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En el inventario de las quejas que posee toda pareja que ha pasado más de algunos años juntos, ocupa un lugar destacado el reclamo afectivo.
Particularmente son las mujeres las que sienten como carencia una cierta inexpresividad emocional por parte de sus cónyuges. Esta condición negativa ha sido tomada como una característica casi ineherente a la masculinidad, por lo que vale la pena ejercitar algunas reflexiones sobre el particular.
En el pasado, en general, se pensaba que ser varón o ser mujer era una condición derivada de la superposición de características ligadas a elementos principalmente biológicos. Recién a partir de las últimas décadas se ha profundizado en los determinantes sociales y culturales de la feminidad o la masculinidad, entendiéndolos como una resultante de un proceso de formación y no como un producto inmutable presente al momento de nacer.
Definitivamente no hay una forma natural de ser varón o mujer, aunque así lo parezca, sino distintos modos culturales de construir estas condiciones. Esta afirmación no es menor, ya que si la tomamos en cuenta, nos llevaría a revisar todo lo que se ha afirmado lapidariamente sobre las particularidades irreconciliables de varones y mujeres. Sus diferencias han sido objeto de innumerables listados y de no pocos libros de autoayuda, que llevaron a pensar que efectivamente podíamos provenir de distintos planetas.
La naturaleza femenina y masculina se definieron por oposición: la ternura para ellas, la agresión para ellos; la capacidad de comunicación afectiva por oposición con la introspección masculina. Y así hasta el infinito.
Lo concreto es que al momento de nacer varón la expectativa sobre las capacidades emocionales quedaba limitada por una especie de condicionamiento genético-neuronal, gran invento que poco tiene de cierto. Nada hay en la naturaleza masculina que la haga menos sensible, pero, sin embargo, la resultante aparente es así. ¿Entonces dónde está el misterio de la producción de este ser limitado emocionalmente? La respuesta se sitúa en la cultura y en las personas que la transmiten, a partir de modelos internalizados durante su propia vida, en un ciclo que se reproduce generación tras generación, y que cambia, pero muy lentamente.
Aquí llega el momento de echarle la culpa a alguien, lo más cercano y fácil es tomárselas con la propia madre. ¿Quién si no? Ellas educan varones para ser como aquellos con los que viven, conocen y aman. Forjan un proyecto masculino que no debe ser un bebé, ni una mujer ni un maricón. Porque si se lo piensa bien, un varón se construye a partir de negaciones más que de afirmaciones. Circula un chiste de madres judías que dialogan animadamente sobre cómo sus hijos les demuestran su amor. La primera afirma que su hijo la quiere tanto que anualmente gasta una pequeña fortuna en invitarla a viajar por distintos lugares; la segunda, para no ser menos, afirma que su hijo gasta muchísimo en invitarla a restaurantes de moda; la tercera acepta que todos esos son gestos valiosos, pero que su propio hijo es simplemente único, porque va a un sicoanalista tres veces por semana desde hace dos años, sólo y exclusivamente a hablar de ella.
Seamos clementes con nuestras madres, o con el resto de aquellas mujeres que nos transmitieron los principios esenciales de la masculinidad, y que hoy, encarnadas en nuestras propias parejas, nos reclaman mayor expresividad afectiva.
Gran paradoja, ¿Habrán cambiado tanto generacionalmente estas nuevas mujeres? ¿Se habrán desprendido ya de su papel de forjadoras de machistas? Y, definitivamente, ¿serán sembradoras de la entrega emocional en sus propios hijos?
Hasta aquí parecería que el padre tiene poco que ver con este proceso. O que la pareja constituída por ambos tampoco es primordial. O que los pares y la cultura no transmiten modelos que lentamente configuran una forma de ser y actuar. Todos esos elementos se combinan y se entrecruzan.
Lo nuevo resulta de comprender que nada es natural e inmutable, y que en la vida de los varones su educación sentimental es el eje determinante de la apertura o cierre posterior a las experiencias afectivas.
La sensibilidad se construye, como cualquiera de las condiciones que nos hacer ser humanos, y es a partir de ella que se desarrolla la capacidad de conexión profunda con otro, base esencial de la intimidad.
Cuando se reclama por la inhabilidad expresiva de los varones, y destaco la palabra inhabilidad y no incapacidad, se debe tener en cuenta que como toda función individual, ésta es posible de aprendizaje, y es en este punto donde reside el secreto del cambio. Las habilidades emocionales se desarrollan, pero para ello el primer paso es la conciencia de su valor en las relaciones de pareja. Si así se las entiende, los varones pueden abrirse a nuevas experiencias de contacto, iniciando un círculo virtuoso de ternura, que obtendrá las mayores recompensas en el intercambio amoroso.
Fecha: 13-10-2008
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