de Londres, incluyendo la célebre torre. Hicieron falta más de 3.000 extras para rellenar un poco las calles de esta ciudadela de fantasía.

Para su estreno, Hearst transformó Manhattan en el país de las hadas. Alquiló el teatro Criterion, en Broadway; levantó un cartel con la efigie de su amada en pleno Times Square que rebasaba algunos de los rascacielos de la ciudad, y encargó al compositor Victor Herbert la composición de La marcha de Marion Davies. Setenta años antes de que Hollywood descubriese que su negocio no era el cine, sino el merchandising, Hearst inundó los cines con tenderetes en los que se vendían recuerdos, souvenirs y fotos de Marion ataviada con el vestuario de heroína medieval. La diferencia es que para él no era una cuestión de codicia; era una aventura romántica.

ESTRELLA FUGAZ. Viendo despegar la carrera cinematográfica de Marion, Hearst decidió fusionar su imperio cinematográfico de Nueva York con la Metro-Goldwyn. La compañía la gestionaban un tal Louis B. Mayer, que irónicamente había iniciado sus días como chatarrero (nada raro en Hollywood, donde los estudios Universal empezaron como una granja de pollos), y un joven jefe de producción llamado Irving Thalberg.

Corría el año 1925, y Hearst regaló a Marion una casa en las colinas de Hollywood que pronto habría de convertirse en el epicentro del faranduleo de la capital del celuloide. En ausencia de Hearst, Marion orquestaba las mil y una noches en su nueva mansión. Por allí desfilaban Valentino, Chaplin, su rival Mary Pickford y todo el firmamento conocido en un edén de placeres secretos que a menudo acababa en las playas de Malibú para besar el amanecer y lo que se pusiera a tiro.

La ascensión de Marion seguía adelante sostenida por los millones de Hearst y las ficciones de Frances Marion. La antigua corista se había convertido en un valor sólido en la industria que ya no sólo atraía al público. Charles Chaplin, seductor rapaz y coleccionista de corazones y otras prendas íntimas, andaba al acecho, cuando no al acoso y derribo, aprovechando las largas ausencias impuestas por las obligaciones familiares e imperiales de Hearst. El magnate, sospechando que una amante 35 años más joven que él dejada de la mano de su dios particular y rodeada de diablillos libidinosos era presa fácil, intentaba agasajarla con lujos, cruceros y atenciones cuando podía escapar de los tentáculos de su imperio y su familia.

En uno de esos cruceros a bordo del yate privado de Hearst, el Oneida, iba a nacer una de las más sonadas leyendas negras de Hearst. El magnate, Marion y varios invitados (entre ellos Chaplin) navegaban entre champagne y delicatessen a lo largo de la costa de California cuando un pasajero llamado Thomas Ince, director de prestigio en su día, sufrió lo que el doctor Daniel Goodman, empleado de Hearst que también viajaba a bordo, diagnosticó como un ataque al corazón. El Oneida puso rumbo a San Diego, donde Goodman condujo a Ince al hospital. Antes de desembarcar, Hearst pidió a Goodman que no revelase que el paciente había salido del Oneida. Hearst quería evitar una investigación policial que revelase la abundancia de alcohol a bordo y pusiera en evidencia la puritana cruzada antibebida que sus diarios defendían en aquellos días de la prohibición. Goodman, para encubrir esta circunstancia, se inventó una serie de cuentos a cual más ridículo y sospechoso, y empezó a dar la impresión de que estaba encubriendo una siniestra conspiración criminal. Al día siguiente, Ince fue trasladado a su residencia en Hollywood, donde fallecería a las pocas horas. Un vendaval de rumores se desató. Había tramas para todos los gustos: Hearst le había envenenado, le había pegado un tiro al confundirle con Chaplin mientras surcaban las románticas nieblas de la isla Catalina, le había atravesado el corazón con una aguja del pelo de Marion? Todavía hoy, la leyenda negra del crucero sigue originando películas, artículos y obras de teatro que dan el rumor por cierto, aunque nunca hubo la más mínima prueba de su veracidad.

Pese a estas intrigas de vodevil, lo cierto es que El Jefe se encontraba cada vez más a gusto en Hollywood. Aquélla era una época de svengalis, con D. W. Griffith y Lillian Gish, Thalberg y Norma Shearer o Joe Kennedy (pirata del licor ilegal y patriarca de la dinastía presidencial) y Norma Desmond. Las cosas pintaban bien. Frances Marion acababa de escribir el que sería el mayor éxito de Marion, Zander el grande. Randolph había encargado a la guionista que crease varias escenas adicionales para subrayar los talentos dramáticos de su amada. Fue un triunfo rotundo. Marion se confirmaba como una estrella deslumbrante. Quizá demasiado.

