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La novia de Frankenstein
Eclipsada en parte por la celebridad intelectual de sus padres y de su gran amor, el poeta romántico Percy Shelley, Mary Wollstonecraft Shelley fue la creadora del libro que inauguró la ciencia ficción y que aún hoy se erige como uno de los grandes relatos de horror de todos los tiempos. Sus logros literarios, sin embargo, caminaron de la mano con una vida golpeada una y otra vez por la tragedia.
Por Pablo Marín
Mary Wollstonecraft Shelley publicó su primer libro en enero de 1818. Fue a los 20 años, 30 meses después de empezar su escritura. La obra se llamó Frankenstein, o el Prometeo Moderno y -huelga casi decirlo- se convirtió en un clásico del horror, así como en la primera pieza de ciencia ficción digna de llevar esa etiqueta. Tal fue el impacto, que ya en vida su nombre estuvo indefectiblemente ligado a dicho título, como si no hubiese escrito otra cosa digna de mención. O como si su existencia no hubiese sido suficientemente acontecida.
El interés en la señalada obra derivó prontamente en una curiosidad casi malsana, que la propia autora debió encarar cuando le pidieron escribir la introducción de una nueva edición de la misma, en 1831. La pregunta que incesantemente le hacían era una sola: ?¿Cómo es que yo, por entonces una chiquilla, llegué a pensar y a desarrollar una idea tan espeluznante?? La interrogación tiene, naturalmente, una respuesta verosímil, que pasa por la inmersión en los mundos fantásticos que desde siempre albergó Mary en su imaginación, así como en un incidente particular junto al lago de Ginebra, en 1815.
Pero eso es apenas asomarse al misterio de Mary Shelley. La hija de dos figuras intelectuales y la esposa de un bastión del romanticismo británico que, sin embargo, no fue opacada por tanto prestigio en su entorno. La autora despreciada en ciertos círculos por cultivar géneros ?poco serios?, pero cuyo nombre sigue vigente dos siglos más tarde, allí donde tanto autor adorado por la academia ha quedado en el olvido. Y, ante todo, la mujer sensible y algo cándida, que tuvo la tragedia como compañía desde que llegó al mundo.
?No es raro que, siendo yo la hija de dos distinguidas celebridades literarias, pensara desde muy pequeña en escribir?, apuntó en cierta ocasión esta londinense, nacida como Mary Godwin el 30 de agosto de 1797, de padres políticamente ?de avanzada?. Mary Wollstonecraft es autora de Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792), donde aboga por la igualdad de sexos y funda las bases del movimiento feminista. El ideal del matrimonio, escribe, reside en la afinidad intelectual. Falleció a los 38 años, diez días después de dar a luz a Mary, por las malas condiciones de asepsia.
William Godwin, educado bajo los estrictos preceptos de una secta cristiana de origen escocés -los Sandemanian-, llegó a ser ministro de dicho credo, al que renunció en 1782, para convertirse en un escritor ateo que dirigió su atención a la ética y la política. En su tratado Enquiry Concerning Political Justice (1793), piedra angular del pensamiento anarquista moderno, se lee que ?la democracia es una vasija monstruosa y poco manejable?. Que ?cualquier gobierno es un mal, (?) un motor bruto que ha sido la única causa perenne de los vicios de la humanidad?.
Férreo partidario de la libertad individual y el amor libre, Godwin tuvo serios problemas para armonizar propuestas incendiarias con su vida personal. Sobre todo tras enviudar, cuando debió hacerse cargo tanto de Mary como de Fanny, hija que su fallecida esposa tuvo en una relación anterior. Padre afectuoso, se sentía, sin embargo, ?no apto? para educar a las pequeñas sin la ayuda de una esposa. De hecho, atribuyó a esta ?incompetencia? su decisión de casarse nuevamente, esta vez con su vecina Mary Jane Clairmont.
La señora Clairmont se reveló, por su parte, menos comprometida que su predecesora con la educación de las pequeñas. Menos, en todo caso, que con sus propios hijos (Charles y Jane, quien más tarde se cambiaría el nombre a Claire) y que con William, el hijo que tuvo con Godwin, quien cumplió así el sueño de tener un varón, dolorosamente frustrado con Mary. Según Johanna Smith, responsable de la más reciente edición crítica de Frankenstein (Bedford/St. Martin?s, 2000), ?es difícil saber si Clairmont fue de hecho una ?madrastra malvada?, pero ciertamente Mary sintió que la nueva Sra. Godwin tenía un resentimiento hacia ella?.
