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Categoría Grandes Mujeres - Mujeres que hicieron historia

Tzu Hsi (1835-1908)


La última emperatriz
Por Pablo Marín

Reza cierta leyenda que poco después de que los manchúes se hicieran del poder en China, sustituyendo la dinastía Ming por la dinastía Ching (1644), fue descubierta en los bosques del norte de Manchuria una antigua inscripción en mármol. En ella se advertía acerca del fin de la naciente dinastía, y más aún, de la ruina y la destrucción de la nación. No se precisaba la fecha, pero se decía que dicho colapso sería obra de una mujer: Yohonala, o Yehenara (es decir, de la tribu Yehe, del clan Nara).

Para 1912, cuando llegaron a su fin los dos milenios de régimen imperial en el gigante asiático, había ya en quien depositar la culpa: en Tzu Hsi (pronúnciese ?tsushi?), la mujer de oscuros orígenes, que había muerto cuatro años antes, tras regir los destinos de sus compatriotas, directa o indirectamente, por casi medio siglo. Uno de los reinados más extensos en la historia china y, ciertamente, el más prolongado entre las tres mujeres que ocuparon el cargo en dos mil años.

Pero dicha leyenda es apenas una de las muchas que se tejieron en torno a Tzu Hsi -o Cixi, más cercano al mandarín, que pronuncia su nombre ?Shishi?. De hecho, las que circulan en Occidente son aún más feroces, entre otras cosas porque suelen vestirse con los ropajes del rigor histórico. En virtud de ellas, La Última Emperatriz no habría sido más que una astuta y despiadada fabricante de intrigas, a quien no le tembló la mano para dar muerte al emperador del que fue concubina, a su propio hijo, a su nuera y todo aquel que se cruzara en el camino.

En años recientes, sin embargo, la leyenda negra ha debido confrontarse con los hechos. El historiador Sterling Seagrave, en su libro Dragon Lady (1993), deja ver que buena parte de lo que se ha escrito acerca de Tzu Hsi en el siglo XX ?incluso en China- deriva de los infundios aparecidos en dos libros publicados por el sinólogo Edmund Backhouse, entre 1910 y 1914. Ambos, basados en presuntos diarios de un funcionario de Beijing, pintan detalladamente a un monstruo sanguinario, obsesionado por el poder y que no toleraba la menor oposición.

Estos retratos le vinieron bien a la conciencia imperial británica ?para justificar su violenta incursión en China- y más tarde a los revolucionarios locales, interesados en reconstruir convenientemente el pasado. Pero tiende hasta hoy un manto sobre un personaje que, enfrentado a mil intrigas palaciegas, no fue una monja de la caridad. Aunque tampoco la protagonista de la infamia que se ha pretendido.

No sé sabe con qué nombre ni en qué lugar nació, el 29 de noviembre de 1835. Hija de un oscuro oficial manchú, poco se conoce de su infancia, aparte de que tuvo tres hermanas y un hermano que sobrevivieron hasta la adultez. Pese a ello, se han forjado historias sobre su condición de esclava sexual, y otras que afirman que cantaba en la calle para ayudar a su familia. De gran belleza, delgada, brillantes ojos negros y labios bien formados, así como una sonrisa que llamaba la atención de hombres y mujeres.

A los 16 años, estos rasgos contribuyeron a que fuese llamada a integrar el harem de concubinas del emperador Hsien Feng, lo que significaba dejar la familia e ir a instalarse a la mítica Ciudad Prohibida, donde la vida para una mujer solía ser mejor que fuera de ella. La Ciudad Prohibida constaba de un palacio exterior, donde el emperador realizaba sus audiencias, y uno interior ?rodeado por doce jardines-, donde vivían las esposas y concubinas. Estas últimas eran llevadas para satisfacer los apetitos carnales del ?Príncipe Celestial?, y para aportar un heredero, en el caso de que la primera esposa no lo consiguiera. En el caso de que una concubina diera a luz un varón, podía llegar a ser una esposa a título completo, desplazando incluso a la que en dicho momento fuese la ?oficial?.

Hsien Feng contaba con una emperatriz, dos consortes y once concubinas de distinto rango. Sometido a una compleja disciplina sexual, no había razón para que tuviera miramientos con la recién llegada, quien vio postergada la posibilidad de intimar con el emperador por cerca de cuatro años. Según Keith Laidler, en su biografía The Last Empress, Yehenara habría dedicado esos cuatro años y más a estudiar las enseñanzas amatorias del taoísmo.

El emperador, tras ?descubrirla? finalmente, habría quedado prendado de ella. Seagrave aclara que este cuadro duró unos pocos meses, los suficientes como para que la joven de 19 años se embarazara. En abril de 1856 dio a luz a un varón, que llegaría a conocerse como el emperador Tung Chih. Este ?golpe de suerte biológico?, agrega el historiador, la llevó a ser una figura de importancia única para la sobrevivencia de la dinastía. Pero también a partir de esa época, por la confusión entre ella y la concubina de la cual se enamoró el emperador -Li Fei-, sería culpada de convertir a éste en un borracho y un drogadicto, y finalmente de causarle la muerte, que se verificó en 1861.

Fecha: 20-11-2008
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