En 1925, Millicent, la esposa agraviada, exigió a Hearst que eligiese entre ella y Marion. El Jefe eligió a Marion. Un divorcio estaba fuera de discusión. La solución fue una separación amigable y chapada en oro. Millicent volvería a Nueva York, donde los diarios de El Jefe harían de ella una estrella de los círculos sociales tan rimbombante como lo habían hecho de Marion en la pantalla. Su matrimonio se convirtió en un contrato a distancia, sin las complicaciones de amoríos y emociones. En 1926, Hearst envió un telegrama a su esposa para desearle un feliz cumpleaños. ?¿Debo escoger un regalo o enviarte un cheque? Dadas las circunstancias, la segunda alternativa me parece la más razonable?.

RUMBO A LA MONTAÑA MÁGICA. Con Millicent fuera de juego y entregada al circo de la alta sociedad, Marion se mudó a la montaña mágica de San Simeón. Pero ya que su carrera le obligaba a pasar mucho tiempo en Los Angeles, Hearst le hizo construir una mansión de innumerables habitaciones en la playa de Santa Mónica, a un costo de unos 200 millones de euros. Hearst demostraba así que Marion se había convertido en su esposa, si no legal, cuando menos de facto. Pero si el palacio de Santa Mónica era suntuoso, parecía apenas una choza comparado con la monstruosidad que Julia Morgan seguía construyendo para los amantes en lo alto de la colina de San Simeón.

Empezaba entonces la era dorada de La Cuesta Encantada. El mayor nido de amor de la historia incluía piscinas imperiales, salas de cine, salones medievales, bibliotecas florentinas, caserones satélite, un zoológico privado con elefantes, cebras, jirafas y leopardos? Cada fin de semana, para mantener entretenida a su amada, Hearst fletaba un tren desde Los Angeles con una lista de elegidos de todo Hollywood. Entre soirés de leyenda, Hearst manejaba su imperio mediático desde lo alto de la montaña mágica. Uno de sus reporteros, al visitar el castillo, escribiría que ?el lugar estaba lleno de editores angustiados esquivando canguros?.

El escenario surreal de la montaña mágica no podía empañar otra estampa más terrenal que se cocinaba 300 millas al sur de allí, en la turbia metrópoli de Los Angeles. Según los números de la Metro, las películas de Marion, pese al bombo y platillo ensordecedor que las acompañaban, no daban dinero. Lo perdían. De lo lindo, y cada vez más. Pero se cernía un enemigo aún más temible que la conciencia de los contables, un Anticristo que habría de masacrar la era gloriosa del Hollywood arqueológico en un holocausto de estrellas sin precedentes: el sonido. Muy pronto, si un milagro no lo remediaba, millones de espectadores iban a descubrir que, pese a sus muchos encantos, Marion Davies tartamudeaba.

Hearst, empeñado en convertirla en rutilante reina del sonoro, reclutó un ejército de profesores de dicción y declamación hasta conseguir que Marion pasara el test que la Metro imponía a todos sus actores para salvarles de la quema. Ni corto ni perezoso, Hearst preparó la más ampulosa de las producciones sonoras para Marion. Se involucró hasta la última línea, metiendo cuchara desde el guión hasta los diseños. El resultado fue, por supuesto, desastroso. Desesperado, Hearst recurrió a Frances Marion para que lo arreglase. La guionista, tras un somero vistazo al cocido que Hearst había preparado, le dijo que aquello no tenía cura posible y dimitió. A las tres semanas de rodaje, con pérdidas oceánicas, la producción se suspendió. La carrera de Marion estaba herida de muerte, un hecho que a nadie se le escapaba. Excepto a Hearst.

El destino, por su parte, preparaba otro drama a gran escala que se estrenaría en Wall Street en pocas semanas: la Gran Depresión.

S.O.S. Para entonces, los infelices ?30, Hearst y Marion habían destronado ya a la Pickford y a Fairbanks como reyes de Hollywood. La corte, reunida en la montaña mágica, se desvivía en fiestas y derroches, mientras la miseria y el hambre corroían el país. Pero todos los esplendores del mundo no podían aliviar una pena que se comía a Marion por dentro. La corista inocente y virginal se había convertido en alcohólica terminal. Marion bebía cada día más, y ni Hearst, con todo su poder, sabía ya qué hacer para salvarla de sí misma. Sus películas seguían perdiendo dinero y la farsa de su estrellato se hundía como un Titanic aplastado de millones y quimeras. Mayer y la Metro no sabían qué hacer con ?el problema de Marion? por temor a enemistarse con El Jefe. Cuando una última megaproducción titulada Going Hollywood les explotó a todos en la cara, la última gota ahogó la larga asociación entre El Jefe y la Metro. La carrera de Marion, a rastras, se refugió en las sombras de la Warner.

Las tres primeras películas de Marion para el estudio fueron un fracaso. Hearst culpaba a la Warner por no haber sabido encontrar proyectos y guionistas adecuados para su estrella. La antorcha de Marion se extinguía en un huracán de números rojos. Pronto su nombre empezaría a reptar en carteles de producciones de serie B entre actores de cuarta categoría, como Ronald Reagan, en un irónico giro del mundo que se avecinaba.

