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La muerte de las siamesas Bijani me ha dejado pensativa, y por cierto, apenada. Leí la carta que ambas escribieron una semana antes de la mortal intervención, donde depositaban todas sus esperanzas para hacer vidas separadas, tener conversaciones privadas y llorar en silencio, si querían.
Su imagen me persigue y no puedo escribir sobre sexo. Hacer el esfuerzo me parece una herejía ante tamaño drama que vivieron estas dos mujeres, sus familias y amigos, aunque no logro descifrar por qué.
Cuando murió mi padre, me sentí devastada. Recuerdo mordiscos de la ceremonia y del entierro. Muchos brazos me abrazaron, muchas manos me acariciaron y labios me besaron, pero soy incapaz de darle identidad a esas manifestaciones de cariño. Sentí que el alma se me despedazaría irremediablemente si daba pasos muy fuertes. Mi mente daba vueltas en una nebulosa gris y espesa que me trancaba los pensamientos e impedía producir imágenes: Era el vacío y temía no poder salir de ese estado jamás.
Cuando llegué a la casa, cerré las persianas y me acosté. A mi lado se tendió él, en silencio. Me acarició el pelo y me calentó el cuerpo destemplado. No sé cuánto tiempo permaneció a mi lado, inmóvil, acompañante y silencioso. De darle la espalda, me giré hacia él y le rogué que me besara. Esa tarde, hicimos un amor fiero, dulce, apasionado, pausado y desesperado. Todas las formas en que se puede tener sexo la tuvimos ese día, en un encuentro pleno y total.
Tiempo me tomó en entender a qué me estaba aferrando. Mis súplicas sexuales eran gritos a la vida, ruegos por volver a sentir, intenciones de sentirme acogida y qué más concreto que me hicieran el amor.
No fue un acto compartido, sino sólo y exclusivamente centrado en mí. El me tomó para que yo sintiera que me querían, me abrazó para que yo volviera a entibiar mi alma. Esa tarde, él me afirmó que yo estaba viva y lo amé por eso.
Desde entonces, he pasado por múltiples penas, pero es sólo en algunas en las que el sexo es bienvenido. Cuando el dolor se produce por razones que uno no controla, como la muerte, los accidentes, etc., cuando es pena pura y no está mezclada con rabia, con humillación, con verg?enza. Ahí es cuando el sexo, especialmente si es con amor, se convierte en bálsamo que repara las heridas. La pena profunda ciega la esperanza y atonta el optimismo, mientras que un beso en el pezón con amor y entrega es una bienvenida a enfrentar las oportunidades que da la vida, y el encuentro en los brazos del otro, la invitación a vivir la ilusión de despertar al día siguiente.
No debiera tener verg?enza de mojarme más cuando tengo pena-pena. No siento eso con la muerte de las siamesas. Se me ocurrió divagar sobre ellas por dos razones. Uno, para recordarlas como una suerte de homenaje y dos, porque al tenerlas en mente, pensé que no podría escribir sobre sexo.
Fecha: 09-01-2009
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