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sergio badilla castillo
Veremos el sendero, o el arenal desde la orilla de la playa,
al rozar con mi piel la luz y la sombra de mi urbe,
las demarcaciones despobladas de la barriada
en que nacimos, casualmente
Ocurrirá la traición y tendrá la vivacidad de tus sentidos
y no habrá redención irrevocable ni en Sevilla, ni en Toledo
para que el atrevido atormentado frag?e su fuga
y en las noches serenas bajo la luna, espere afligido
tu llegada
Los que me vieren no darán cuenta de mi melancolía
porque / en verdad / quedaré solo en esta diáspora
Miraré el camino, o las dunas desde la borde de la costa
al acariciar con mi tez el resplandor y la oscuridad de Córdoba,
los umbrales desolados de mi descendencia.
Qué maldad monstruosa negarme el pan y el agua
cuando huía entre desfiladeros y barrancas
La señal de los augurios que escucharon los viejos sefarditas
en devota nostalgia
para ser perseverantes a la tradición y a la metáfora.
La fatalidad se afianza en la fea muchedumbre
que nos persigue e intenta darnos caza
como un bulto pestilente que alguien tira en la quebrada
¿Por qué agonizan aquellos que predican la Torá?
si todo individuo tiene derecho a un rincón donde tirar sus huesos
Se cumplirá la infamia y poseerá la sagacidad de tu olfato
y no poseerá la virtud de cambiar la ofensa ni en Sevilla, ni en Toledo
para que el osado hostigado forje su huida
o tenga la legitimidad de un suelo.
Fecha: 06-09-2008
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