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Categoría Testimonios - Grandes historias de amor

La Doña, el Charro Cantor y el Flaco de Oro




El genial Agustín Lara dedicó a María Félix la canción ?María bonita?. Gracias a esa mujer y a su belleza, el romanticismo mexicano brilló en su punto más alto. Su leyenda es infinita, sus amores tienen una calidad reservada a los elegidos. No sólo fue Lara; también, Jorge Negrete. Pero éste quedó en una culminación trágica. La perversa diosa Coatlicue presidió la fiesta con sus collares de calaveras.

Por Terenci Moix. Derechos exclusivos de El País

Reina indiscutible del cine de habla hispana, María Félix es, al mismo tiempo, uno de los mitos más fascinantes del cine mundial. Como una Marlene o una Garbo, redimió con su sola presencia vehículos que no siempre la merecían. Cuando participó en algunos títulos fundamentales de la historia del cine se integró a la obra maestra como un elemento capital, inseparable de la misma. Así, en French can-can (1954), de Renoir, o en Enamorada (1946), Río escondido (1947) y Maclovia (Belleza maldita, 1948), las tres de Emilio Fernández, apodado El Indio. Más intensa que la Señora de Durango ?es decir, Dolores del Río?, incorporó la función de mito nacional/continental, y su asombrosa fotogenia y la creación consciente de un personaje de mujer poderosa, insólita en un país dominado por el machismo, la convirtieron en icono cultural de primera magnitud.

Jamás sometió su representatividad étnica a la banalización propia del cine de Hollywood: nunca fue una belleza autóctona tópica, si bien estuvo magnífica en la encarnación de algunas heroínas del ciclo revolucionario, como Juana Gallo. Además llevó a la Roma imperial el prototipo de la despótica en una Mesalina rodada en Italia. Culminó con el papel de Imperia en La noche del sábado (1950), de Jacinto Benavente. Sería difícil encontrar otra actriz que encarnase con tanta autoridad ese personaje de inspiración d?annunziana: la supermujer inventada por el sueño de un artista. Es decir, la encarnación del arte y la personificación de todos sus poderes míticos (?grande, grande como el ideal que te inspiró?, dice el texto).

Toda esta carga de referencias que van más allá de la vida la percibió Leonor Fini al inmortalizarla en un cuadro inquietante que la sugiere convertida en corteza de árbol salvaje. Fue, por cierto, una más entre las relaciones de La Doña con los grandes artistas plásticos de su tiempo. Frecuentó a Rufino Tamayo, a Lenora Carrington, a Dalí y, sobre todo, a Diego Rivera y Frida Kahlo, en cuya casa residió largas temporadas formando un curioso ménage ? trois de alcances todavía no averiguados.

Incidió como nadie en el terreno de la extravagancia, gracias a lo desaforado de gran parte de sus argumentos, como Doña Diabla, La diosa arrodillada, La devoradora y otras perlas del gran melodrama urbano. Si ningún disparate argumental era bastante para demostrar de qué es capaz una mujer de rompe y rasga, el vestuario la colocaba siempre por encima de cualquier situación (sólo ella era capaz de vestirse de Dior o Jean Patou, sus modistas preferidos, para visitar ?de riguroso incógnito? a una hija secreta que mantenía oculta en un convento). Ninguna otra actriz del cine mundial supo convertir las modas de los años 40 en atributo intrínseco de la mujer fatal: los vestidos de terciopelo negro, las pieles como símbolo de poder, los abrigos y chaquetones con enormes solapas, acaso imaginados para esconder parcialmente un rostro culpable, son elementos que contribuyen a realzar la ilusión de una mujer que todo lo puede y a quien ha de cuadrar como a nadie el mote que le dio el pueblo: La Doña.

Su poderío era inmenso, en cualquier película, en cualquier situación, y dio lugar a todo un credo personal sobre el egotismo entendido como una de las bellas artes. ?Mucha gente confunde a las mujeres sin alma con las prostitutas. No son lo mismo. Una mujer sin alma como las que yo interpretaba es atractiva, talentosa, triunfadora y se divierte mucho en la vida. Las prostitutas, en cambio, son crueles consigo mismas. Una mujer sin alma no se debe enamorar. Las prostitutas flaquean con el macho y son capaces de todo con tal de echarse a perder la existencia. Por lo general, llevan una vida miserable, aunque sea con lujos?.