La ex señora Clairmont consideraba que lo mejor era borrar hasta el menor rastro de su predecesora. Pensaba también que la actitud del señor Godwin hacia Mary rayaba en el ridículo: ¿Por qué la trataba como porcelana asiática, sólo porque quedó sin madre a los diez días?
Según la biógrafa Eileen Bigland, ?para la señora Godwin había algo irritante en esta niña solemne y debilucha, con su mirada pensativa. No perdía oportunidad de regañarla. Le decía que era lenta, tonta, inútil y egoísta?. A los ocho años, era ya una niña introvertida y solitaria, que había desarrollado una manía persecutoria que la acosaría el resto de su vida.
La mejor defensa de Mary eran las palabras, aparte de los sueños. En el señalado texto de 1831, recuerda que su ?pasatiempo favorito era escribir historias?. Y dice que tenía un placer aún mayor que ése: ?formar castillos en el aire, entregarme a soñar despierta, seguir cadenas de pensamiento, cuyo tema era la sucesión de incidentes imaginarios. En cierto momento mis sueños eran más fantásticos y agradables que mis escritos (?) Lo que escribía al menos se dirigía a otros ojos, pero mis sueños eran sólo míos, no se los contaba a nadie. Eran mi refugio cuando estaba enojada? y mi mayor placer cuando me sentía libre?.
Lo anterior no evitó, sin embargo, que los abusos verbales de la madrastra perjudicaran su sistema nervioso. Preocupado, su padre la envió a Dundee, Escocia, a la casa de un hombre de negocios con el que conservaba cierta amistad. Se fue en junio de 1812 y sólo regresaría, muy a su pesar, dos años más tarde. En medio, su padre se había convertido en objeto de admiración ?y frecuentes visitas? por parte de Percy Bysshe Shelley, poeta expulsado de Oxford por escribir un folleto favorable al ateísmo.
Shelley, quien llegaría a integrar junto a Lord Byron y John Keats la segunda generación romántica, era el hijo de una familia acaudalada de Sussex, lo que no es un dato menor. En una situación de creciente bancarrota, el señor Godwin necesitaba reponerse de la sangría producida por un inconducente negocio de edición de cuentos infantiles, impulsado por su segunda esposa. Y Percy se convirtió en el amigo perfecto: para sacarlo de un apuro, se comprometió a conseguirle 1.200 libras (de aquella época). Pero no le saldría barato a Godwin.
Mary, apenas vuelta a casa con sus 16 años, se sintió inmediatamente atraída hacia el poeta que, alto y robusto, aún parecía un escolar pese a los cinco años que le llevaba. Usaba ropa cara, aunque su aspecto era descuidado y sus prendas parecían dos tallas menos que lo correspondiente. Pero ni su apariencia ni su vocecilla aguda, afectaron la adoración que sentía la muchacha por este compañero de paseos, con el que discutía de arte, filosofía y literatura al pie de la tumba de Mary Wollstonecraft.
Su padre estaba molesto: Percy sostenía correspondencia con Fanny, la media hermana de Mary. Más aún, estaba casado. Y había caído en la desfachatez de hablar mal de su mujer, Harriet, con quien ya tenía un hijo. A esas alturas, y en medio de su ansiedad por las 1.200 libras prometidas, Godwin padeció el choque entre lo que imprimía en sus libros y su rigurosa formación cristiana.
El no era como los románticos, que querían ?vivir románticamente?, boicoteando la razón y rindiendo culto al instinto y a lo espontáneo. Pero Percy sí lo era. Al enterarse de las correrías de la pareja, Godwin olvidó la rabiosa defensa del amor libre que expuso en su Political Justice, y prohibió a Mary ver al poeta, al punto de convertirla en prisionera en su propio cuarto.
El 6 de julio de 1814, menos de dos meses después de conocer a Mary, Percy Shelley apareció con el dinero, pero le pidió a Godwin dejarlos a ambos emprender la huida. Godwin tomó las libras, pero prohibió al poeta ver nuevamente a su hija. Esta, en un arrebato de ingenuidad, sugirió que ambos se fueran a vivir con Harriet, que ya esperaba un segundo hijo de su marido: ?¿Por qué no vivimos todos juntos. Yo como su hermana, ella como su esposa??.
La madrugada del 28 de julio, la pareja huyó, acompañados de Jane, la hermanastra de Mary. El destino era Suiza donde, obviamente, vivirían felices para siempre.
El monstruo y la tragedia
Pero la nueva vida no fue del todo fascinante. Escondido de sus acreedores ?y preocupado además de coquetear con la desequilibrada Jane, que ahora se llamaba Claire?, Percy tenía más bien abandonada a Mary, quien el 22 de febrero de 1815 tuvo una pérdida en el primer semestre de embarazo. Once meses más tarde, dio a luz a un pequeño al que llamó William, en memoria del padre que ahora no quería saber de ella.
