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sergio badilla castillo
La efigie liberada de un sueño, con sus pechos manoseados
por el agua
aún flota, con sus colores deslucidos en las olas que surgen
repentinas y salobres.
Ella mantiene, sin embargo, su parsimonia como una navegante
que se ha zafado de una larga servidumbre
y disfruta de un viaje interminable.
Así la marejada la distingue de otros cuerpos a flote
El viento huele a salina, a aromas de azahar, esencias de naranjo y al penetrante olor de los inciensos o perfumes de Arabia.
Un cuchicheo entre gaviotas parece despertar a la mujer nauta
atemporal e indiferente con su figura de cariátide, de espaldas
Es un día apagado de invierno en el sur del Mediterráneo.
La veo desde la orilla de las islas de Galite frente a la vieja Cártago
y mi vista alcanza sólo hasta donde el malecón se suaviza con el mar,
en la bruma tardía y en la penumbra de las balandras
varadas a contraluz, en la arena
Le grito desde la playa para saber si me escucha, en griego, en noruego o en holandés antiguo
Es una propuesta de amor o una loca alucinación lo que me afana
cuando una bandada de petreles aventura
abordar a un raudal de calamares y de peces.
¿cuántas miles de travesías lleva esta princesa de armadura vegetal?
Ella conserva su sobriedad como una musa rutilante a la deriva
que se deleita de la navegación ya que
se ha desprendido,
hace unos siglos,
de un prolongado cautiverio en una galera romana.
Fecha: 06-09-2008
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