Encuentro tempestuoso. Y sin embargo, hay otra María allá en los orígenes, en su primera película, el drama El peñón de las ánimas (1942). Es una debutante ufana, fresca, que forma con Jorge Negrete una pareja romántica de alto voltaje. Aparece en calidad de víctima, papel que raramente volvería a frecuentar. Y en esta historia de star-crossed lovers, con enemistad de clanes familiares incluida, la primera María se convierte en una respuesta azteca a la Cathy de Cumbres borrascosas.

Pero no todo fueron mieles. En la serie autobiográfica Todas mis guerras, La Doña describe a El Charro Cantor como un divo arrogante y presuntuoso que no soportaba las vacilaciones y fallos de una debutante.

Si por esta causa el rodaje de El peñón de las ánimas fue difícil, su final condujo al enfrentamiento directo. La joven María quiso que todos los componentes del equipo estampasen la firma en su ejemplar del guión. Negrete no sólo se negó; además agredió a su pareja con frases muy duras y hasta groseras. Al parecer le había irritado su inexperiencia, pero no hay que descartar algunas facetas violentas de su carácter. (?Me confesó que se había enamorado de mí durante el rodaje de El peñón, pero como yo era tan engreída se puso mula a propósito?).

Semejante comportamiento difería de la descripción que La Doña haría de su flamante marido mucho tiempo después: ?Jorge era un hombre ingenuo, tierno y de gustos sencillos. No le gustaba discutir, pero en la intimidad era un adulto perfecto?.

Para conocer lo que Negrete tenía de mirlo blanco, La Doña tuvo que esperar 10 años? ¿o acaso fue él quien esperó? Ella se dedicaría a consolidar su mito cinematográfico y a casarse con otra figura legendaria: Agustín Lara. Era, en realidad, su segundo marido.

Y es que la Félix se casó y parió muy joven. Para decirlo de algún modo, fue una bien casada de provincias y al poco tiempo una de esas divorciadas a las que la vida provinciana suele rechazar. Venganza poética: ella rechazaba la vida provinciana desde su infancia.

Aunque su matrimonio se celebró y desarrolló en Guadalajara, provenía de Sonora, concretamente de la pequeña ciudad de Álamo. Su familia era numerosa y convencional, pero María les salió rebelde desde el principio; tanto que mientras abominaba de los juegos, usos y costumbres de las féminas de la casa se dedicaba a montar a caballo con sus hermanos, a quienes adoraba, aunque a ninguno tanto como a Pablo, el ídolo de su vida. Llegó a ser el espejo en que estudiarse, y ya en el otoño de su experiencia explicaba en un monográfico de la televisión francesa que hubiera sido incestuosa de nacer en otra cultura.

En el mismo programa proclama su orgullo al serle concedida, en Francia, la medalla de la Legión de Honor: ?Me gusta, porque es una condecoración de signo militar y mi personaje favorito es Napoleón?. Más adelante añade: ?Yo he sido un hombre en el cuerpo de una mujer?. Esta determinación, tan firmemente arraigada, explica el fracaso de su primer matrimonio; además de soportar a un marido demasiado normal debía doblegarse a la vida de una ciudad de provincias. Que ya era Guadalajara, pero no era el Distrito Federal, donde podía sentirse sola y, por tanto, independiente. Y allí se trasladó para ganarse la vida como administrativa. De momento, claro.

La próspera relación de María de los Ángeles Félix con el cine (47 películas) empezó como quiere el tópico: por azar. Se hallaba mirando escaparates en Insurgentes cuando el director Fernando Palacios la abordó preguntándole si le gustaría hacer cine. La respuesta pertenece también al mundo de los tópicos, pero los que configuran la leyenda de La Doña: ?¿Quién le dijo que yo quiero entrar en el cine? Si me da la gana, lo haré; pero cuando yo quiera, y será por la puerta grande?.

Un papel estelar junto a un ídolo como Jorge Negrete en su mejor momento era una puerta lo bastante grande para que la cruzase sin reparos una damita dotada de tanta autoestima. A partir de entonces, todos sus papeles serían protagonísticos, y concretamente el cuarto, sensacional: la Doña Bárbara del escritor venezolano Rómulo Gallegos. Él mismo se encargaba del guión y los diálogos de la película, y cuentan que al conocer a María en un restaurante exclamó: ??Es ella! ?Es mi Doña Bárbara!?.