Poco después del nacimiento, la pareja fue invitada al lago de Ginebra, a reunirse con Lord Byron, quien hizo buenas migas con Percy: ambos conversaban de magia, supersticiones y fenómenos sobrenaturales. Una noche, lluviosa como casi todas, empezaron a leer colectivamente un volumen alemán llamado Fantasmagoriana. Tal fue la impresión en los presentes, que Byron sugirió que todos escribieran una historia de fantasmas.
Pasaban los días y Mary no conseguía dar con la suya. Hasta que una noche presenció una conversación entre Shelley y Byron acerca del principio de la vida y de si éste podía ser descubierto. Hablaron de los experimentos del Dr. Erasmus Darwin (abuelo de Charles) y del galvanismo: la propiedad de excitar, por medio de la corriente eléctrica, nervios y músculos de animales vivos o muertos. ¿Podría el hombre convertirse en Dios y crear vida? Ahí llegó la idea.
Esa noche, recuerda Mary, ?Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no pude dormir, tampoco podría asegurar que estuviese pensando. Mi imaginación, sin yo requerirlo, me poseyó y me guió, dotando a las imágenes que surgían en mi mente de una intensidad que estaba más allá de las fronteras del sueño. Vi -con los ojos cerrados, pero a través de una aguda visión mental-, al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre yacente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso (...).
Al día siguiente, ya tenía las primeras palabras: ?En una triste mañana de noviembre?? Corría junio de 1815. A instancias de Byron y Shelley, Mary amplió el relato breve, que fue objeto de sucesivas expansiones y reescrituras, incluso después de la edición ?oficial? de 1818. La novela cuenta la historia de Victor Frankenstein, joven suizo que llega a estudiar a la universidad alemana de Ingolstadt. Interesado en antiguas visiones ocultistas de la ciencia, se obsesiona con la posibilidad de inyectar vida a la materia inerte. Pero cuando finalmente lo consigue, abomina de su creación.
Hasta el día presente, la obra no ha cesado de generar interpretaciones. Impregnada del romanticismo ambiente, plantea que la racionalidad científica puede volverse contra sus propios creadores. Con ello, anticipa los temas de la ciencia ficción y genera el primer gran mito de la era industrial. Ha llegado incluso a especularse que el monstruo creado por ella es un alter ego de la propia Mary, el ser ideal en que la quiso convertir de su padre, convertido en un engendro desdichado.
Sin embargo, Frankenstein contiene un aspecto aún más brutal. En el libro el científico tiene un hijo llamado William, tal como el pequeño cuya cuna mecía Mary al momento de escribir. El niño se encuentra con el monstruo, quien al enterarse de quién es su padre, le da muerte. ?Es casi increíble?, anota Eileen Bigland, ?que una joven y dedicada madre haya inventado una escena tan temible?. Más terrible ?y hasta profética? resultó tras el fallecimiento de su amadísimo William en 1819, cuando el pequeño sólo tenía tres años y medio.
Y no sería la única tragedia. Su media hermana Fanny se suicidó en octubre de 1816. Dos meses más tarde, Harriet, la esposa de Percy, apareció muerta en un río (con lo cual Mary pudo finalmente convertirse en la señora Shelley). En septiembre de 1817, dio a luz a Clara, que fallecería un año más tarde, tras lo cual entró en una severa depresión. Pero faltaba más: el 8 de julio de 1822, un mes después de haber tenido una nueva pérdida, ve cómo Percy sale a navegar, en medio de una tormenta, en la bahía toscana de la Spezia. No volvería con vida.
Tras la muerte de su esposo, Mary vuelve a Londres junto a Percy Florence Shelley, el único hijo sobreviviente. Por entonces, escribió a una amiga que ?todo lo que pudo haber sido brillante en mi vida ha sido saqueado?. A partir de entonces se consagra a su hijo y a convertirse en la editora de los trabajos del difunto Percy Bysshe Shelley.
De no ser por la fama abrumadora que le dio su opera prima, quizá hoy se recordarían sus demás trabajos de ficción. Sobre todo The Last Man (1824), la historia del único sobreviviente humano de una plaga que devastó a Europa, y que bien pudo anticipar éxitos recientes del cine, como Exterminio. Pero la suerte ya estaba echada. Sin haber vuelto a compartir su corazón con otro hombre, Mary Shelley murió a los 53 años, el 1 de febrero de 1851.
Fecha: 20-11-2008
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