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No hace 30 segundos que estoy en su departamento e Isabella ya me tiene en su cama, desnudo, salvo el calcetín derecho. Lleva una bata negra de raso que al quitársela deja al descubierto el mejor tesoro del sur de Italia: un cuerpo moreno, de guitarra. Y, válgame Dios, un portaligas de encaje (sí, dije un portaligas de encaje). Pataleo para librarme del maldito calcetín guacho. ?Facciamo qualche peccatuccio, tesoro?, me dice ella, trayendo en sus manos un pañuelo de seda negro. Cubre mis ojos y me rindo.
Y ahí estoy, sin ver absolutamente nada, mientras me esparce una sustancia viscosa por el estómago y los muslos. Siento su lengua tibia, pausada y horny (acabo de aprender esa palabra, en un sitio web que consulté para inspirarme). Los vasos capilares se me disparan. ?Piano, pianino?, me pide. ?Piensa en algo feo, piensa en algo feo?, me concentro, para no decepcionar tan pronto. Intento focalizarme en el calcetín, pero justo cuando lo hago el muy traidor resbala de mi pie hasta caerse.
Isabella sigue avanzando y ahora deduzco que esgrime un hielo. A punto de entrar en convulsiones, trato de recordar el e-mail que me llegó el otro día a la revista, el veintiúnico feedback que he recibido de una lectora. La amable mujer me pedía no sé qué consejo para no sé qué tranca de su esposo. Quedé lelo. Como si tuviera alguna autoridad para dar lecciones sexuales. Imagino una probable respuesta: ?Muy respetable señora mía: esparza crema chantilly sobre el susodicho y aplique. Míreme a mí ahora, si no cree?. Lo descarto. Seguro mi jefa me echa por puerco. Mi jefa. Bingo. Voy a recordar todas las veces que me reta mi jefa. Uff, Isabella. Uff, mi jefa.
Isabella hace una pausa para atarme las manos a la cama. Ahora la escucho destapar una botella. Se sube sobre mí y tiernamente me guía para beber el efluvio que resbala de su cuerpo. ?Champaña, Don Perignon Pinot Noire... Mmm, vintage 1992?, bromeo. Ella no: quiere que le hable marranadas, que desempolve los más irreproducibles piropos chilensis. Lanzo uno especialmente cerdo que le dijeron el otro día a la Ale, cuando la muy pava cruzó frente a una construcción (obvio). ?Muy respetable señora mía, post-script: No olvide palabrotear a su esposo, verá que es horny?.
Isabella por fin me quita el pañuelo. Hambriento, me lanzo cual Bill Clinton. La atraigo hasta mecerla sobre mis muslos. ?Amore, continua, así, sí, non ti fermare... Dai che sto venendo?. Se voltea, para que yo pueda disfrutar en todo su esplendor las huellas de su último bikini. Ensaya una inédita contorsión para no dejar de besarme. Se pierde. La sigo, sumergido en su perfume, pegoteado en crema chantilly, con más material que nunca para mi columna.
Con una cara que no es mía llego al día siguiente a la revista. Rebosante, saludo a todos, incluida mi jefa. La Ale se me queda mirando. Me pregunta qué hice anoche. ?Vi el reportaje de Contacto... ?Supieras lo peligroso que está este país!?. Si le cuento que estuve con su amiga, seguro va a latear con que soy ultrafácil, con que ?todas las micros? me sirven y la cacha de la espada. Por eso hago un amague y voy al baño, para olerme las ropas y sentir otra vez la champaña. Qué ganas de decir mira, Ale, mire jefa, huélanme: el olor del pecado. Horny.
Fecha: 02-12-2008
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