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sergio badilla castillo
Siguen por debajo, perceptibles, jardineras pardas, y mi moscona no entiende si aquellos hervideros de hormigas son insectos enloquecidos o desde el inicio una tropa de áticos en retirada, escarmentados por la muerte en la lidia o por el infortunio que sigue a la derrota. Mi abejorra les grita a boca suelta que están perdidas como Solón el Arconte, y las victoriosas expulsan de su hormiguero a las vencidas como lo hacen las huestes espartanas con los combatientes de Atenas.
Detrás de cada cumbre hay sombra al término del día, algunas guerreras se adelantan en la angostura de las ramas para enfrentar a los hoplitas invasores y aprovechan las burbujas de aire para tener más gallardía. La savia fluye como aguardiente lento y turba y desconcierta a las bélicas que aún sobreviven en esta lucha feral, entre clanes homéricos.
Las vencedoras enseñan sus tenazas, y dejan escapar imperceptibles chirridos espartanos de júbilo para celebrar la victoria. Se apoderan del templo de Artemisa repleto de manjares y hongos fermentados. La reina no tiene salvación y espera tranquilamente la muerte, en su aposento.
Mi moscardona mira desde la altura el desenlace de la guerra. Esparta invade Atenas está vencida .La anarquía de artrópodos borrachos, es ciclópea, con sus palpos desplomados y sus apéndices sangrantes. Ya hay una nueva tribu de que habita en este territorio vegetal que manda Clístenes cuajado de peligros, en el jardín de Epicuro. Hoy los olímpicos liban néctar de higos y zumo dulce de hojas verdes. Mi abejona, percibe tenuemente la romanza himenóptera de los triunfadores, sin olvidar que su práctica es espartana.
Fecha: 02-12-2008
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