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El suyo fue un amor de calidad. Más allá de engaños y traiciones, Yves Montand y Simone Signoret formaron una pareja excepcional en un mundo que ya no existe. Su relación estuvo marcada por el ?episodio Marilyn?, un fugaz romance de Montand con la rubia explosiva.
Maruja Torres. Derechos exclusivos de El País
Cuenta Jorge Semprún en Montand, la vida continúa, que en septiembre de 1982, más de dos décadas después de lo que él denomina ?el episodio Marilyn?, en vísperas de la actuación de Yves Montand nada menos que en el Metropolitan, Simone Signoret le preguntó, enojada: ?¿No te parece que ya es suficiente? ¿Cuánto tiempo van a seguir hablando de Montand y Marilyn??. En aquella ocasión, la actriz francesa se refería a un largo artículo sobre Yves Montand que, con motivo de su reaparición en Nueva York, glosaba su apasionante carrera y, de forma inevitable, la relación que tuvo con Marilyn Monroe, 22 años atrás. El propio Semprún, en ese libro de celebración de su honda amistad con Montand, responde a Signoret, se responde, diciéndose que seguirá hablándose del asunto ?mientras sus protagonistas sigan vivos en la memoria y en los sueños de la gente corriente?. Tenía razón.
Lamentablemente, el mito Marilyn Monroe arrasó en una medida no previsible, y los nombres de Montand y Signoret han quedado adheridos, como conchas que carecieran de vida propia, a los cientos de libros que se han escrito sobre la rubia estrella a raíz de su muerte, y que han proporcionado versiones de la vida de la actriz al gusto de cada biógrafo. Los 36 años de su atormentada existencia pasan una y otra vez por la criba. Con mayor o menor inteligencia, veracidad y buena intención, Marilyn ha sido inventariada, diseccionada, reinventada, imaginada, mentida. Y el affaire Montand es una de las perlas más escandalosas que adornan su recuerdo.
Aquel asunto envolvió a personas de calidad, aparte de la propia Marilyn. De un lado, al que entonces era su marido, Arthur Miller: único superviviente, último Premio Príncipe de Asturias de Literatura y siempre discreto, o más bien mudo, respecto al asunto. Escritor comprometido que luchó contra la caza de brujas del senador McCarthy y escribió obras como El crisol ?que también fue representada y filmada con el título de Las brujas de Salem?, Panorama desde el puente, Muerte de un viajante, Después de la caída o Incidente en Vichy.
Simone Signoret e Yves Montand formaban una pareja excepcional en un mundo que se parecía muy poco al que ahora tenemos. Pertenecían a una Francia que, cuando convocaba a sus mejores hijos a la calle para defender libertades irrenunciables, reunía nombres como los de la mencionada pareja, Sartre y Simone de Beauvoir, Jacques Prévert o Marguerite Duras, en lugar de la intelectual Laetitia Casta, movilizada últimamente para defender de Le Pen a la República y arrojarla en brazos del chiraquismo lepenizado.
Yves, nacido Ivo Livi en un pueblo de la Toscana, en 1921, era hijo de la pobreza familiar y de la militancia comunista y antifascista de su padre, Giovanni, que huyó a Francia cuando Mussolini subió al poder, con la esperanza de poder emigrar a Estados Unidos con los suyos. La familia se reunió con él en Marsella, pero se quedaron allí. En la Europa de hoy les habrían devuelto, por ilegales, e Ivo Livi no se habría convertido en Yves Montand, no habría pasado de la dura vida del obrero autodidacto a los escenarios de music hall más importantes de Francia y, de aquí, a los teatros y pantallas de todo el mundo. Su coincidencia con Edith Piaf en el Etoile de París fue, si no definitiva para Yves Montand, sí muy importante. La extraordinaria Piaf le enamoró y refinó, ayudándole a dotar de carne a su personaje escénico. Por el camino le rompió el corazón, pero eso, cuando se es joven y ambicioso como Montand era entonces, puede resultar incluso saludable.