Cuando hoy visionamos la película es imposible no sospechar que el apasionado prólogo parece fruto de la admiración del escritor por una mujer única: ?De más lejos que nunca, de allá vino la trágica mujer? Hoy es la dueña de casi todo el cajón de la Aranca y señora de vida y hacienda, de rebaños y sabanas. El llano la teme y la obedece. Su hermosura fascina a los hombres y su oro compra leyes que la protegen y paga manos que por ella matan. Doña Bárbara. La terrible Doña Bárbara?.

Celos del mar y el viento. Agustín Lara se presenta como un gigante, un monstruo de creatividad que las reediciones discográficas nos restituyen en un carrusel de voces inmortales: Toña la Negra, Elvira Ríos, Ana María González y Pedro Vargas, entre otros.

Al mismo tiempo, el supremo trovador de la canción mexicana fue una figura tan controvertida como su esposa, con parecida tendencia a la automitificación y un cierto gusto para despistar a sus biógrafos. Su tendencia a la mitomanía abarca desde su enamoramiento de una hermana de Frida Kahlo ??a los 13 años!? hasta las pretensiones de haber luchado en la revolución a las órdenes de Pancho Villa ?otras fuentes dicen que de Madero?. Entre sus desórdenes figuran numerosos altercados de palenque, y hasta se habló de cocaína.

Lo que es cierto y comprobable es su existencia cabaretera, para definir con elegancia su etapa de pianista de burdeles y sus relaciones con las hembras que los frecuentaban. Para los españoles de la época, El Flaco de Oro era el refinado autor de un chotis postinero (Madrid) y de una romanza (Granada) que algunos tenores de prestigio elevaron a la categoría de arte mayor. Pero el mitómano, pariente espiritual del músico, prefiere otro repertorio que todavía despide fuego: las canciones de ambiente canalla, consagradas a la mujer de vida equívoca; la que se engalana el pelo con flores del mal, la que encontrará su exponente mejor en las heroínas fatales de Ninón Sevilla, rumbera y mamboletera, que no por casualidad protagonizó varias películas inspiradas en canciones de Lara, con la cumbre de Aventurera. Son canciones que la voz entrecortada del propio autor va desgranando al compás de un piano mortecino. Canciones cuyos títulos continúan seduciendo a la imaginación: Pervertida, Coqueta, Señora Tentación, Perdida?

Es sintomático que los amores de La Doña y El Flaco diesen como resultado una canción de signo completamente opuesto: esa María Bonita que siempre pareció una caricia. La bellísima, la suntuosa despertó la vena más sensible, acaso la más cursi, del poeta, al tiempo que recibía un nuevo epíteto para la inmortalidad. Pues es cierto que, para muchos, María Félix continúa siendo María Bonita.

La pareja vivió cuatro intensos años de relación antes de contraer matrimonio, y La Doña confesaría que, durante este tiempo, se divirtió mucho. Encontraba sexy a su amante, pese a su fealdad y a la cicatriz que le cruzaba la mejilla, y que, al parecer, le acomplejaba extraordinariamente. De todos modos, ciertas parcelas de la diversión ?acaso las más canallas? quedaban aseguradas. Por lo demás, provocaban grandes revuelos cada vez que aparecían en público. No se podía alimentar mejor a dos egos a la vez.

Con el matrimonio ?a destiempo, sin duda? llegaron las tormentas.

Es posible que la muerte prematura hiciese por Negrete algo más que instalarle para siempre en la leyenda (ya conocen la canción: ?Te fuiste joven como los elegidos/ en plena gloria y en plena juventud?). Es probable que, además, la muerte le ahorrase el calvario que le tocó pasar a Agustín Lara. Según contó La Doña, resultaba tan pesado amante como músico insigne.

La pesadez de Agustín consistía en sus celos, algo de lo que nadie pudo acusar a La Doña, que siempre supo dar puerta a los sentimientos que pudieran incomodarla. ?Le quise mucho?, declaró, ?pero no a ciegas. Para eso hay que perder el control de la voluntad, y yo nunca me abandoné completamente a un hombre?.

