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El arte de ser amada
Sin mucha consideración, algunos contemporáneos la llamaron ?la viuda de las artes?, por su relación con Gustav Mahler, Walter Gropius, Oskar Kokoschka y Franz Werfel. Pero el hecho es que pocas mujeres merecen tanto como esta vienesa el calificativo de musa. Belleza inquieta, obsesiva y contradictoria, su nombre es ineludible al historiar el desarrollo cultural europeo del siglo pasado.
Por Pablo Marín
A mediados del año 2001, el director australiano Bruce Beresford -cuyo filme Conduciendo a Miss Daisy ganó el Oscar a mejor cinta de 1989- presentó en EE.UU. Bride of the wind (La novia del viento), biografía de Alma Mahler que toma su nombre de un cuadro pintado por Oskar Kokoschka después de que Alma le prometiera desposarlo si creaba una obra maestra. La película no tuvo buena estrella: la crítica la destrozó lo que derivó en una corta vida en salas.
Pocos se enteraron de la existencia del filme y menos aún supieron que la banda sonora incluyó tres temas compuestos por Alma. Tempranamente etiquetada como musa encumbradora de las carreras de quienes fueron sus parejas, ?la mujer más bella de Viena? -como se la conoció en su minuto- tuvo su lado creativo, pero la posteridad se ha encargado de enterrarlo. ?El drama estriba en que Alma no cree en su talento?, anota su biógrafa Fran?oise Giroud.
?Mi vida fue bella?, escribe en su libro Mi vida, de 1959. ?Dios me dio la oportunidad de conocer las obras geniales de nuestro tiempo antes que abandonaran las manos de su creador. Mi destino es bendito y justificado por habérseme permitido, aunque fuera por un tiempo, sostener con mis manos los estribos de esos caballeros de la luz?.
Como síntesis, el pasaje anterior es dulce y autocompasivo. Omite, en consecuencia, los toques trágicos y las múltiples contradicciones envueltas en una existencia que, al decir de Alma, ?fue, a pesar de todo, rica y desmedidamente hermosa?.
Mi padre era un genio?, escribe Alma en Mi vida, dejando pocas dudas acerca de su admiración incondicional por el pintor paisajista Emil Jakob Schindler, quien gracias al mecenazgo de príncipes y nobles viajó por Europa junto a su familia, llevando una romántica vida de castillos y fiestas. Falleció cuando Alma cumplía los 13 años y décadas más tarde, el propio Sigmund Freud diagnosticaría un claro complejo de Electra. ?Trata de encontrar a su padre como principio espiritual?, comenta.
Disgustada con su madre -la cantante Anna Bergen- por haberse casado con un discípulo de Schindler, Alma asistió muy poco al colegio, pero desarrolló una gran gama de intereses. Era una lectora compulsiva, aficionada a la escultura y consumada wagneriana; estudiosa del contrapunto, devoradora de partituras y fanática de Nietzsche. Su mentor es el jurista Max Burckhard, insigne hombre de teatro, quien bien podría ser su padre? si no fuera porque se ha enamorado de ella (el primero de muchos). Alma mantiene las distancias, pero no ocurre igual con Gustav Klimt, ?el príncipe de los pintores?, innovador y ?escandaloso?, que le dobla la edad.
?Alma es bella, inteligente, espiritual, posee todo lo que un hombre puede exigir de una mujer, y todo ello en abundancia?, escribe Klimt en propia defensa, después de que le fuera prohibido ver a la joven. El asunto no puede llegar más lejos y ella enloquece ahora a Alexander von Zemlinsky, profesor de música y compositor. Ella lo considera un ?gnomo repelente?, pero celebra su inteligencia y personalidad fuera de lo común, característica sine qua non de sus sucesivos amantes.
Como anota Giroud, Alma ?arde en un fuego que muchas veces la consumirá?. Pero no se entrega a Zemlinsky, aunque sabe atormentarlo: le pregunta por sus pasadas relaciones y cuando él las admite, ella se enfurece. Giroud prosigue: ?Alma, la diosa, no puede tolerar que otra mujer hubiese ocupado, aunque fuese fugazmente, los pensamientos, el corazón, los sentidos de quien pretende amarla?.
Con el cambio de siglo, Viena asoma como centro artístico-cultural de Europa. Liberales y socialistas parecen claudicar en la lucha por el poder político y se vuelven a los cafés y la bohemia. Un mundo en el que pululan Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Leon Trotski, Sigmund Freud y, el más controvertido, Gustav Mahler, quien dirige con mano implacable la Opera Real de Viena que depende directamente del emperador.
Alma Schindler, que lo conoce tras un concierto de febrero de 1901, nunca llegará a ?tragarlo? como compositor, tampoco a considerarlo un adonis -nadie podría-, pero sí como un director insuperable, y siente que ?en él sólo hay oxígeno y uno se quema apenas se le aproxima?. Más aún, cuando Mahler parece derrotado por una enfermedad, ella anota en su diario: ?Le protegeré como a un niño? Sanará gracias a mi juventud y fuerza, mi querido amo y señor?.