Simone Kaminker nació el mismo año que Ivo Livi, en Wiesbaden (Alemania), de padres franceses. Creció en un medio burgués, culto y liberal, pero no carente de preocupaciones ni de compromiso político. Su padre, un brillante políglota que inventó la traducción simultánea, era judío, y tuvo que ponerse a salvo de Hitler huyendo a Inglaterra. En la casa familiar de Neuilly, la joven Simone escuchaba la radio de Londres y ayudaba a limpiar acelgas a su madre. A los 20 años entró a trabajar como aprendiz en un periódico. Era colaboracionista, pero había que hacerlo, y Simone se había convertido en la cabeza de familia: su sueldo les daba de comer.
Los dos jóvenes, antes de conocerse, soñaban con lo mismo: el cine. Montand estaba loco por Fred Astaire, el claqué y los westerns. Simone suspiraba por ser como Simone Simon o Danielle Darrieux. Para Yves, el buen cine tardaría mucho en llegar, y lo haría de la mano del amigo-guionista Jorge Semprún y del amigo-director Costa Gavras, entre otros. Para Simone, la oportunidad se presentaría más pronto.
En su libro autobiográfico La nostalgia ya no es lo que era, Signoret cuenta que una noche de mayo de 1941, en lugar de tomar el Metro para regresar a casa, subió por la calle Bonaparte y abrió la puerta del mítico café Flore, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés. ?Yo no sabía que empujando una puerta penetraría en un mundo que iba a decidir el resto de mi vida?. Lo que empezó aquella noche fue el gran aprendizaje de Simone entre gente como Picasso, Prévert, Mouloudji, Henri Crolla, Marcel Dalio?, y el gran enamoramiento de esa gente hacia ella. Lo cual no le evitó pasar sus buenos sustos por ser medio judía en el París ocupado por los nazis, del mismo modo que Yves Montand, por entonces ya en la capital, hacía mangas y capirotes para escapar del trabajo obligatorio que imponían los militares.
Los años que transcurrirían hasta que estas dos personas tan especiales se encontraran, por fin, en agosto de 1949 sirvieron para que ambos se consolidaran en sus respectivos trabajos. Ocurrió en Saint-Paul-de-Vence, en la Provenza, en el hotel Colombe d?Or. Simone estaba casada con el director Yves Allegret, con quien había tenido una hija, Catherine, y varias películas, entre otras Dédé d?Anvers, que la convirtió en una estrella.
Conviene aquí decir que Simone e Yves, que se enamoraron decididamente en cuanto se vieron, tenían la misma edad, 28 años, y un atractivo sexual fuera de serie. El jovencito desgarbado, demasiado alto y tímido había ganado con los años músculos y tablas. Era único. En cuanto a Simone, hagan el favor de olvidar la imagen de la matrona en que se convertiría en el transcurso de 10 años, demasiado poco tiempo para tanto deterioro físico. Recuérdenla en sus días de Dédé, de París, Bajos fondos, de Therese Raquin y Las diabólicas, en donde hizo el papel que luego recrearía Sharon Stone en el soso remake realizado en los ?90. Recuérdenla y convengan conmigo en que Simone Signoret resplandecía tanto como Marilyn Monroe. No era SS una diosa del sexo como MM, pero sí representaba una feminidad felina e inteligente, peligrosa, que la hizo única.
?Hicimos la siesta, y ya no nos separamos?, cuenta Montand a los autores de su biografía, Tu vois, je n?ais pas oublié, Hervé Hamon y Patrick Rotman. Para la Francia burguesa de 1950, que una mujer joven, casada y con una hija se enamorara de otro hombre sin ocultarlo y pidiera el divorcio no era precisamente plato de gusto. Pero este comportamiento de la siempre rebelde Signoret iba a ayudarla a cimentar su fama de mujer independiente, compleja y, desde luego, avanzada para la época. Con el honesto Montand, que nunca olvidará sus raíces ni la clase social de la que procede, forma una pareja explosiva. Cuentan Hamon y Rotman: ?Durante 35 años, ninguna pareja será tan solicitada por la prensa y por la opinión pública francesas como la formada por Signoret y Montand. El despliegue de los periódicos es, desde este punto de vista, tan torrencial como edificante. Se les interroga sobre la pasión y la razón, sobre la fidelidad y la libertad, sobre los celos, el dinero, el envejecimiento, la obligación profesional y el deber hacia los hijos, sobre el compromiso público y la existencia íntima? Del P?lerin a L?Humanité. Y ellos responden alusivamente, con sinceridad, probablemente halagados, irritados cuando las miradas son indiscretas??.