Las malas noticias apenas habían empezado. El día de su 74? cumpleaños, Hearst recibió la visita de sus asesores, que le informaron de lo inevitable. Su imperio se había encallado en el colapso financiero. No podría liquidar los dividendos trimestrales a sus accionistas. Las obras faraónicas de la montaña mágica se congelaron. Los animales del zoo se pusieron a la venta. Las colecciones de arte, fruto del pillaje, fueron a su vez saqueadas. Marion, aterrada, consiguió reunir un millón de dólares para su amante. El, sonriente, le acarició la mejilla. Sus deudas inmediatas eran de unos 50 millones de dólares (600-700 millones actuales).

Pese a las adversidades, con El Jefe destronado y Marion reciclada de emperatriz de Hollywood a paria intocable, los amantes de la montaña mágica seguían juntos. El destino les tenía reservado un último golpe de gracia.

En un oscuro rincón de las tinieblas de Hollywood se tramaba la leyenda negra final de Hearst y Marion. Un guionista de genio arruinado, alcohólico y maldito llamado Herman Mankiewitz, antiguo invitado a los festines de la montaña mágica, le daba vueltas en la cabeza a una historia sobre un magnate peligrosamente parecido a Hearst. Cuando se cruzó en su camino un Orson Welles en la cúspide de su fama cabalgando en alas de un contrato como nunca lo hubo y nunca lo volverá a haber en Hollywood, una carta blanca para que hiciese ?lo que quisiera?, Mankiewitz y Welles aunaron talentos y escribieron algo llamado Ciudadano Kane.

Su fábula forjaría la leyenda que todavía hoy tomamos por la verdadera historia de Hearst y Davies. Welles confesaría años más tarde que la gran víctima fue Marion, porque ella era mucho mejor que el personaje que la retrataba. Hearst, en cambio, salió bien parado, porque, según Welles, Kane era mucho mejor que El Jefe. Realidad o fábula, poco importaba ya. La semilla del mito estaba plantada. Pese al revuelo inicial, la película se perdió en el limbo al poco de su estreno, pese a algunas críticas gloriosas. El tópico fácil atribuye a Hearst el papel de villano, pero el enemigo más formidable de Ciudadano Kane no fue otro que la indiferencia del público. No sería hasta 25 años más tarde, cuando RKO vendió su catálogo a televisión y algunos críticos europeos empezaron a hablar de ella, que Ciudadano Kane entró en la cultura popular y empezó a acumular su reputación como el mejor filme de todos los tiempos. Para entonces todos los implicados estaban muertos o, como Welles, malditos de por vida.

TELÓN. Tras la batalla de Ciudadano Kane, El Jefe ya no tenía ánimos para seguir luchando. Con 80 años se había retirado a su santuario en la montaña mágica con Marion, y sus ambiciones se limitaban a salir a pasear con ella por el jardín y ver el atardecer derramarse sobre el Pacífico. Marion, ajustándose a la nueva realidad, había vendido la fastuosa casa de la playa en Santa Mónica y había adquirido una modesta vivienda en Beverly Hills. Cuando, en 1947, los médicos de Hearst, alarmados por su corazón fatigado, dictaminaron que no era prudente que El Jefe siguiera recluido en su castillo de San Simeón, Marion le metió en una ambulancia y se lo llevó a la casa de Beverly Hills. El viejo titán lloraba como un niño cuando le sacaron de su castillo. Marion, secándole las lágrimas, le susurraba: ?Volveremos, mi amor, ya lo verás?. Los amantes nunca regresarían a su montaña mágica.

Los años crepusculares en la casa de Beverly Hills pasaron en sombra. Marion, combatiendo su propia adicción al alcohol, se había convertido en guardiana, enfermera y secretaria de un Hearst confinado en una habitación del primer piso.

El 13 de agosto de 1951, Marion, aturdida entre médicos y visitantes, decidió tomar un sedante para mantener a raya el colapso nervioso que la rondaba desde hacía tiempo. Cuando se despertó y subió a la habitación de su amante, El Jefe había desaparecido.

William Randolph Hearst había muerto mientras Marion dormía, y la familia se había llevado el cuerpo sin molestarse en despertarla. Aullando de dolor, Marion gritó que se lo habían robado, que era suyo, que ella le había amado durante 35 años y que al final no le habían dejado decirle ni adiós.

El día antes de morir, Hearst recibió la visita de una vieja amiga, la guionista Frances Marion. Frances le anunció que partía de viaje rumbo a San Francisco. Hearst, envenenado de nostalgia, le suplicó que de camino se detuviese a ver cómo estaba todo en la montaña mágica, el escenario de los momentos más felices de su vida con Marion. Al día siguiente, cuando Frances Marion llegó al castillo se encontró que los mayordomos lloraban y fue informada de que Hearst acababa de morir hacía apenas unos minutos. Frances contempló aquel lugar embrujado, maldito, y regresó a su coche para perderse colina abajo rumbo a la carretera del Pacífico. Llevaba consigo el secreto de Hearst y Marion; de una historia que, por mucho que quisiera, ni ella podría ya reescribir para regalarles la más dulce de las mentiras jamás inventadas en Hollywood, un final

Fecha: 20-11-2008
Hits: 66


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