Una de las escenas más violentas de la pareja se produjo cuando María regresó de Nueva York con unas joyas que le había regalado un admirador (!). Agustín reaccionó rompiendo más cosas de las que debía aun en trance de cornudo. En otra ocasión sacó una pistola y disparó contra la amada. Los celos se hicieron tan violentos que el romance más intenso de su tiempo acabó en el más sonado de los divorcios.

Pero La Doña, con su genialidad habitual, supo dar un giro al asunto medio siglo después, en la referida emisión televisiva. Aseguraba que se divorció de Agustín porque se iban a España, donde él era más famoso. ?Y yo no podía ir al lado de un hombre que fuese más famoso que yo?.

El músico llevó su infierno interior más allá del hogar y aun de la relación sentimental. Cuando La Doña ya estaba felizmente casada con su cuarto marido ?el banquero Alex Berger? firmó una gira por Estados Unidos cantando las canciones de Agustín con él mismo acompañándola al piano. Molesto por la curiosidad que su ex esposa despertaba, intentaba desviar la actuación en provecho propio, cuando no la interrumpía recriminándole que no cantase bien sus canciones. Pero ya se ha visto que ella no era mujer que dejase a un hombre la última risa. Cuando Agustín entonaba la conocida estrofa ?acuérdate de Acapulco, María Bonita, María del alma?, ella se echaba a reír delante del público dando a entender que no se acordaba en absoluto de aquellos ?días tan dichosos?. La Doña era capaz de desmontar hasta el pasado.

La egoista y el charro. Entre El Flaco y Negrete hubo otros hombres. Durante largas estancias en Francia, España e Italia ?lo que ella llamó ?la conquista de Europa?? se la relacionó con políticos, millonarios y algún torero, pero sólo reconoció sus amores con el escritor Jean Cau, en cierto modo su Pigmalión. Ella era una Eliza demasiado díscola para presentarse en Ascot con cualquiera que no fuese su propia, imperial voluntad, de manera que inició otro idilio afortunado en Buenos Aires, donde pasó tres años. En esta ocasión, su galán fue Carlos Thompson, con quien interpretaba el melodrama La pasión desnuda.

Él disponía de todos los atributos para complacer: era extraordinariamente apuesto, culto, refinado y pertenecía a una de las grandes familias de la buena sociedad argentina. Estuvo a punto de convertirse en el tercer mister Félix, pero, poco antes de la boda, La Doña le dejó plantado y regresó inesperadamente a México. Para asombro general, buscó cobijo en los brazos de aquel Jorge Negrete que la había despreciado durante el rodaje de su primera película.

Posteriormente, Thompson intentó hacer carrera en Hollywood, pero con escasa fortuna, ya que la política del cine de estudios y, por tanto, el star-system estaban dando sus últimos coletazos; así pues, recaló en Alemania, donde se casó con la actriz Lilli Palmer. Es notorio que, en su momento, le afectó mucho el abandono de La Doña (entre otras cosas, se enteró por los periódicos de su boda con Negrete). Al recordarle, ella tuvo una reacción característica: ?Supongo que mi partida fue un golpe demoledor para Carlos, pero tengo un egoísmo tan arraigado que ni siquiera me detuve a pensar en su frustración?.

Egoísta o no, se presentó ante el altar vestida de blanco, con modelo y peinado de indígena y joyas de precio. Tanto el novio como el banquete resultaron también purito mexicano. ?Qué menos!

La Doña ya no llegaba al matrimonio con las manos vacías. Podía aportar un mito de consideración semejante al de su marido, y este nuevo emparejamiento les colocaba a la altura de los dioses.

El pueblo supo verlo así, y los medios de difusión se encargaron de promocionarlo como un acontecimiento de alcance internacional, por lo menos en el mundo de habla hispana. Por si algo faltaba a la leyenda de María Bonita, llegaba el aporte del macho que fue y sigue siendo la gran voz de México, y que era además un ídolo de la gran pantalla. Baste con recordar los tumultos que se armaron en España cuando llegó para rodar Teatro Apolo. Títulos como Me he de comer esa tuna, Hasta que perdió Jalisco y la segunda versión de Allá en el Rancho Grande le convertían en el mensajero más risueño de la mística del rancho, una de las vertientes más conocidas del folclorismo que invadió el cine mexicano de la edad dorada. Pero como sea que Negrete nunca perdió su porte de gran caballero ?opuesto al populismo de un Pedro Infante?, se le ubicó también en asuntos sentimentales de ambiente decimonónico (como Historia de un gran amor), en historias de capa y espada (El juramento de Lagardere) y hasta en remedos del Siglo de Oro (como el insólito drama En tiempos de la Inquisición).