Los mismos autores no les califican de pareja ejemplar, sino emblemática. Lo cual resulta mucho más aproximado a la verdad y menos difícil de soportar. Fueron emblemáticos porque representaron a su tiempo, se equivocaron junto con su tiempo, repararon sus errores de acuerdo con las exigencias de la realidad de su tiempo, y también porque, frente a las complejidades y los retos de la vida en común, actuaron como seres humanos, respetuosos el uno con el otro, dentro de lo humanamente posible.
El episodio Marilyn resultó especialmente doloroso para Simone Signoret, que, pese a conservar un poderoso atractivo y un cerebro como para enamorar a cualquiera que no fuera imbécil, se encontró interpretando para la prensa el papel de la mujer burlada. Lo curioso del asunto es que la aventura entre Montand y Monroe ?tal vez inevitable, pero desde luego fugaz? tuvo un principio y un epílogo muy al estilo del matrimonio francés: empezó por culpa de una huelga general y su consecuencia fue la ausencia de una firma en un manifiesto.
Pero vayamos por partes. Enero de 1960. Yves Montand y Simone Signoret ocupan el departamento 20 del hotel Beverly Hills, en Los Angeles. En el 21, el contiguo, está el matrimonio formado por Arthur Miller y Marilyn Monroe. Montand y Marilyn van a rodar juntos El multimillonario, a las órdenes de George Cukor. Los Montand conocen a Miller desde que pusieron en escena Las brujas de Salem en París. Los dos matrimonios congenian, se lo pasan bien juntos. Son amigos. Yves sólo presta atención a sus diálogos: sabe muy poco inglés y tiene miedo a meter la pata. Simone, que está nominada al Oscar a la mejor actriz por su trabajo en Un lugar en la cumbre, de Jack Clayton, se divierte acompañando a su marido y descubriendo las paradojas hollywoodenses. Ya posee la capacidad de observación que, en los últimos años de su vida, hará de ella una escritora muy apreciable.
Las dos parejas juegan a las cartas, cenan juntas. Simone y Marilyn se hacen oxigenar el pelo, en la cocinita de esta última, por una mujer que asegura haber sido la teñidora de cabecera de la gran rubia platino Jean Harlow. Todo marcha estupendo. Marilyn prepara pasta, siguiendo la receta que aprendió de la familia de su segundo marido, Joe DiMaggio. Miller y Montand sostienen largas conversaciones. Se respetan, poseen opiniones similares. A Simone le extraña bastante que Marilyn sufra tanto con su trabajo, que carezca de recuerdos felices, que la atosigue tanto para que le cuente cosas bonitas de sus rodajes, cosas que Signoret juzga naturales: el buen rollo con los compañeros, el disfrute de que una escena salga bien. Marilyn es una criatura en suplicio, y algo está irremisiblemente roto en su interior.
Cuando Signoret gana el Oscar (primera actriz extranjera premiada por una película rodada en inglés), Monroe se alegra. O eso parece. Su matrimonio con Miller no va tan bien como parece, si es que lo parece. Y Simone, a fin de cuentas, parece tenerlo todo: un Oscar, un marido atractivo, pachorra profesional para disfrutar de lo que las películas le van dando. Ella, Marilyn, ha tenido uno de sus ataques de pánico durante el rodaje. No se ha presentado en el plató, ha dejado plantado a todo el equipo, incluído Montand. Avergonzada, será incapaz de abandonar su bungalow. Sólo lo hará después de telefonear a Miller, que ha viajado a Irlanda para encontrarse con John Huston, para que él, a su vez, telefonee a sus vecinos de apartamento y les pida perdón en su nombre.
Pronto, la influencia de Montand se revela como benéfica para Monroe. Él, que también se ha convertido en artista saltando sobre la cuerda floja del autodidactismo, entiende sus miedos, la apacigua. En el departamento de producción están contentos. Se acabaron los retrasos. Estudian sus textos juntos, ella le ayuda con el inglés.