Gustav, por su parte, golpea la mesa con una insólita carta fechada el 19 de diciembre de 1901, dirigida a ?Mi muy querida Almschi?. Veinte años mayor que ella, conoce los apetitos creativos de su amada y por ello le aclara: ?Tú no debes tener más que una profesión: la de hacerme feliz. Los papeles en esta presentación deben estar bien repartidos. Y a mí me incumbe el de ?compositor?, el de quien ?trabaja?. El tuyo será el del compañero, del camarada comprensivo?.
Su madre, Anna, lee la carta y la conmina a romper la relación. Ella hace lo contrario. En diciembre se ponen de novios y se casan en marzo del año siguiente. La progresiva distancia que los amigos de Mahler toman respecto de ella ?considerándola demasiado libre en su comportamiento, su lenguaje y su vestuario- no ha sido obstáculo. Tampoco el singular antisemitismo de Alma, que pese a todo se casaría con dos judíos (Mahler y Franz Werfel). Giroud aventura una explicación: cuando Alma dice que no puede vivir sin judíos es porque ?los judíos eran, por alguna razón desconocida, ?inferiores?, y ella se siente deliciosamente superior?.
El caso es que ella ?que no duerme en la misma habitación- administra las desordenadas cuentas de su marido, copia partituras y procura darle las mejores condiciones de trabajo. En medio de la abnegación de la joven que hasta entonces vivía despreocupadamente, nacen dos hijas: María y Anna. Esta última, siguiendo el ejemplo materno, se casará y divorciará cuatro veces.
Pero Alma no siente un instinto maternal. Cree, por el contrario, que le han cortado las alas y empieza a beber en cantidades importantes. En 1907 fallece María y la salud de Gustav se remece. Los viajes de la pareja, sobre todo los que hacen a EE.UU., alivianan las cosas, pero sólo un poco. Alma experimenta la sensación de que no puede seguir con la abnegación que le exige su esposo.
En junio de 1910, Alma llega a las termas austríacas de Tobelbad para recuperar la salud, pero termina conociendo al joven Walter Gropius, arquitecto cuatro años menor que ella que más tarde fundaría el seminal movimiento Bauhaus. Con él vive ?una noche que sólo ha sido turbada por la luz del amanecer?. Después, intercambian una ardiente correspondencia que termina con una carta que él dirige, inexplicablemente, a Gustav Mahler.
El compositor se muestra ?civilizado? y conversa con Gropius, tras lo cual Alma seguirá junto a su marido (pese a ello mantiene un adulterio culposo, con la ayuda de su propia madre). El músico, de hecho, se comporta ahora más comprensivo que nunca, dándole una posición de poder que ella nunca había tenido. Gustav Mahler muere en 1911, tras lo cual y durante 53 años, ella cargará el estandarte de ?la viuda de Mahler?.
Con Gropius, a quien terminaría desposando en 1915, la relación se congela. Más todavía después de conocer, en 1912, al pintor impresionista Oskar Kokoschka, a quien cierta prensa califica como ?degenerado?. ?Desde que su carne es feliz gracias a un hombre cuyo talento la impresiona?, escribe Giroud, ?ella está más tranquila?. Pero él es tanto o más obsesivo que ella y la relación se torna inmanejable. Sólo la I Guerra Mundial, para la cual Kokoschka se enlista ?al igual que Gropius-, le da un respiro.
En 1916 da a luz a su hija Manon Gropius y en 1918 a Martin, inscrito como hijo del arquitecto, pero que bien podría serlo de su amor más duradero, el escritor Franz Werfel, considerado en su época un equivalente de Thomas Mann y serio candidato al Nobel. Lo conoció en las tertulias dominicales que organizaba y a las que asistía lo más selecto de la intelectualidad vienesa. Martin murió antes de cumplir un año, Gropius volvió al frente y Alma y Franz, casados, comenzaron una vida juntos.
Estuvieron juntos hasta que él murió en 1945, en California. Entre medio, vivieron las conmociones políticas locales ?de la proclamación de la república hasta la anexión dirigida por Hitler-, pero para Alma el centro de la historia era ella misma. Alma también padeció la muerte de Manon, en 1936, y dos años antes vivió un insólito affaire con el sacerdote Johannes Hollensteiner, a quien todos daban como futuro cardenal de Viena.
Con la II Guerra Mundial, la pareja vivió infinitas pellejerías hasta llegar a EE.UU., donde vivirían por el resto de sus vidas. Werfel ganó una nueva fama y ella se colmó de homenajes a la memoria de Mahler. Y también a ella misma. Aunque el atractivo de la juventud ya había cedido, Alma siguió siendo una fuente inagotable de seducción. Quizá sin los pretendientes que en el pasado amenazaban con el suicidio si ella los ignoraba. Pero la musa mantuvo su estatura hasta el final, certificado el 11 de diciembre de 1964.
Fecha: 05-10-2008
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