Sin alcanzar la reputación de mujeriego de Agustín Lara, El Charro Cantor disponía de su propia aureola romántica gracias a un primer matrimonio, del que tuvo una hija, y un largo romance con Gloria Marín, su compañera en varias películas de éxito.

La boda, que se quiso fiel al folclor nacional con un toque fashion, no anunciaba todavía ese envés del alma mexicana que se desarrolla en los vastos territorios de la muerte. Ni que la belleza que deslumbraba al mundo estuviese a punto de derivar hacia un pavoroso desfile de calaveras de Posadas. Dijo La Doña: ?Posiblemente, Jorge sabía que le quedaba poco tiempo de vida y quiso pasarse conmigo un año de lujo?. Plazo bien corto, en verdad, y más si se piensa que en el ínterin los dos artistas no dejaron de cumplir sus compromisos artísticos. Rodaron dos películas juntos, El rapto y un episodio de Reportaje, donde Negrete se permitía bromear sobre su hígado. Teniendo en cuenta que murió de cirrosis sin haber bebido en su vida, este episodio parece hoy una broma macabra.

La Doña atribuye su muerte a una serie de disgustos y preocupaciones provocados por su intensa participación en las luchas sindicales del gremio de actores. Para complicar la situación, se obstinó en aceptar una serie de actuaciones en Los Ángeles. Tuvo que ser internado a los pocos días, mientras La Doña se hallaba en París rodando La Bella Otero. Advertida por el equipo médico, se trasladó inmediatamente a Los Ángeles. Encontró a su marido en estado de coma.

Si apoteósica había sido la boda, más aún lo fue el entierro. El presidente Ruiz Cortines cuidó personalmente de que un avión de la American Airlines transportase a México al ilustre difunto. La capilla ardiente fue instalada en la sede del ANDA, en homenaje a su continuada lucha por los derechos de los actores. Otro ídolo nacional, Pedro Infante, abría con su moto el cortejo fúnebre, que fue seguido por 200.000 personas. El luto se extendió a los cines y teatros, que no abrieron sus puertas aquel día. Y todas las estaciones de radio repetían continuamente una de las canciones más emblemáticas de Negrete: ?Que digan que estoy dormido / y que me traigan aquí,/ México lindo y querido, / si muero lejos de ti?.

La voz popular, que gusta identificar a las estrellas con sus personajes, propagó todo tipo de historias respecto al papel que desempeño La Doña en la muerte de su esposo. ¿No era tan mala en las películas? Pues igual lo sería en la vida real. En España tuvieron gran aceptación los que la acusaban de haberle matado a disgustos. Y también tuvo muchos adeptos la historia del collar de esmeraldas.

Esta costosísima joya fue el regalo de bodas de Negrete, y aseguran que, para pagarlo, se vio obligado a vender su rancho. Aun así quedó a deber una elevada cantidad. Pasadas las ceremonias del entierro, un miembro de la familia reclamó a la viuda la famosa pieza, pero ella se negó en redondo a devolverla. ?Lo dado, dado?, exclamó.

Conociendo la desaforada pasión de La Doña, su respuesta no ha de extrañar a nadie. De todos modos, cuando ya estaba casada con el banquero Berges, éste redimió la deuda.

El corto romance entre El Charro Cantor y La Doña quedaría como una de las leyendas permanentes del cine mexicano. No fue la única vez que la muerte vino a truncar los planes de esa diosa que parecía tenerlo todo planeado. Su nuevo marido, que la llenó de felicidad y bienes materiales ?se recuerdan ciertas cuadras de caballos?, falleció inesperadamente. Y un golpe más duro que todos los demás, el indescriptible golpe, lo asestó la muerte al llevarse a quien La Doña consideraba el hombre más importante de su vida: su hijo Enrique Álvarez Félix, fruto de aquel primer matrimonio en los lejanos días de Guadalajara.

Pero ésta es otra historia, donde el amor maternal se hace un hueco impertinente en la voluntad de la que siempre se jactó de mandar en el amor.

Fecha: 06-10-2008
Hits: 117


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