Desde el 20, la inteligente y politizada Simone Signoret asistió, regocijada, a una huelga de actores de Hollywood. ?Era algo inaudito ser huelguista en Hollywood?, escribe en sus memorias, ?pero no tengo derecho a bromear, puesto que esta huelga cambió los estatutos de toda la profesión cinematográfica americana?. Los Miller se fueron a Nueva York, y las dos mujeres no volvieron a verse. Cuando Marilyn regresó a Hollywood, sola, Signoret ya se había ido a Roma, en donde tenía que rodar Adue e le compagne, con Marcello Mastroianni.
Es en Roma en donde Simone se entera, por los periódicos, de que hay algo entre Marilyn y su marido. Años después, Signoret escribe: ?Pasé en Roma tres meses deliciosos, lo que me impide juzgar qué pudo suceder durante mis semanas romanas y las semanas neoyorquinas de Miller; entre un hombre, mi marido, y una mujer, mi amiga, que trabajaban juntos, vivían bajo el mismo techo y, por consiguiente, compartían sus soledades, sus angustias, su humor, sus recuerdos de niños pobres. Por esto remito a los aficionados de retazos de vida a la lectura de los periódicos de la época. Se encargaron de transformar en acontecimiento una de las historias que suceden en todas las empresas, en todos los inmuebles y en muchísimos rodajes de películas?. Tiene elegancia, estilo, dignidad y razón. Y seguramente finge un poco. Tuvo que resultar muy doloroso el episodio Marilyn para una mujer que sabía que Montand no era precisamente un prodigio de fidelidad, aunque sí de lealtad.
Miller, por su parte, nunca ha dicho nada claro referente al romance entre su mujer y Montand. Se vengó a fondo de ella, eso sí, cuando, ya muerta, la retrató a su manera en la obra Después de la caída. Simone Signoret nunca se lo perdonó: que no reflejara en la pieza también lo mucho que Marilyn había hecho por su marido cuando a éste le perseguían los macartistas.
En cuanto a Montand, ha sido más discreto de lo que la prensa de escándalo, siempre imaginativa, dejó entender. Y en sus declaraciones siempre ha tendido a reivindicar a Monroe. Finalmente, en el libro de Hamon y Rotman confiesa. Las largas horas juntos, el rodaje interrumpido por culpa de la huelga, los ensayos, el estudio de los diálogos codo con codo, la partida de los cónyuges? Ensayando en el bungalow 21, con champagne rosado y caviar, al estilo Marilyn, hay un beso apasionado. ?Es un incendio, un desgarramiento, ni siquiera trato de calmar el fuego?, dice Montand.
Fue breve el fuego en sí. Pero las sirenas de alarma ulularon por mucho tiempo. Simone Signoret se vengó. Eran los tiempos de la guerra de Argelia, y una serie de intelectuales elaboraron un manifiesto en contra de la ocupación francesa de la colonia, a favor de la independencia argelina, contra la sangrienta guerra. Se llamó el Manifiesto de los 121, por el número de personalidades que lo firmaron. Montand no estaba entre ellos. Su mujer, que compartía todo con él, especialmente en política, no se lo comentó por teléfono. Él se cabreó.
Pero se querían y siguieron juntos. Siguieron juntos incluso después de separarse. Simone lo escribió en sus memorias, anticipándose a lo que acabaría sucediendo: ?Creo poder asegurar que si Montand se enamorase de una muchacha joven y hermosa con la cual tuviese verdaderos deseos de rectificar su vida, es decir, despertarse con ella en una cama que no fuese la de ella, sino la de los dos (?), creo que si esto llegara a suceder, la joven en cuestión me tendría un poco en toda su casa. Aunque yo no pusiera nunca los pies en ella?.
Simone murió en 1985. Yves, en 1991. Fueron marido y mujer hasta la muerte de ella, y hasta la de Montand, él fue su viudo. A pesar de que había hecho su aparición la temida muchacha, y a pesar de que el cantante-actor tuvo un hijo con ella.
Y hoy, en uno de los cementerios más conmovedores del mundo, el parisiense P?re Lachaise, se encuentra la tumba común del matrimonio Montand-Signoret. Marilyn está enterrada en un nicho sola, en un pequeño camposanto de Westwood, Hollywood. Murió sin llegar a saber hasta qué punto Simone nunca la odió y lo mucho que su recuerdo enternecía a Montand.
Fecha: 20-11-2008
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